"NUESTRA TIERRA SE LLAMA "BAJA CALIFORNIA", NO SE LLAMA "BAJA":
SOMOS "BAJACALIFORNIANOS", NO SOMOS "BAJEÑOS"... "Agradezco infinitamente a mi amigo ARQ. MIGUEL ALCÁZAR SÁNCHEZ, el apoyo que me ha brindado al diseñar ésta página y subir mis trabajos desde el año 2007"

martes, 10 de enero de 2012

ORIGENES DE LA FAMILIA “RESECK” EN EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA.

Por Ing. Alejandro Espinoza Arroyo:

10 de Enero de 2012.

¡“Nuestras tradiciones son cultura y conocimiento; cuidemos nuestras tradiciones”!

Un día de 1990, como muchas otras veces fui a visitar a Benjamín Reseck Núñez, en su casa en El Rosario de Abajo, localizada frente al panteón misionero del pueblo. Reseck quien fuera mejor conocido a lo largo de toda su vida como; “Benny Viejo Reseck”, o “Benny Viejo”, a secas, me narró infinidad de historias, y como no iba a saber tantas de aquellas vivencias, si le tocó criarse con su abuela materna Dorotea Ortiz Aguilar, quien era descendiente directa de los “Aguilar Savin” de los últimos cochimies que habitaron la zona de El Rosario, aquel pueblo autóctono cochimi que durante milenios vago por gran parte de la península hasta la llegada del azote español a mi tierra, en 1774.

Cuando mi buen amigo “Benny Viejo” iniciaba una charla diciendo: “Fíjate Valecito que…”, ya sabía muy bien que serían nutridos los apuntes que lograría rescatar, siempre era así, siempre eran tan importantes, tan valiosos.

La primera platica con respecto a su origen, me dijo:

“Me llamo Benjamín Reseck Núñez; y agregó: Fíjate Valecito que mi padre fue el ingeniero mestizo de alemán Eduardo Reseck, y mi madre la guapa Enriqueta Núñez Ortiz, quien falleció casi al nacer yo, así que no tengo ningún hermano, ni hermana,…”: Hasta aquí las palabras del “Benny Viejo”.

En este artículo traeré narrativas sin distinción ni orden como las fuimos comentando “Benny Viejo” y yo.

Decía que en los tiempos en que Eduardo Reseck pretendía ser novio de la rosareña Enriqueta Núñez Ortiz, no le había resultado muy fácil que digamos, ya que mientras que Eduardo vivía en San Diego, Enriqueta radicaba en El Rosario, lugares que se encuentran separados entre sí por unos cuatrocientos kilómetros, que hoy en día se recorren en unas siete horas, pero en 1914, no.

Un buen día salió Eduardo desde San Diego con rumbo al sur, en un carrito de gasolina, de aquellos que casi nadie conocía, porque toda la rancherada se movía en caballos, mulas, burros, y carros tirados por bestias, o a pie, en nada mas; y como los caminos nomas no existían, aquellos caminos eran solo grandes polvaredas, o lodazales; pero el ánimo de congraciarse con Enriqueta era tan grande que los contratiempos no le importaban. El carrito que Reseck conducía, tenía a decir del “Benny Viejo”: ¡Muy delgaditas las llantas, con rines de rayos de madera, Fíjate vale Alejandro”!

Las delgaditas llantas hacían que en cualquier lodito se atascara o patinara demasiado, lo que causaba que la gasolina se fuera acabando sin remedio, y como la gasolina era tan desconocida como los carros en esta tierra, pronto lo enfadó tanta modernidad, así que a su paso por la Colonia Vicente Guerrero, unos noventa kilómetros antes de llegar a El Rosario, fue Reseck a ver al rosareño Salvador “Cuatito” Duarte Espinoza, que en ese lugar vivía, y pelo a pelo cambiaron el carro a gasolina por uno de dos mulas, en el que continuó su viaje Reseck sin ningún contratiempo.

Cuando llegó a la casa de su amada Enriqueta, que por cierto lo esperaban hasta dentro de un año, y no en ese tiempo que llegó; salió la familia a recibirlo y para el recuerdo, y para la historia se tomaron fotos a bordo de aquel carromato, de las cuales “Benny Viejo” conservaba una, que por cierto gentilmente me la obsequió, mientras me dijo:

En mi larga vida, he visto de todo, pero jamás había visto que alguien se interesara en “juntar” las historias de mi tierra, por eso a nadie conozco que la merezca y la valore como tú valecito”.

Unas tres semanas después de haber llegado a El Rosario, en 1914, Eduardo Reseck inició el viaje de regreso a San Diego, y al pasar por la Colonia Vicente Guerrero, el “Cuatito Duarte Espinoza” le dijo que si por favor le devolvía su carro de mulas porque nomás no sabía como “manijar” el carro de gasolina; Contestándole Reseck que lo acompañara a San Diego, y se trajera de regreso su carro incluidas las mulas, y que el de gasolina lo usara para gallinero, como así lo hicieron.

Cuando el “Cuatito Duarte Espinoza” y todos los viejos de todos los pueblos empezaron a “manijar” carros de gasolina, cuando los querían “manear” les gritaban Ohh, Ohh,Ohh, como lo hacían con los carros de mulas, al querer detener a las bestias; así que para mis viejitos los carros no frenaban, maneaban, tampoco se conducían, se “manijaban” a velocidades que no rebasaban si acaso el trote de un caballo, o igualaban el correr de un hombre, jamás mayor velocidad, pues mas allá de aquellas velocidades, era una exageración, y riesgos desmedidos.

“Cuando yo era chico valecito y escuchaba algún ruido de carro, corría hasta el camino para verlo pasar, y luego me iba corriendo detrás del carro, lo alcanzaba, me subía a la defensa, y me volvía a bajar, y lo seguía correteando hasta que el cansancio ya no me lo permitía; me dijeron casi en coro “Benny Viejo” e Isidoro Aguilar, que eran mas o menos de la misma edad”. Mientras ellos comentaban esto, viajé en mis recuerdos a los tiempos en que fui chico en El Rosario, y hacía lo mismo que dijeron, pero los que yo correteaba eran los troqueros del sur.

¡Me imagino los desfiguros que ahora haríamos si correteáramos a un auto!

Con el paso de tantos viajes a El Rosario, Eduardo Reseck se convirtió en el novio de Enriqueta y se casaron, procreando solamente un hijo, como lo dijera el buen amigo “Benjamín Reseck Núñez: no tuve ningún hermano, ni hermana.

Enriqueta a poco de nacer su único hijo, Benjamín” en los días de la cuarentena del parto, comió nieve a causa del inclemente calor del valle de Mexicali e Imperial, que hacen frontera en Calexico, California, Estados Unidos de América, con Mexicali, Baja California, México. En Calexico falleció Enriqueta a la corta edad de unos veintitrés años; en ese lugar fue sepultada, y por lo que tocó a Reseck padre, se fue hacia el norte de Estados Unidos, no sin antes entregar a su recién nacido a su abuela materna Dorotea Ortiz Aguilar, quien había viajado de El Rosario a San Diego en barco, y de San Diego a Calexico en tren, y en carretela; aun así no alcanzó a ver a su fallecida hija, salvo ir a brindarle su bendición en el camposanto donde ya descansaba la bella Enriqueta.

Cuando “Benny Viejo” contaba con mediana edad, unos doce años, se escapó a San Diego, para ver si podía encontrar y reconocer a su padre, pero no fue así; en una fría noche después de mucho buscarlo sin saber en donde, unos policías lo llevaron a un orfanatorio, pues no pudo demostrar familia, domicilio, ocupación, ni hablaba inglés. En ese orfanatorio estuvo mucho tiempo, mismo que su abuela no supo de él, me confió que en ese lugar sufrió mucho, de todo le pasó en aquel encierro, mayormente hambre; y que por fortuna aprendió inglés, a hablarlo, leerlo, y escribirlo, pues en español ya lo había aprendido en la escuela “Padre Salvatierra”, en El Rosario.

Cuando ya andaba por los veinte o mas años se fue de San Diego, El Rosario, a casa de su abuela, quien con una severa regañada lo recibió, y le tenía su cuarto sin alterar desde que se había ido, y que aunque lo hacía tal vez muerto, nunca perdió la esperanza que algún día regresaría; de la misma manera su abuela conservó por varias décadas la habitación de su hija Enriqueta, a quien ya sabía fallecida, sin permitir a nadie que se alojara en aquel lugar, salvo al entonces joven “Benny Viejo”.

Benjamín Reseck Núñez, se casó con la rosareña Bertha Duarte Valladolid, mejor conocida como “Güera del Benny”; procrearon a: Enriqueta, Concepción, Catalina, Benjamín, Octavio, Rodolfo, Ramona, y Santiago.

El “Benny Viejo” fue pescador por varias décadas, trabajó en muchísimos equipos en esas labores, tanto en la langosta, abulón, pescado, y sargazo; sobretodo durante mucho tiempo fue una de las poquísimas personas que hablaban inglés en El Rosario. Para referirse a algún rosareño fallecido, en el pueblo siempre se dice:

¡Se cambió de lugar, ahora se encuentra enfrente de la casa del “Benny Viejo”!, o lo que es lo mismo: Ya falleció la persona que se busca, pues por mucho tiempo fue la casa “Reseck” la única que tenía como vecino al camposanto.

“Benny Viejo” Falleció al parecer el 17 de marzo de 2005, mas o menos; siendo sus descendientes en la actualidad, personas que han destacado dada su afición al trabajo y al progreso, son una destacada familia, que sin duda han puesto en marcha muchos de los conocimientos y entrega del “Viejo”, y los genes que heredaron de Enriqueta, de la bisabuela Dorotea, de sus padres, y sus propios esfuerzos que han brindado resultados tangibles, que cualquiera puede ver y reconocer.

AUTOR DEL ARTÍCULO:

ING. ALEJANDRO ESPINOZA ARROYO

EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA, MEXICO

A 10 DE ENERO DE 2012.

¡“Nuestras tradiciones son cultura y conocimiento; cuidemos nuestras tradiciones”!

El Presente trabajo en propiedad intelectual del autor, quien lo tiene protegido bajo patente número 1660383; se permite su uso, siempre y cuando se otorguen los créditos correspondientes, y no sea con fines de lucro, ni comerciales.

NOTAS Y FOTOS RELEVANTES:

En mi primer libro “LOS ROSAREÑOS” que publiqué en 1992, se encuentran varias entrevistas que le hice a Benjamín Reseck Núñez; así también en mi segundo libro “LINAJE ESPINOZA” que publiqué en 2007.

Cuando fui niño en El Rosario, existían infinidad de carritos modelo “A”, “T”, y otros de los años de mil novecientos veinte, treinta y cuarenta, que se usaban como gallineros, así como el carrito de Eduardo Reseck- Cuatito Duarte Espinoza.



De pie de izquierda a derecha se encuentran Eduardo Reseck,

Enriqueta Núñez Ortiz, José del Carmen “Tambo” Espinoza Peralta,

Señor Larralde; sentada se encuentra Doña Dorotea Ortiz Aguilar, y Salvador “Chip” Meling Olsen.

Foto en la casa de la familia Ortiz Aguilar, El Rosario, Baja California, 1920.

Me la explicó Doña Faustina Valladolid Ortiz, y me la obsequió “Benny Viejo”, en 1990.

Colección Ing. Alejandro Espinoza Arroyo.




Este es el carro de mulas que Eduardo Reseck le cambió en la Colonia

Vicente Guerrero, Baja California, al rosareño allá radicado, Salvador “Cuatito” Duarte Espinoza.

Foto en casa de la familia Ortiz Aguilar, en El Rosario, Baja California: 1914.

Me la explicó y obsequió “Benny Viejo”, en 1990. La utilice para la portada de mi primer libro “LOS ROSAREÑOS” Nacimiento y Vida de un Pueblo Bajacaliforniano, 1774-1992: 1992.

Colección: Ing. Alejandro Espinoza Arroyo.



Enriqueta Núñez Ortiz, en El Rosario, Baja California, en 1921.

Ya esperaba a su único hijo.

La foto me la obsequió su hijo “Benny Viejo” en 1991.

Colección Ing. Alejandro Espinoza Arroyo.




A mi izquierda se encuentra Rosario “Chayo Juit” Duarte Valladolid, al centro este autor, y a mi derecha Benjamín Reseck Núñez:

Foto: Museo Comunitario “El Rosario”, el día de su inauguración, el 09 de octubre de 1994, a la que los “Viejitos” asistieron de invitados de honor, por haber sido los primeros alumnos que asistieron a ese recinto antes llamado” Escuela “Padre Salvatierra”.

Foto: C.P. Lourdes Pérez Corral. Colección: Ing. Alejandro Espinoza Arroyo.

Mientras posábamos para la foto “Benny Viejo”, dijo: Aquí aprendí las pocas letras que sé, gracias por rescatar el viejo edificio y darnos este museo Alejandro”:

“Chayo Juit” agregó: “Ya no va a existir otro Alejandro, espero que lo cuiden lo nuevos, porque nosotros ya nos vamos.

Y ya se fueron efectivamente, solo falta que el cuidado al edificio, y al museo se dé por las nuevas generaciones…

CUATRO PANTEONES EN EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA, MEXICO.

Por Ing. Alejandro Espinoza Arroyo

06 de Enero de 2012.

¡Nuestras tradiciones son cultura; Cuidemos nuestras tradiciones!

Cuando la población en el cañón de lo que hoy se conoce como el pueblo de El Rosario, Baja California, era la nativa prehispánica, no contaban con panteones como los que se utilizaban en otras partes del mundo, por lo regular sus muertos eran incinerados, o medio sepultados.

Sin embargo a la llegada de los europeos a la península de Baja California, y atreves del sistema misional, impusieron como tantas otras costumbres el sepulcro de la manera en que se le conocía desde remotamente en sus lugares de origen, como la península ibérica, y el resto de Europa.

En julio de 1774 con la fundación de la misión de El Rosario, cuyo nombre fue: “Misión del Santísimo Rosario de Viñadaco”, y a raíz del primer fallecimiento, ya en la época misional, y que no sabemos quien fue, se abrió un panteón a lado noreste de la entrada principal del recinto; en la explanada que hace pendiente ascendente hacía una colina que hoy es una rampa de concreto que conduce a la colonia “La Misión”, en el actual El Rosario de Arriba.

Sin embargo bien sabemos que el paso del tiempo, el descuido, la apatía, y el abandono borran cualquier obra, tradición, o vestigios de lo que antes existió; fue esa la manera que muchos de los actuales rosareños ya no saben cual fue el primer panteón en nuestra tierra; la inmensa mayoría creen que el panteón de El Rosario de Abajo fue el primero, pero no es así, y les he tenido que dar antecedentes históricos para ubicarlos en la manera en que fueron apareciendo los cuatro camposantos.

PARTE DE LA HISTORIA.

Al fallecer la primera persona en la nueva misión después del dos de julio de 1774, sin saber la fecha, pero sí el sitio donde fue sepultado, siendo el acontecimiento con el que nacía una nueva costumbre en la disposición final de aquel primer fallecido, además de la fundación del panteón.

El primer panteoncito fue utilizado desde 1774 a 1802, es decir por un período de 28 años, y que al cambiar el sitio misional a su segundo frente, ya en lo que vino a llamarse tiempo después: “El Rosario de Abajo”, se abría paso al segundo panteón misionero, que muchos creen que fue el primero; desconocemos también quien fue el primer huésped para siempre del nuevo camposanto, solo se sabe que nació el panteón en 1802, o poco después.

Fue en 1862, cuando ya había aparecido el registro civil en México, y que la inscripción de manera ordenada y sistemática de los nacimientos, matrimonios y fallecimientos pasaron a depender de las leyes civiles, al igual que los panteones.

Bajo la nueva ley y su reglamentación, y debido a que en 1863 murió Regís Várelas, y que con su muerte nació el tercer panteón en El Rosario, localizado en el cerro al Este del segundo.

Ambos panteones, el misionero, y el del cerro, han sido utilizados para sepultar a varias generaciones de rosareños; mientras que el misionero ha recibido a nuestra gente desde hace 210 años; el del cerro lo ha hecho durante 149.

En el panteón misionero, se encuentran tumba sobre tumba. Por ejemplo cuando fuimos a construir el sepulcro que recibió a mi abuela paterna María Visitación García Marrón, el 14 de diciembre de 1987, nos encontramos con cinco restos de cuerpos: El primero se encontraba orientado de norte a sur, el segundo mas abajo también; el tercero mas abajo aun, orientado de Este a Oeste, otro mas abajo de noreste a sureste, y el último, al fondo de la excavación, se encontraba como formando una “X” con el que descansaba por encima de este. Claramente, al observar la dureza de los restos, se apreciaba que el de mas abajo llevaba sepultado al parecer hasta doscientos años, y el primero, el de mas arriba, al menos unos cien; pues cuando decidimos excavar en tal sitio, no parecía existir ningún sepulcro, ya que era campo abierto, solo lo descubrimos mientras realizamos la fosa.

En el primer intento encontramos a poco mas de un metro de profundidad los restos de alguien, por eso decidimos enterrar la fosa, y abrimos otra a varios metros de distancia de la primera, encontrando los resultados que antes describí; y como el cortejo fúnebre no tardaba en llegar con mi querida abuela, debimos continuar “Profanando” a aquellos cinco que según creerían los que los sepultaron que descansarían en paz, sin saber que hasta un par de siglos después llegarían unos intrusos, entre ellos yo. Tuvimos que hacer la tumba mas honda, hasta que no aparecieron mas restos, y debajo del concreto que sirvió de fondo de la tumba de mi abuela, sepultamos a aquellos cinco restos juntos que no tuvimos ni la mas mínima idea de quien pudieron ser en vida; y casi puedo afirmar que ni entre ellos se conocieron a juzgar por la diferencia del estado de conservación de sus huesos.

Quienes serían los que acompañaron al cementerio aquellos cinco individuos, y de qué murieron, qué edad tendrían, serían buenos o malos, hombres o mujeres, creyentes o no, su color, su estatura…: Esas fueron algunas de las preguntas que en mi mente surgían como empujándose apretujadas una con otra, apresuradas por salir; y luego al ver la belleza de la dentadura en unos de los restos, adiviné que era una joven mujer, o así lo quise creer; como que hubiera querido platicar con ella, sabiendo que eso era por completo imposible; hubiera querido saber cómo era el pueblo en los tiempos de su vida, y tantas cosas mas; pero consciente de la situación, solo atiné en depositarla con todo respeto bajo el lecho que en minutos recibiría a mi querida abuela; y casi le dije al depositarla allá: ¡Por favor guía a mi abuela, que es nueva en esto!.

El pasado 25 de diciembre de 2011 con el fallecimiento de Don Juan Gonzalez Durán, fallecido en El Rosario el día 24, nació en mi tierra su cuarto panteón; que se localiza en una meseta de las estribaciones de la mesa norte del cañón, en El Rosario de Arriba, en la parte que por capricho de políticos se llama “Ejido Nuevo Uruapan”. Al momento de sepultar a Don Juan, se retomó la costumbre de hacerlo, ya que desde hacía 210 años no se sepultaba a nadie en El Rosario de Arriba.

Don Juan Gonzalez Durán, fue oriundo del sur de México, había nacido el 24 de junio, el mero día de San Juan, y llegó a El Rosario por allá en la década de 1960, donde se asentó y procreó a su familia, quien le sobrevive. Se ha ganado la distinción de ser pionero, y que en su honor el cuarto panteón rosareño debe llevar su nombre.

La flora de la meseta donde se asienta el nuevo panteón, se encuentra en estado natural, con sus típicas chollas, agaves, y plantas del desierto central de Baja California; y que al continuar creciendo el camposanto serán destruidas, y que muy bien se haría en que se rescataran las mas posibles, y se construyera un jardín desértico, en los patios de las escuelas tal vez, en el Museo Comunitario “El Rosario”, o en sitios de taludes o barrancas, para que se preserve también nuestra bella naturaleza; ya que con nuestras partidas, seguiremos acrecentando los camposantos en mi tierra.

La primera vez que en la vida tuve conocimiento que los seres humanos somos mortales, fue cuando falleció Ana Arce, joven mujer que por cuidar a su hermano que había caído presa de la tuberculosis, viajó junto con él desde San Borja, a El Rosario, para que lo atendiera el único doctor que se encontraba en cientos de kilómetros: El Doctor Miguel Valdez, sucedía esto, allá por 1962.

El hermano de Ana Arce falleció, no sin antes dejar enferma a su protectora, a quien cuando yo contaba con cinco años de edad, le acarreaba leña hasta una casa vieja de mi abuelo Alejandro “Negro” Espinoza Peralta, y que le había prestado para que se guarecieran, Ana y su hermano. Recuerdo que le tenía miedo a Ana, y poco antes de llegar a la casa le aventaba la leña, y me retiraba a toda prisa, mientras ella me gritaba: ¡No me tengas miedo mijito!; y luego que murió, supe que los humanos somos mortales…

Don Juan Gonzalez Durán, con su muerte se convirtió en pionero, y con su sepulcro otorgó su nombre al cuarto y más nuevo panteón de El Rosario, Baja California…el panteón “Juan Gonzalez Durán”: Descansen en Paz todos.

AUTOR DEL ARTÍCULO:

ING. ALEJANDRO ESPINOZA ARROYO

EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA, MEXICO

05 DE ENERO DE 2012.

El presente es un trabajo intelectual del autor quien lo tiene protegido bajo patente numero 1660383, se permite su uso, siempre y cuando se otorguen los créditos correspondientes, y no sea con fines de lucro o comerciales.

¡Nuestras tradiciones son Cultura; protejamos nuestras tradiciones!





Acceso desde la carretera al nuevo panteón “Juan Gonzalez Durán”

El Rosario, Baja California.

Foto: Alejandro Espinoza Jáuregui: 31 de Diciembre de 2011.





Sepultura de Don Juan Gonzalez Durán:

Foto: Ing. Alejandro Espinoza Arroyo

El Rosario, Baja California, a 31 de Diciembre de 2011.





Área que algún día serán sólo tumbas; hoy la de Don Juan Gonzalez Durán.

Foto: Ing. Alejandro Espinoza Arroyo

El Rosario, Baja California, a 31 de Diciembre de 2011.




Los pajarillos deberán buscar otras chollas para anidar.

Foto: Ing. Alejandro Espinoza Arroyo

El Rosario, Baja California, a 31 de Diciembre de 2011.




En primer plano la tumba de Don Juan Gonzalez Durán, al fondo el pueblo de El Rosario

Y el arroyo escurriendo su agua al mar.

Foto: Ing. Alejandro Espinoza Arroyo

El Rosario, Baja California, a 31 de Diciembre de 2011.



Con el debido respeto y el permiso de Don Juan Gonzalez Durán posamos mis hijos

Y yo en la cabecera de su tumba, la que da inicio a cuarto y nuevo panteón del pueblo:

Alejandro, Laura Delia, el Autor, y Magda Alejandra Espinoza Jáuregui.

Foto: Ariana Montiel Arzate

El Rosario, Baja California, a 31 de Diciembre de 2011.

viernes, 23 de diciembre de 2011

LOS REYES DE LOS CAMINOS EN BAJA CALIFORNIA.

CARLOS “DON CHALE” ESPINOZA PERALTA: NUESTRO GRAN VAQUERO ROSAREÑO.


. (Foto: Por Harry Crosby: 1967).
Por Ing. Alejandro Espinoza Arroyo.
20 de Diciembre de 2011.


La herencia en el amplio y profundo conocimiento de la geografía peninsular por parte de las primeras familias, y sus descendientes que habitaron la región bajacaliforniana, data de los tiempos en que nuestros ancestros fueron arrieros, muleros, soldados de cuera, rancheros, leñeros, leñadores, pescadores y vaqueros; es la razón que en El Rosario, y otros pueblos con origen misionero, sus hijos sean tan diestros en esos menesteres.

Los reyes de los caminos, era como Harry Crosby llamaba a Carlos “Don Chale” Espinoza Peralta, Antonio Peralta Gaxiola, y a otros personajes que le sirvieron de guía para los recorridos de exploración que en bastas regiones de la península realizó, que con motivo de estudiar los diversos asentamientos humanos, y rancherías, que se encuentran principalmente sobre la antigua ruta de las misiones.

Aquella ruta misionera, también conocida como “Camino real misionero”, en gran parte son las veredas y senderos que durante miles de años, y por miles y miles de pasos de los pobladores ancestrales que marcaron inclusive las rocas, y que después servirían para que el europeo español extendiera sus dominios hacia el norte continental de América.

Cuando los misioneros debieron seguir explorando todos los rincones de las tierras de los seres mal llamados “Sin razón”, obtenerlas para sí, y someterlos por las buenas o por las malas, a quien fueran encontrando, adoctrinándolo en su religión, y destruyendo todo vestigio de las paganas creencias de los nativos, dio como resultado además de tantos otros, que los soldados, arrieros, y cualquier hombre de campo que apoyaba a la misión como institución, conociera palmo a palmo la región por donde eran buscados tanto los “Aborígenes”, como sus escasos bienes.

El conocimiento primero, los hombres blancos lo obtuvieron aprovechando las enemistades y rivalidades que existían entre los pueblos autóctonos, valiéndose de esos desencuentros para sacar “tajada”, y que los enemigos de tal “nación” les mostrara los escondites de los que eran buscados, así que nada tonto el europeo, utilizó a “indios” contra “indios”; igualito como ahora se dan festín nuestros indescriptibles políticos mexicanos, sacando tajada a cualquier situación anómala, y si no existe, pues ellos mismos la forman, y resuelven nuestros problemas, porque saben cómo hacerlo, y cómo no van a saber, si son ellos los que “hacen” las intrigas.
Bueno, el caso es que nuestros hombres de campo conocieron tan bien cuando rincón existe, y al trasmitirlo a sus descendientes, y recorrerlos juntos llegaron a tener un conocimiento tan basto, como basto era el territorio recorrido.

Y por esa razón, Carlos “Don Chale” Espinoza Peralta y al ser descendiente directo de Juan Nepomuceno Espinoza, Carlos Espinoza Castro, José del Carmen Espinoza Salgado, y de Policarpo Espinoza Marrón; quedando “Don Chale” en quinta generación de “Espinoza” en Baja California, en el orden que los he anotado.

Al pertenecer a la quinta generación en la familia, cuando las cuatro anteriores conocían a la perfección nuestra geografía peninsular; “Don Chale”, a los dos años de edad, ya andaba con su abuelo José del Carmen Espinoza Salgado en las correrías del ganado, y en las campeadas.
Para cuando el investigador norteamericano Harry Crosby conoció a “Don Chale”, era ya un hombre de casi setenta años de edad, así que su asombro por su amplísimo conocimiento peninsular lo dejó prácticamente con la boca abierta; no por nada fue su guía en repetidas ocasiones, y a él junto con otros peninsulares los llamó en su libro publicado en 1974: “Los Reyes de los caminos de Baja California”.

Mi tío bisabuelo Carlos “Don Chale” Espinoza Peralta, conocía como cualquiera de sus contemporáneos, cada cañada, ojo de agua, oasis, arroyo, cueva, vereda, montaña, desierto, valle, árbol, animal, estrellas guías, vientos, nubes, fríos, calores, que con sólo presenciarlos, sabían qué decisión tomar. Para ellos un arroyo era como una carretera, cada montaña como un monumento, cada vereda la veían como cicatriz en la montaña, cada cueva como una habitación, cada animal o planta, como sus desayunos, comidas o cenas; de cada viento, calor o frío, predecían su andar; y de cada lluvia el baño de las bestias y el relajamiento a sus propios cuerpos por el largo tiempo de cabalgar.

Fueron excepcionales hombres, rústicos al parecer, sin embargo no era así, algunos contaban con gran sensibilidad, sencillez, amistad, y humildad; que aun en los “tiempos malos”, eran buenos, y en los “tiempos buenos”, eran mejores. Y sí eran rústicos, si a “letras” nos referimos; sin embargo conozco a muchísimos “letrados”, bastante mas rústicos que mis queridos viejitos, pues ellos aunque no letrados del todo, muy educados que fueron; bien se dice que el ser estudiado, no significa necesariamente: Ser educado.

Aunque bastante breve, estas palabras las escribo a la grata memoria de mi muy apreciado tío bisabuelo “Don Chale Espinoza”, imaginando que ahora las veredas que cabalga, le deben ser tan conocidas como las que en esta península recorrió.

AUTOR DEL ARTÍCULO:
ING. ALEJANDRO ESPINOZA ARROYO
EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA, MEXICO.
20 DE DICIEMBRE DE 2011.


El presente trabajo es propiedad intelectual del autor, quien lo tiene protegido bajo patente número 1660383; se puede utilizar siempre y cuando se otorguen los créditos correspondientes, y no sea con fines de lucro, ni comerciales.



Carlos “Don Chale” Espinoza Peralta (San Juan de Dios 1898- El Rosario 1974); llevó ese nombre en recuerdo a Carlos Espinoza Castro, quien fue su bisabuelo, pero que no conoció.

Juan Nepomuceno Espinoza (España 1730-San Juan de Dios, El Rosario, Baja California1799): Fue de origen español, y el primer Espinoza en Baja California, a donde llegó en 1755. Fue arriero con los misioneros jesuitas hasta 1767; y guía de misioneros franciscanos y dominicos posteriormente.

Carlos Espinoza Castro (Misión de Loreto, Baja California, Sur 1778- Misión de San Fernando Velicatá, El Rosario, Baja California 12 de mayo de 1883); fue el primer Espinoza en El Rosario, a donde llegó en el verano de 1800. Fue soldado misional, o de cuera, al servicio de la misión como institución española, antes que México existiera.

Carlos “Don Chale” Espinoza Peralta, fue el vaquero número uno en todas las fiestas que se realizaron en El Rosario, desde 1910 a 1950; destacó en todas las suertes de las vaquerías; su mayor premio consistió en dos monedas que llamaban “alazanas” de oro que recibió de manos del comisario del pueblo en 1920; de las cuales una la donó a su segundo, y con la otra compró “mucha provisión para la casa”, según me lo platicó una tarde del verano de 1972, en que lo fui a visitar;

Fueron tantos los víveres que compré que tuve que pedirle prestado un “Foringo” a Santiago mi hermano, tu bisabuelo, pues las mulas no lo podían cargar, entonces era un hombre de 22 años de edad, recalcó.

El día de ayer 19 de diciembre de 2011, falleció Cecilio Espinoza Adarga, quien fuera hijo de Carlos “Don Chale” Espinoza Peralta. Fue mi hermano Héctor Espinoza Arroyo quien me avisó.

Para mayores datos familiares consultar: “Familia Espinoza”, y mi primer libro “LOS ROSAREÑOS”: 1992, en esta misma bitácora.


Aquí lo tienen en foto, a Carlos "Don Chale" Espinoza Peralta, tomada por Harry Crosby en 1967, cuando en viaje de investigación de El Rosario al rancho San José de Los Meling, por la alta serranía, "Don Chale" fue el guía; siendo llamado por Crosby como: "El rey de los caminos de Baja California".
Mandeville Special Collection, Library UCSD: San Diego, California, Estados Unidos de Norteamérica.
Steve Coy: University Archivist.

jueves, 15 de diciembre de 2011

ORIGEN DE LA FAMILIA “VALLADOLID” EN EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA, MEXICO.

Por Ing. Alejandro Espinoza Arroyo
Jueves 08 de Diciembre de 2011.
 
La Villa de la Concepción, hoy llamada Ciudad Guerrero, en el norteño Estado mexicano de Chihuahua, es un antiguo asentamiento de origen misional, enclavado en el Municipio de Guerrero, en el valle del Papigochi, a orillas del rio del mismo nombre, en la sierra madre occidental, en cuyo lugar fue fundada en 1649 la misión del Papigochi, localizada cerca de Básuchil o Borjas.
En ese lugar, antes llamado “Villa de la Concepción”, nació hacia 1860, Manuel Valladolid Apodaca, quien fue el primero de su linaje en arribar a El Rosario.
Fue hacia 1880, cuando en viaje con otros aventureros, siguiendo los senderos ancestrales de la nación Tarahumara, sobre el sinuoso camino, casi inexistente sobre el río Papigochi, que desemboca en el río Yaqui, en el Estado mexicano de Sonora, vecino de Chihuahua, por donde viajaron Valladolid, y los demás, rumbo a la costa, con la finalidad de proseguir con rumbo a Baja California, que entonces presentaba mejores oportunidades de trabajos en minerías, y vaquerías, ya que el intenso frío de Chihuahua, en poco le permitía ganarse la vida. Aunque eran los “decires” sobre una misión perdida, la que en realidad lo atrajo a estas tierras peninsulares.

En el verano de 1989, en cerrada conversación que sostuve con Doña Faustina Valladolid Ortiz, hija menor de Valladolid, nacida en El Rosario en octubre de 1901, refirió la travesía que su padre había seguido desde aquellas lejanas tierras chihuahuenses, a lomo de mula, hasta llegar a Hermosillo, pero antes había estado en la desembocadura del río Yaqui en el mismo Estado de Sonora, y de ese lugar cabalgar hacia el noroeste, cruzando el árido desierto sonorense, arribar a ”La Posta de Los Algodones, Baja California”, donde se quedó trabajando con unos chinos, en cuyo lugar conoció a la gente de José del Carmen Espinoza Salgado, de El Rosario, quien enviaba en ocasiones a través de la sierra y el desierto, partidas de ganado para intercambiar con los chinos por bienes de consumo y herramientas.

Cuando los vaqueros de Espinoza regresaron a El Rosario, Valladolid “se les pegó”, viajaron en su recua de mulas, cruzando el valle, y costeando el golfo de California después, a lo largo del desierto, para luego de días de cabalgar subir por las “Caydas del desierto”, hacía la sierra de San Pedro Mártir, y sobre la cumbre de la serranía, viajar hasta el “Rancho La Suerte”, propiedad de Espinoza, y de aquel lugar al rancho grande de San Juan de Dios, también propiedad de Espinoza.

Para Valladolid, hombre de unos 20 años de edad entonces, aquel viaje significó el colocarse como vaquero en el rancho San Juan de Dios, significó también, que como muchos otros, antes y después que él, se quedaría para siempre en ésta tierra, dejaría su prole, y sobretodo, ésta tierra lo recibiría cuando los años se le vinieron encima, y hubo de partir por el camino sin regreso.

Allá en su tierra natal, se había desempeñado en la minería, y al igual que otros había escuchado hablar de la “Misión Perdida” que en Baja California, atesoraba las riquezas que los misioneros jesuitas no habían podido llevarse cuando se les expulsó de los territorios entonces españoles, en 1767; tal leyenda lo atrajo, aunque en el viaje desde el valle que, décadas después llamarían Mexi-Cali, a El Rosario, los vaqueros lo desanimaron, ya que la tal misión perdida, nadie jamás la había visto, y mucho menos sus tesoros; por tal motivo Valladolid se aseguró de obtener un puesto que le redituara al menos la alimentación, habitación, y algunas prendas de vestir, y de ser posible la paga de veinticinco centavos plata al mes.

Una tarde le indicó su patrón Espinoza, que se alistara pues debía salir de madrugada junto con otros vaqueros para “El Rosario”, y como así lo hizo, pronto conoció el suelo que a su partida de este mundo lo habría de recibir.
El tal viaje de San Juan de Dios a El Rosario, era a la casa de Rosario Ortiz Espinoza, con la suerte, -recordaba doña Faustina-, que en esa ocasión se conocieron mis padres, pues una chica le sirvió café, la que más tarde sería su esposa: Encarnación “Chona” Ortiz Aguilar, mi madre.

Valladolid, que también era herrero de minas, oficio que había aprendido en su natal Chihuahua, pronto se dedicó a trabajar, cuando ya se había casado, en la herrería de Federico Ortiz Espinoza, y de su hijo Federico Tomas Ortiz Pellejeros; tío y primo hermano de Encarnación.

En cierta ocasión Valladolid quiso regresar a Chihuahua, esto fue en 1883, pero como ya había nacido su hijo “Modesto”, la familia se le paró de uñas, y no lo dejaron partir, ni lo siguieron, así que desde aquel año, y con las condiciones impuestas por la familia, y por un pedazo de tierra que le obsequió Carlos Espinoza Castro, poco antes de su muerte, se quedó de manera permanente en la que 74 años después vendría a ser mi tierra natal.

Don Manuel Valladolid Apodaca, hombre sin vicios, enteramente dedicado a los suyos, con el tiempo fue propietario de las tierras que aun pertenecen a esa familia, en El Rosario, de Arriba; en los terrenos donde se encuentra la escuela primaria “Francisco I. Madero”, y donde se encuentra la clínica de Salud, que del otro lado de la calle colinda con la escuela; y que después pasaron a manos de su hijo José “Pepe Garrucha” Valladolid Ortiz, nacido en El Rosario, en 1894.
Muy poco se dedicó a la pesca, por no decir, que no lo hizo, sin embargo, la agricultura, y la cría de animales domésticos, de corral, caballar, y vacuno, fueron sus principales actividades; pasando por la recolección de frutas y avellanas silvestres, como la jojoba, que con los trabajos de herrería complementaba el sustento familiar.

Don Manuel Valladolid Apodaca, y Encarnación Ortiz Aguilar, procrearon basta familia: Modesto, Josefa, Rebeca, Manuel, José, Anna, y Faustina, nacieron entre 1883, y 1901.

En la actualidad los representantes “Valladolid” en el pueblo, son los descendientes de José, quien casado con Dominga Duarte Espinoza, dejaron tronco familiar más o menos numeroso.

Hombres de la talla de Valladolid, Espinoza, Collins, Vidaurrázaga, Duarte, Montes, Marrón, y tantos otros, y desde luego, el amplio apoyo que de sus familias recibieron, es que ahora se pueden destacar sus proezas, antes que el inexorable paso del tiempo las borre.
 
 
AUTOR DEL ARTÍCULO:
 
ING. ALEJANDRO ESPINOZA ARROYO
EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA, MEXICO.
JUEVES 08 DE DICIEMBRE DE 2011.
 
El presente trabajo es investigación de orden intelectual, pertenece al autor, quien lo tiene protegido bajo patente número 1660383; se permite utilizar la información, siempre y cuando se cite la fuente, y se den los créditos correspondientes.
 
NOTAS RELEVANTES:
 
Manuel Valladolid Apodaca fue casado con la Rosareña Encarnación Ortiz Aguilar; sus hijos fueron casados con:

Modesto con una muchacha de la familia “Loya” del rancho El Rosarito, padres de Auda Valladolid Loya, quien fuera esposa de Manuel “Tehua” Espinoza Peralta, hermano menor que seguí a mi abuelo Alejandro “Negro”.

Anna casó con Salvador “Cuatito” Duarte Espinoza: Sus hijos fueron: Filipina, Celestina, Amado, Salvador “Chavalo Duarte”, Guadalupe “Lupe la de Toba”, entre otros.

Rebeca no fue casada, poseía una tienda en El Rosario de Arriba, donde ahora se encuentra el mercado “Impulsora Comercial”; aquella tienda se llamó “La Hormiguita”.

José “Pepe Garrucha” fue casado con Dominga Duarte Espinoza; sus hijos fueron: Francisco, Manuel, Simón, Lidia Ramona, Guadalupe “Lupe la de Ramón Meza Pellejeros”, Norberto “Beto Valladolid”, Teodoro, Paz “De Roberto Higuera Duarte”, Martha, y Dionisio.

Josefa fue casada con Concepción “Chinito Duarte” Duarte Espinoza; sus hijos fueron: Rosario “Chayo Juit”, Anastasio “Ticho Duarte” o “Sam pin Duarte”, Raymundo “Santos Duarte”, Pablo “Gaby Duarte”, Concepción “Chiro”, Esther, Enriqueta, Maria Magdalena “La de Chayulín Espinoza”, Alejandra “La de Juan Peralta Acevedo”, y Julia “la de Ricardón Sandez Gonzalez, Gertrudis “Tulita esposa de Lázaro Peralta Acevedo”.

Faustina fue casada con Francisco “Chicurales” Duarte Espinoza; sus hijos fueron: Leobardo “Balo Duarte”; Bertha “Güera del Benny Reseck Núñez”; Telesforo, Anselmo, Jorge “Caco Duarte”, Rubén, Herminia “Mina”, Luis “Zurdo Duarte”, Balbina.

Tres hermanos y una hermana Duarte Espinoza, se casaron con tres mujeres y un hombre Valladolid Ortiz; y fueron:

Concepción “Chinito”, Francisco “Chicurales”, Salvador “Cuatito”, y Dominga Duarte Espinoza, se casaron con: Josefa, Faustina, Ana, y José “Pepe Garrucha” respectivamente, así que muchos confunden a las familias pues se apellidan igual, pero son hijos de distintos matrimonios.

A Don José Valladolid Ortiz, se le conoció como “Pepe Garrucha”, porque por su estatura le querían decir “Garrocha”; y como en mi tierra le quitan, le ponen, o cambian letras de las palabras, Garrocha, derivó en “Garrucha”. Don Pepe y Doña Dominga, su esposa, fueron grandes anfitriones en las fiestas navideñas en El Rosario, ya que cocinaban hasta 2,500 y 3000 tamales solo para invitar al pueblo a comer; y luego Don Pepe los deleitaba con sendas canciones que acompañaba con su guitarra, que muy bien tocaba. Ver el artículo: “José Valladolid Ortiz, Dominga Duarte Espinoza; Lázaro Peralta Acevedo, y Gertrudis “Tulita” Duarte Valladolid”, en esta misma bitácora.



Aquí lo tienen, el chihuahuense: Don Manuel Valladolid Apodaca, cuando ya contaba con unos ochenta años de edad; lo acompañan sus hijos, y nietos: El de pipa es José “Pepe Garrucha”, su esposa Dominga Duarte Espinoza, justo enfrente de él. Foto El Rosario, B.C. 1920: Me la obsequió Faustina Valladolid Ortiz, en 1988.


Faustina Valladolid Ortiz, y Francisco “Chicurales” Duarte Espinoza, el día de su matrimonio: El Rosario, B.C. 1919.: Me la Obsequió Faustina.


Boda de Francisca Valladolid Duarte, la hija menor de “Pepé Valladolid” y de Dominga Duarte Espinoza; el dia en que se casa con Zacarias Espinoza Peralta. El Rosario, Baja California, hacía 1954. Foto que me facilitó Francisca. La niña de blanco junto a la novia, es Cecilia “Chacha” Peralta Espinoza.



Auda Valladolid Loya, y Manuel “Tehua” Espinoza Peralta, siendo acompañados por mis hijos Alejandro, y Laura Delia, y el autor de este trabajo: Foto en Ensenada, B.C. 1995: Tomada por Maria Magdalena Jáuregui López de Espinoza.



Anastasio Peralta Duarte, El Autor, Esteban Duarte Loya, y Rubén Duarte Valladolid;
El Rosario, B.C. hacia 1995. Foto: Alejandro Espinoza Jáuregui.


Anastasio “Ticho Duarte” o “Sam Pin” Duarte Valladolid.
Fue un hombre muy generoso, no dejó familia, nunca se casó;
Falleció hacía 1981. La última vez que lo vi, iba vestido
De revolucionario, con carrilleras, carabina 30-30,
Sobre un carro de mulas, el 20 de noviembre de 1980,
Amablemente saludaba a la rancherada.



Simón Valladolid Duarte, sentada su madre
Dominga Duarte Espinoza.
El Rosario, B.C., hacia 1950.



Roberto Higuera Duarte, su esposa Paz Valladolid Duarte, y su familia.

Desconozco el año.


Enriqueta, Julia, hija de Julia, y Esther Duarte Valladolid: Desconozco el año. Enriqueta fue esposa de Manuel “Pachuco “Sandoval; Julia de Ricardon Sandez Gonzalez, y Esther de Antonio Pucci Garcia.


Delegado de El Rosario, Don José “Pepe Garrucha” Valladolid Ortiz,
y su consuegro Rosario Meza Arce. El Rosario, B.C. hacía 1950.



Mi abuelo Alejandro “Negro” Espinoza Peralta;
José “Pepe Garrucha” Valladolid Ortiz, y Cristóbal Gilbert Murillo.
El Rosario, B.C. 1942: Foto que me obsequió mi abuelo.



Juan Acevedo Valtierra el día en que se casa con Francisca Bejarano Duarte: Los acompaña Pablo Duarte Valladolid. El Rosario, B.C., hacia 1960.




Guadalupe Valladolid Duarte, el día en que se casa
con Ramon Meza Pellejeros; El Rosario, B.C. hacia 1951.




El día en que se fundó el Museo Comunitario “El Rosario”, en edificio que en 1992 se encontraba en ruinas; construido en 1921, y rescatado por el autor de estos trabajos entre 1992 y 2008, con apoyo del INAH, la comunidad, algunas empresas, y algunos profesionistas. El primer recurso para la rehabilitación fue el producto de la venta de mi primer libro “LOS ROSAREÑOS”, que doné de manera íntegra, para rescatar la escuela a cuyo recinto el primer alumno que entró en diciembre de 1921, fue mi abuelo Alejandro “Negro” Espinoza Peralta, y quien antes de fallecer en 1991, me pidió que me hiciera cargo de que no se destruyera esa joya, como así lo hice, con un mar de problemas, y gastos de mi propio bolsillo, y durísimo trabajo que de manera personal ejecuté.
Aparecen en la foto en primer fila: Lidia Ramona, y Guadalupe Valladolid Duarte, Maria Grosso Duarte de Cousiño, Manuel “Tehua” Espinoza Peralta, Jesus “Tío Chuy” Espinoza Arce, Ana Grosso Peña, y Jose Manuel Rodriguez Ramirez.
Foto: Maria Magdalena Jáuregui Lopez de Espinoza: 09 de Octubre de 1994.




Darío Rabago, Teófilo Ortiz Garcia, Benjamín Reseck Núñez, Rosario “Chayo Juit” Duarte Valladolid, Jesus “Tío Chuy” Espinoza Arce, al fondo Rodhe Dicochea Gaxiola, Concepción Reseck Duarte, y Manuel “Tehua” Espinoza Peralta:
Foto: Después de inaugurar la primer etapa del Museo Comunitario “El Rosario”, 9 de octubre de 1994. Foto: Ing. Alejandro Espinoza Arroyo.
Los viejitos rosareños en 1994, y que aun vivían de los primeros alumnos de la escuela “Padre Salvatierra”, en 1921, Fueron los invitados de honor, para que atestiguaran aquel difícil y penoso logro. Muy contentos y con lágrimas que corrían por sus mejillas, me felicitaron aquel día, por la tarea tan pesada que me eché a cuestas, y que saqué adelante.

jueves, 1 de diciembre de 2011

“LOS INDESEABLES”; SUJETOS ASI LLAMADOS EN BAJA CALIFORNIA POR SU CRUELDAD, DESFACHATEZ, Y RUINDAD.

Por Ing. Alejandro Espinoza Arroyo
Martes 01 de Diciembre de 2011.

Cuando vemos alguna película gringa, en la que se enaltece los sufrimientos de sus pioneros recorriendo a pie, a caballo, o en carretas las grandes llanuras, y las montañas desde el Este de aquel país, con rumbo a California, y al viejo Oeste en general; jamás vemos que se haga la más mínima mención de los que antes, mucho antes que ellos llegaron, e hicieron florecer las inhóspitas tierras del “Salvaje Oeste”, según su decir, mientras que para los demás eran las tierras de los nativos ancestrales, primero; españolas, y mexicanas después; y que las películas gringas pomposamente las publicitan como las tierras de la fiebre del oro, el salvaje oeste, y la tierra de los pioneros, esto cuando ya se encontraban en manos del imperio yanqui, muy pocas veces haciendo alusión a los trabajos que los nativos, los españoles, y los mexicanos realizaron.
Escasamente vemos en esas películas, las desbandadas de forajidos que cruzaban la nueva frontera con rumbo al sur, al viejo México, sitios muy apetecidos por aquellos rufianes para llevar a cabo inmensas tropelías con nuestras familias, las que con tanta escasez y dificultades aquí se asentaban. Aquellas hordas de indeseables gringos eran también acompañados por indeseables mexicanos, europeos, y aventureros de toda índole, siempre profundizados en el vicio, la lapidación, el pillaje, la burla a flor de piel ante el caído, y la cobardía y el llanto al verse menguados.

Y eso que escribo con respecto a aquellos miserables chacales, no es cuestión de animadversión de mi parte hacia ellos, más bien es recordarle o hacerle saber a los actuales y a nuestros futuros descendientes, sobre las duras condiciones de vida que los nuestros pasaron para poder dejarnos esta tierra, tradiciones, y costumbres, que por malas, pobres, o intrascendentes que para algunos parezcan, son las que nos dan sentido e identidad.

Ni bien iniciaban con un ranchito, ni bien criaban algunos animalitos, cuando sobre nuestros rancheros caían aquellas hordas de saqueadores, y si alguien se atrevía a enfrentarlos, les quemaban las casas, violaban a sus mujeres, secuestraban a algún miembro de la familia, o simplemente asesinaban sin piedad.

Muchos hombres que llegaban a este suelo peninsular, provenían del interior del país, otros más del lado gringo, de Sudamérica, de Asia, y de Europa; muchos de aquellos eran buenas personas, de buenos principios, con conocimientos y costumbres que trasmitían entre los californios, incluso dejaron sus estirpes cuando se casaron con mujeres de aquí.

Pero había otros “Los Indeseables”, como se conocían en general, fueran de donde fueran; pero si eran mexicanos, se les llamaba: “Tagualilas, Chuntaros, Cuchis, o Cuchibriachis”; y esas maneras de llamarlos eran porque se les mostraba doble desprecio por ser nuestros paisanos en contra de sus paisanos.

No tardó mucho en que el gobierno persiguiera a aquellos bandoleros, sin embargo mucho con placa trabajaban para los dos bandos, o por lo menos obtenían sus buenos dividendos por las cuotas que los malhechores les pagaban, de acuerdo a los “arreglos” que entre ellos tenían. En Ocasiones cuando algún buen “Rural” del gobierno llevaba preso a algún malviviente, no faltaban sus compinches que en la serranía lo liberaran, en ocasiones asesinaban al rural de la “Acordada”, o se reían de ellos porque eran mayores las fuerzas de los malvados.

Con el paso del tiempo, y ya para el año de 1837, más o menos, en mi tierra nuestros rancheros se dieron a la tarea de construir murallas a base de rocas, para tener sus trincheras, y poder defenderse de los ladrones; tenemos así lo que ahora se conoce como “El corral del Chino”, las murallas de San Juan de Dios, los “Corrales” en “Los Mártires”, y tantas otras obras de defensa, que solo es cuestión que alguien al pasar por esos rumbos se dé el tiempo de visitarlos y analizarlos. Hoy en día se utilizan como corrales, pero en su origen y durante muchas décadas fueros obras de defensa.

Nuestros rancheros llamaban de muchas maneras a aquellos viles seres, sus apodos eran entre otros: Moscas, por encimosos; Mazatanes por buenos para tomar café; Lurios, por enamorados; en fin.

Por desgracia en la actualidad que vivimos, no son pocos los malvivientes que alternan con cualquiera, y en cualquier medio; ahora los actuales “Indeseables”, mejor conocidos como “Malandros”, son gentes que tienen lo suyo, y que no describiré.

Y si bien las películas, y las novelas nos hacen el flaco favor de olvidar los enormes esfuerzos de abnegadas familias ya pasadas, y otras del presente, al menos nosotros sí les damos la dimensión que merecen.

Este pequeño artículo lo dedico a la memoria del Señor Guadalupe Loya Espinoza, quien falleció a manos de “Los Indeseables” en El Rosario, a principios del siglo veinte; así también a la memoria de Jesús Loya Espinoza, el hermano mayor de Guadalupe, quien también falleció a manos de aquellos chacales; sin olvidar a Julio Espinoza Peralta, hermano de mi bisabuelo paterno, quien falleció en Mexicali a manos de los mismos individuos; a Marciana Marrón Ortiz, tía que fue de mi abuela paterna, quien falleció a manos de los mismos individuos; a Juan Ortega Espinoza, asesinado a los 18 años de edad por los mismos sujetos; a Rosendo Peralta Murillo, caído por las mismas circunstancias; a Aquilina Loya Espinoza, también asesinada por aquellos chacales; y a tantos más que han quedado bajo los polvos del olvido; a todos ellos donde quiera que se encuentren, mi consideración.

AUTOR DEL ARTÍCULO

ING. ALEJANDRO ESPINOZA ARROYO
EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA, MEXICO
JUEVES 01 DE DICIEMBRE DE 2011.

El presente trabajo es de orden intelectual propiedad del autor, quien lo tiene protegido bajo patente número 1660383, se permite su uso, siempre y cuando no sea con fines de lucro o comerciales, y se otorguen los créditos correspondientes..



Muralla en San Juan de Dios, El Rosario, Baja California, que se utilizaba para encerrar el ganado, y como defensa ante los ataques de “Los Indeseables”; su construcción la inicio Carlos Espinoza Castro, hacia el año de 1837. Foto Alejandro Espinoza Jáuregui: 17 de Septiembre de 2007.


Corral que fue construido en el rancho “El Metate” propiedad que fue de mi bisabuelo Santiago Espinoza Peralta, quien a su vez fue bisnieto de Carlos Espinoza Castro. Se puede ver la puerta que se le construyó muchas décadas después de construido.Foto: Alejandro Espinoza Jáuregui: 17 de Septiembre de 2007.


Corral “Del Medio”, originalmente construido con los mismos fines de defensa; este corral data de la década de 1830, fue construido por Carlos Espinoza Castro, y se encuentra cerca del rancho San Juan de Dios, y de “El Metate” de la familia “Espinoza”. Foto: Alejandro Espinoza Jáuregui: 17 de Septiembre de 2007.


Muralla para la defensa del rancho “Los Mártires” de la familia Duarte en El Rosario, Baja California. En la parte alta de la montaña que se ve al fondo existe otra muralla, desde donde disparaban los “Duarte” para defenderse de los ladinos aquellos. En la parte de abajo, la muralla que se ve en la foto, era donde se guarecían las familias. Foto: Alejandro Espinoza Jáuregui: 17 de Septiembre de 2007.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

¡PRESTAME UN CHAMACO PARA LOS MANDADOS!:

Esta era una de las frases que más escuchábamos en el rancho cuando fuimos niños.

Por Ing. Alejandro Espinoza Arroyo
Lunes 31 de Octubre de 2011.


Echa con todo respeto, y sin que sea malagradecido, pero una de las críticas que tengo para las costumbres de nuestros ancestros, es que a los niños nos prestaban como si fuéramos herramientas, bestias de carga, o simplemente como que nos veían con cierto desdén, y en el interés de vernos formados “hombres”, nos prestaban con parientes y amigos para que fuéramos utilizados en las más diversas tareas, ajenas por supuesto, en las que el beneficiado con nuestro tierno trabajo, no siempre quedaba del todo satisfecho, y nosotros “los prestados” siempre quedábamos totalmente agotados, pero eso sí, “más hombrecitos”, como si en los trabajos de la propia casa no hubiésemos podido igual, “Agarrar tal hombría”.

Desde luego que mi postura no es la de criticar aquellas antiguas costumbres, más bien, es de analizar el por qué, desde los cuatro o cinco años éramos los niños varones, y en algunas ocasiones también las niñas, vistos por nuestros mayores con cierto deber por parte de ellos, el sacarnos del seno materno y enviarnos fuera de casa para que en otras apoyaran a nuestros padres para que “Nos hiciéramos hombres”, según sus propias palabras:

Normalmente a casa llegaba algún pariente o amigo de la familia, buscando al padre, diciéndole:
Préstame a fulano para que me ayude unos meses en el rancho: A lo que con todo desenfado el padre contestaba:

Sí, llévatelo “para que se haga hombre”

Luego llamaban al elegido, la madre le alistaba una cajita, o un costalito con sus muy escasas pertenencias, lo echaban atrás del troque, y se llevaban al chico, casi un bebe, con rumbo a tal o cual sitio, y allá iniciaba el ritual de hacer hombre al desvalido, ritual que normalmente iniciaba a las cinco de la mañana de todos los días, y concluían al anochecer.

¿Cuáles juguetes, cual niñez?, en aquellos tiempos eran atender una tarea tras otra, otra, y muchas más...Los niños más “utilizados”, eran los que habían perdido a alguno de sus padres, y al padre que quedaba a cargo le resultaba imposible sostener a la familia, lo que redundaba en hacer repartición de niños entre la parientada…

Y se nos fue la niñez, se nos fue en puro hacer mandados, y tareas tantas que apenas nos dejaban respirar; atendiendo aquellos arreglos que se daban entre nuestros mayores, ya fuera que se hubieran arreglado de caballo a caballo, de carro a carro, o en una borrachera, en la que uno le ofrecía, o aceptaba la petición del otro, para que le diera en préstamo a un chamaco de tantos que tenía.

En fin, así eran las costumbres, también yo, así me crié en El Rosario; aunque siempre el “prestado” se podía preguntar: ¿Por qué me traen aquí, si tienen hijos de mi edad?, aunque debo reconocer que en muchas de aquellas casas donde nos “arrimaban”, eran personas de muy buen trato, en otras no. Dependía entonces, de a qué casa íbamos a parar, porque mientras en algunas eran agradables nuestras estancias, en otras eran un verdadero martirio; en fin así fueron las cosas, pero de todos aquellas situaciones grandes aprendizajes obtuvimos, y sea tal vez, a eso, lo que antes los nuestros llamaban: “Hacerse hombres”.

En muchas ocasiones “los prestados”, íbamos a vivir con personas de avanzada edad, para mí eso era gratificante, pues en las nochecitas los interrogaba a mis anchas, y de aquellos “Interrogatorios”, es que han salido muchas de las historias que he investigado a lo largo del tiempo, muchas de las cuales ahora comparto, tanto en pláticas personales, como en narrativas.
Y para no hablar de mi persona, prefiero dejar el espacio a mi apreciable tío ANGEL ZACARIAS ESPINOZA AGUILAR, quien en sus propias palabras nos comparte algo de su vida, y de la costumbre que he tratado párrafos antes:

A continuación, transcribo la narrativa de Ángel Zacarías Espinoza Aguilar:


“Salí de El Rosario a la edad de 8 años con destino a Ensenada por órdenes de mi
Madre, quien entonces se encontraba atrasada económicamente, pues éramos varios hermanos; era lo que se usaba en aquellos tiempos: “Prestaban” a los hijos con los parientes, igual como prestar cualquier cosa.

Mi madre ganaba un peso a la semana y no le alcanzaba para mantenernos a todos, así que me mandó con mis Abuelos, los padres de ella, Ruperto Aguilar y María de Jesús Acevedo Marrón que Residía en Ensenada en donde cursé mi enseñanza primaria, de allí pase a Tijuana a la edad de 16 años, allá vivía mi tía Isabel Aguilar a quien aprecio bastante, pues me ofreció su casa me daba comida y allí me acomodé.

Bonitos Recuerdos guardo cuando le llevaba lonche a mi abuelo Ruperto Aguilar,
Él trabajaba cortando alfalfa para un señor ruso de apellido Rudakoff, quien tenía una gasolinera en la calle Quinta y Ruiz en Ensenada, eso fue en la década de 1940.

Yo le ayudaba a mi abuelito Ruperto Aguilar en su trabajo, ya que él se ganaba la vida cortando alfalfa con una guadaña, y pues la mentada herramienta estaba más grande que yo, después que terminábamos de cortarla, nos sentábamos a comernos el lonche. Mis abuelos vivían en Ensenada por la calle Sexta y Blancarte.

Me platicaba mi hermana Balbina Espinoza que cuando ella vivía en la casa de mi tío “Nico Loya” me miraba pasar cuando le llevaba el lonche a mi abuelo, me dijo, pasabas descalzo, y me daba mucha pena, un día le dije: Recuerdo que te miraba en el lavadero cada vez que pasaba; ¡Ah que bonitos recuerdos tan lejanos!.

Recuerdo que trabajaba cerca del rastro en donde mataban marranos y reses y le daban a mi abuelo sangre de res, después mi abuela María de Jesús hacía empanadas con ella, y yo las llevaba a vender al viejo muelle que había en ese entonces en Ensenada, de donde salían los turistas a pescar; mi abuela me decía véndelas a diez centavos moneda nacional, lo cual equivalía como un penny o dos, y los güeros me pagaban cinco o diez centavos moneda americana.
Pues que crees Alejandro, con esas ventas yo ganaba más que mi abuela, después de las ventas me metía al cine a gastar las ganancias y a mirar películas de vaqueros, a comer palomitas de maíz, perros calientes, y sodas.

También vendía el periódico americano “Los Ángeles Times”. Cuando fui más grande me acuerdo que mi hermano Policarpio (Polo) Espinoza y mis tíos Esteban, Jesús, y Alejandro “Cano Aguilar” y mis primos el “Grande”, y Adán Aguirre se iban a Eréndira, Baja California a sacar choros para la cooperativa “Ensenada” de los hermanos Guerrero, y yo me les pegaba, allí sacaba mi dinerito entonces tendría entre catorce o quince años de edad.

Un día mi hermano Polo me dijo que necesitaban un cocinero, que si quería irme a la isla Natividad, Baja California, Sur, que se encuentra justo debajito del paralelo 28 grados, pero del lado sur, enfrente de la Isla de Cedros, que se encuentra al norte del mismo paralelo; que si quería irme con ellos, pues mi hermano y el “Grande Aguirre” trabajaban un equipo en la pesca de langosta; y como si me fui con ellos para allá, cuando se iban ellos a marea echaba mis trampitas en lo bajito después que regresaban nos íbamos Francisco (Pancho) Aguirre; y yo a sacar las langostas de las trampas. Recuerdo que mis tíos, y mis primos nos hacían pelear a Pancho y a mí, pues éramos de la misma edad. Estuve en la isla de Natividad durante tres años, de aquel lugar pase a Tijuana, donde vivía en la casa de mi tía Isabel y mi tío Manuel Aguilar; un día fui a visitar a mi hermana María (Maura) y su esposo Jesús Ayala; vivían en Tijuana, en la calle primera y avenida “H”, como a media cuadra de su casa, estaba la lechería y pasteurizadora: “La Suiza”.

Me dijo mi hermana María:
¿Por qué no vas a buscar trabajo a la lechería?; y como así lo hice y con tan buena suerte que me acomodé de ayudante repartiendo leche a las tiendas, el dueño se llamaba Ernesto Jiménez; y el que me dio trabajo ese día se llamaba Efrén Sánchez, era primo de la ex esposa de Jiménez; los Sánchez eran de Sinaloa. Después me fui a la lechería de los hermanos “Alonso”, que eran Armando, Sany, Wallis, y el mayor Marcos Alonso.

Mi padre Alejandro (Mechudo) Espinoza Peralta siendo vaquero en la sierra trabajó con el papá de los “Alonso” cuando tenían borregos y ganado; un buen día me dijo Armando Alonso que tenía unas fotos de mi padre y me las iba a regalar, lo cual nunca sucedió. El conoció a mi padre, pero yo no.

Mi tío Santiago Espinoza Peralta le prestó algunos corrales a “Alonso” cuando pastoreaban su ganado y su borregada.

Trabajé en Tijuana de repartidor de leche, para ese entonces mi madre y mis hermanos ya residían en Ensenada, después pasaron a Tijuana a petición de mi tía Isabel; después conocí a Maria Eugenia Castruita con quien me casé, y procreamos cuatro hijos:
Ángel, Sandra, Patricia, y Francisca.

En el año 1963, un mes o dos antes que naciera Ángel mi primer hijo, me mandó decir Carlos Aguilar desde Los Ángeles, California, que si quería irme a trabajar a para allá, pues me tenía un trabajo en un restaurante “Dennis”, no dejé pasar la oportunidad; y desde entonces acá estamos.

Espero que en el futuro miembros de nuestra familia puedan dar una mirada atrás a través de éstos apuntes. La vida nos enseña muchas lecciones, pero sobretodo debemos tratar de dejar un legado digno que será parte de sus raíces con el paso del tiempo.

‘’Ángel Zacarías Espinoza Aguilar‘’.
Agosto de 2011.



Bueno pues, a eso es a lo que me referí en la introducción de este artículo; con las breves pero importantes palabras de Ángel Zacarías, nos pudimos transportar a las veredas que anduvo, en sus palabras nos dimos cuenta de cómo se vive cuando se es “niño prestado”, y sobre todo cuando se es niño sin padre, como en su caso, ya que su padre, el primer Alejandro que existió en nuestra familia, falleció cuando Ángel era apenas un pequeño niño.

A pesar de su dura niñez, de su dura y nula juventud, dentro de sus escasos entretenimientos se encontraba, como lo relata, comiendo palomitas de maíz, y disfrutando de las películas de vaqueros, en un cine de la Ensenada aquella, que ya se ha quedado unos sesenta años detrás de este tiempo que ahora vivimos; No obstante, Ángel, jamás se fue por caminos torcidos, cuyos resultados se palpan ahora, en una apreciable y digna familia; y aunque su narrativa la envió para compartirla con mi persona, la hago del conocimiento público, porque considero que es un ejemplo de vida que a muchos de seguro nos servirá de estímulo.


AUTOR DEL ARTÍCULO:

ING. ALEJANDRO ESPINOZA ARROYO
EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA
LUNES 31 DE OCTUBRE DE 2011.


El presente trabajo es de orden intelectual, es propiedad del autor, quien lo tiene protegido bajo patente numero 1660383; se permite el uso parcial o total, siempre y cuando se otorguen los créditos correspondientes, y no sea con fines de lucro o comerciales.

NOTAS RELEVANTES:
En Isla Natividad, Baja California. Sur, Ángel Zacarías también trabajó con los hermanos Luís y Jesús “Canguro” Vázquez Collins.
El padre de Ángel Zacarías Espinoza Aguilar fue Alejandro “Mechudo” Espinoza Peralta, hermano menor de mi bisabuelo Santiago; Alejandro nació en El Rosario, en 1895, y falleció asesinado en Ensenada en 1945:
La madre de Ángel Zacarías fue Francisca Aguilar Acevedo, descendiente de las antiquísimas familias rosareñas.
El nombre de Zacarías, lo lleva porque así se llamó el segundo Espinoza nacido en Baja california, en 1779, Zacarías Espinoza Castro, hermano del patriarca Espinoza de El Rosario, Carlos Espinoza Castro.

Zacarías Espinoza Castro se fue de El Rosario a Sonora en 1802, o en 1803, de donde jamás regresó, pero si lo hizo 120 años después José Espinoza, bisnieto que fue de Zacarías, y se asentó en Ensenada, donde aún viven sus descendientes. En 1928 José ya se trataba con los Espinoza de El Rosario, en la calidad de parientes, y fue por él, por quien se supo de su ancestro Zacarías. José Espinoza instaló en Ensenada, en la década de 1920 un taller de fotografía y una barbería que llamó “La Popular”.

El padre de Ángel Zacarías, fue el primer “Espinoza” que en El Rosario llevó el nombre de “Alejandro”, mejor conocido por el apodo de “Mechudo”; el segundo fue mi abuelo Alejandro “Negro” Espinoza Peralta, nacido en 1912, y fue sobrino de Alejandro “Mechudo”; el tercero fue Alejandro Espinoza Peralta, nieto del “Mechudo”, e hijo de Arnulfo “Chuty” Espinoza Loya, hermano de Ángel Zacarías; el cuarto fue Alejandro Espinoza Bañaga, hijo de Carlos “Don Chale” Espinoza Peralta, y de la Kiliwa Dionisia Bañaga; el quinto es quien esto escribe; el sexto es Alejandro Espinoza ¿?, hijo del tercero; el séptimo es Alejandro Espinoza Jáuregui (mi hijo); y con una ligera variante el octavo es Isaac Alexander Espinoza Montiel (mi nieto). El nombre “Alejandro” apareció en nuestra familia en 1895, por lo que a la fecha lleva 116 años utilizándose.
Los cuatro primeros “Alejandro” ya han fallecido, mientras que “Mechudo” falleció antes de los 50 años de edad, mi abuelo falleció de casi 79, en 1991; Alejandro hijo de “Chuty” cerca de los 60, hacia 2010; y el hijo de “Chale Espinoza”, falleció de 30, hacia 1986.

Alejandro “Mechudo” Espinoza Peralta en sus primeras nupcias fue casado con Ángela Loya Espinoza; procrearon a: Emilio, María Guadalupe, Enriqueta, Gustavo, María Maura, y Arnulfo “Chuty”. Luego que enviudó de Ángela:
En segundas nupcias se casó con Francisca Aguilar Acevedo, procreo a: Bertha, Leopoldo, Angelita, Balbina, “Tardo”, Cruz (mujer), Ricardo, y Ángel Zacarías.


De izquierda a derecha: Ángel Zacarías Espinoza Aguilar, Zacarías Espinoza Peralta, y el autor de este trabajo: El Rosario, Baja California, 2005.
Foto: Alejandro Espinoza Jáuregui.

Zacarías Espinoza Peralta, fue primo y padrino de Ángel Zacarías, y ambos fueron primos de mi abuelo Alejandro “Negro Espinoza Peralta. Zacarías Espinoza Peralta falleció un par de años después de tomada esta foto frente a su casa.

“Nico Loya”, a quien Ángel Zacarías menciona en su narrativa, fue José del Carmen Loya Espinoza, primo hermano de su padre Alejandro “Mechudo” Espinoza Peralta. Fue con “Nico Loya” con quien me inicié de escritor, si es que se me puede otorgar tal distinción, ya que fue en su casa de Ensenada, en 1972, contando con catorce años de edad, cuando tomé mi primera toma nota de las pláticas y relaciones que de sus orígenes me hiciera aquel año.

Kiliwa: Es una etnia de los pobladores ancestrales de la península, habitan en El Arroyo de León, en el Municipio de Ensenada, Baja California; pertenecen al troco lingüístico yumano peninsular, y al dialecto Borgeño. Actualmente sólo existen en Baja California de manera muy mermada poblaciones de Kiliwa, Paipái, Kumiai, y Cucapah; siendo unos cuantos de los miles que habitaban en toda la geografía peninsular a la llegada de los conquistadores españoles, que aunque algunos afirman que a la península no se le conquistó; el azote español primero y el mexicano después, prácticamente extinguieron a la población ancestral; pues a esa raza pertenecía mi tía Dionisia Bañaga, esposa que fue de Carlos “Don Chale” Espinoza Peralta, hermano de mi bisabuelo con quienes tuve el gusto de ampliamente charlar.

La Kumiai Gloria Castañeda elaborando una cesta en Tecate, Baja California: Foto Ing. Alejandro Espinoza Arroyo: 1995.

ORIGENES DE LA FAMILIA “VIDAURRAZAGA” EN BAJA CALIFORNIA.

Por Ing. Alejandro Espinoza Arroyo
Jueves 27 de Octubre de 2011.

El primero de ésta estirpe que arribó a la península en su juventud fue Tomás Vidaurrázaga, hacia 1835, era ultramarino, como antes se les llamaba a los extranjeros. Era de origen Vasco Español de Navarra; según sus nietos, hombre pelirrojo de larga, y cerrada barba; alto y esbelto, de pocas palabras; hablaba las lenguas euskera, y español; aunque él no se consideraba español, sino Vasco o Euskadi. En Baja California Vidaurrázaga se ganaba la vida más en la minería que en las actividades campiranas, de donde los primeros peninsulares obtenían el sustento.

En viaje de España a México, vía Veracruz, Vidaurrázaga llegó aquí en viaje sin regreso, como tantos otros hombres que se quedaron para siempre en América; él arribó a la península Bajacaliforniana casi por casualidad, ya que del centro de México viajaba a Sonora, lugar en donde escuchó por vez primera acerca de la existencia en Baja california de la misión “perdida”, según “decires”, se encontraba en el desierto central peninsular, que según era el lugar donde los misioneros jesuitas habían dejado escondidas sus riquezas tras la repentina expulsión de los territorios ocupados por España que sufrieron por órdenes de su rey, en 1767; esto lo hizo viajar hasta acá para iniciar la búsqueda de tal misión, que nunca logró encontrar; y que más tarde su hijo Tomás Vidaurrázaga Murillo, nacido en la península, también buscara con especial ahínco, sin encontrarla jamás; de igual manera que años después la buscara el también Vasco, pero del lado de Francia: Luís Etchart, originario del área de los pirineos atlánticos.

Cuando Vidaurrázaga le había dedicado varios años a la búsqueda de la “misión perdida”, y al haber casi perdido las esperanzas, se fue para la primera de las misiones peninsulares: Loreto, en donde hizo trabajos diversos, como vinatero, zapatero, sastre, y otros que le permitían ganarse la vida. De Loreto prosiguió para el sur, hasta llegar a los minerales de “El Triunfo”, y “Santa Ana”, lugares no muy distantes del final de la península, donde durante escaso tiempo se dedicó a lo que mejor sabía hacer: La minería.

De esos pueblos mineros se fue regreso a la misión de Loreto, donde conoció a la peninsular Josefa Murillo, con quien se casa.

Si Vidaurrázaga había realizado un viaje desde Europa hasta la península de Baja california, cuando hacerlo era sumamente difícil, qué trabajo le costaba viajar del sur al norte peninsular, como así lo hizo; Con su esposa y sus pequeños hijos Manuela y Tomás Vidaurrázaga Murillo, viajaron hasta llegar al sitio conocido como mineral de la Ciénega de San Carlos, en las cercanías del antiguo paraje de Santa Catarina, lugares al sur de El Rosario, distantes de ese lugar, algo así como unos ochenta kilómetros cuando mucho.

Don Tomás Vidaurrázaga, el pionero, se había casado en el sur de la península, en 1841, para lo cual había requerido del permiso de la iglesia que era la que dominaba la vida y las almas de todo mundo; mayormente si el pretendiente era extranjero, debía obtener la anuencia positiva de la iglesia, pues su calidad de “Ultramarino” en estas tierras no era bien visto, si de bodas o de cualquier “arreglo” se trataba, debía intervenir la iglesia católica.

Acá, en la región de El Rosario, se dedicó al rancho, y cuando la primera compañía del mármol llegó a El Mármol, ya sus hijos adultos se ocuparon en la explotación de la cantera.

Don Tomás Vidaurrázaga enseñó a sus hijos a hablar el Euskera, su idioma materno, sin embargo sus hijos no lo trasmitieron a sus descendientes; tenemos por ejemplo que su hija Manuela se casó con el italiano Carlos Pérpuly, cuyos hijos hablaban Español e Italiano, pero no el Euskera.
En los relatos que obtuve de Francisca Vidaurrázaga Peralta, nieta que fue de Don Tomás, supe que salvo algunos nietos por interés propio, mas no por instrucción de sus padres, aprendieron la lengua de su abuelo, el Vasco Tomás Vidaurrázaga; ella por ejemplo no sabía ni una sola palabra de euskera, sin embargo su padre Tomas Vidaurrázaga Murillo, incluso su madre Victoriana Peralta Veliz, habían aprendido de manera correcta esa lengua.

Fue precisamente en el mineral de la Ciénega de San Carlos, donde Francisca Vidaurrázaga Peralta nació el día primero de agosto de 1909, en cuyo lugar fue sepultado su abuelo el Vasco Tomás Vidaurrázaga, fundador de su linaje en Baja California.

Tomás Vidaurrázaga Murillo, hijo del pionero, fue Juez en la Sección de Santa Catarina, y El Mármol, ambos lugares pertenecientes en aquella época a la cabecera con sede El Rosario, Baja California.

Mientras tanto Tomás hijo, fue casado con la Comundeña asentada en El Rosario, Victoriana Peralta Veliz, procrearon basta familia, y son esos descendientes Vidaurrázaga que se conocen en la actualidad en la región norte peninsular, mientras que otros en el sur, además de que no son tantos, se han distanciado al paso de 170 años, que es el tiempo que ha transcurrido desde que nació esa estirpe en ésta tierra peninsular. Continuando con la narrativa; casado Tomás hijo del pionero, con Victoriana Peralta Veliz, procrearon a Ricardo “Pilayo”, Alberto, Fidencio, María Isabel, María Josefa, Artemisa, y Francisca.

Y cuando ya Tomás Vidaurrázaga Murillo se hizo viejo en la región de El Rosario, se dedicaba principalmente a la elaboración de vino, siendo precisamente unas barricas de madera, también conocidos como toneles, los que causaron su muerte.

En las amplias pláticas que sostuve con María Isabel, y Francisca, nietas del Vasco Tomás Vidaurrázaga y de Josefa Murillo, recordaban que sus abuelos habían vivido casi siempre entre El Mármol y el mineral de la Ciénega de San Carlos. Se trasladaron a El Mármol, donde su abuelo había sido explorador en apoyo a la primera compañía que trabajó la mina, sucedió esto años antes que nadie trabajara en ese lugar; hacia 1885 que fue cuando se dieron las primeras exploraciones o prospecciones en busca del ónix, en las que apoyó Vidaurrázaga.

Actualmente en El Rosario, no vive ningún representante de esa familia, los Vidaurrázaga más cercanos habitan en El Socorro, y en el poblado de Santa Maria, pueblo que se encuentra entre San Quintín, y El Rosario, son descendientes de Ricardo “Pilayo” Vidaurrázaga Peralta y de Aurelia García Marrón; siendo las actuales familias, en El Socorro: Aguilar Vidaurrázaga, y en Santa María: Vidaurrázaga Aguilar. Mientras que en El Rosario, sólo vive una persona que ostenta ese apellido, siendo: Carolina García Vidaurrázaga. Por supuesto, ninguno de los descendientes habla la lengua de su ancestro el Vasco Tomás Vidaurrázaga.

AUTOR DEL ARTÍCULO:

ING. ALEJANDRO ESPINOZA ARROYO
EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA
JUEVES 27 DE OCTUBRE DE 2011.


El Presente trabajo es de orden intelectual, y propiedad del autor, quien lo tiene protegido bajo patente número 1660383; se permite su uso, siempre y cuando se otorguen los créditos correspondientes, y no sea con fines de lucro, ni mercantiles.

NOTAS RELEVANTES:


Según la investigación de Pablo L. Martinez en “Guía Familiar de Baja California 1700-1900”; Tomás Vidaurrázaga solicitó permiso a la iglesia para casarse con Josefa Murillo, en la misión de Loreto, Baja California, Sur, el día 7 de enero de 1841; los motivos fueron por ser “Ultramarino”, es decir extranjero, en el español actual.

Igualmente en la investigación de Pablo L. Martínez asienta que Manuela Vidaurrázaga (Murillo) contrajo matrimonio en Comondú, Baja California, Sur, con el italiano Carlos Pérpuly, el 24 de julio de 1876; siendo él de 42 años de edad, de ocupación comerciante, hijo de Nicolás Pérpuly y de Violante S.; mientras que Manuela Vidaurrázaga contaba con 27 años de edad, siendo hija de Tomás Vidaurrázaga y de Josefa Murillo.

Tomás Vidaurrázaga Murillo contrajo nupcias con Victoriana Peralta Véliz (1860-1942); procreando a: Ricardo “Pilayo”, Alberto, Fidencio, María Isabel, María Josefa, Artemisa, y Francisca; de aquí tenemos que se casaron con:

Ricardo Casó con Aurelia García Marrón (1915-1949), fue la hermana menor que seguía a mi abuela paterna María Visitación: sus hijos fueron: Rosalía, Ricardo “Calilo”, Salvador, Cruz (hombre), Carolina, y Tomás Jorge, mejor conocido como “Tomasito Vidaurrázaga”, fallecido a los 64 años de edad, en julio de 2008). Vive en El Socorro Rosalía, mientras que Ricardo vive en Santa María; y Carolina en Ensenada.

Alberto fue casado con Sara Domínguez, cuyos descendientes desconozco.

Fidencio falleció joven, hasta donde sé, no dejó descendencia.

Maria Isabel mejor conocida como “Chabela del Caracol” casó con Adalberto “Caracol” Espinoza Peralta; sus hijos fueron: Esperanza “Toto”, Dolores “Lola”, Alejandrina “Jarino”, Rosario “Chayulín”, Francisco “Raile”, Angelina, Rafael. El mayor se llamó Adalberto, falleció a un año de edad, y se encuentra sepultado en el panteoncito del rancho de San Juan de Dios. Ya han fallecido todos ellos.

María Josefa, mejor conocida como: “Chepita del Tambo” cuyo nombre fue en honor a su abuela Josefa Murillo; casó con José del Carmen “Tambo” Espinoza Peralta; sus hijos fueron: Julio “Tambo”, Eduardo “Lalo”, Palmira “Ema”, y Manuel “Niní” recientemente fallecido. “Chepita del Tambo” falleció en Ensenada el 27 de diciembre de 1991, a la edad de 92 años.

Artemisa casó con José Contreras, vivieron y procrearon familia en Mexicali, sólo conocí a su hijo José Contreras Vidaurrázaga.

Francisca (1909-1997) “Pachita de Lapo” casó con Serapio “Lapo Viejo” García Marrón (1911-1994), Hermano de mi abuela paterna María Visitación; sus hijos fueron: Arnulfo “Ruso”, Gloria, Octavia, Estela, y Carolina; de todos ellos sólo vive Carolina.

El Socorro, pertenece a la Delegación Municipal de El Rosario, de cuya cabecera dista 30 kilómetros al norte aproximadamente; mientras que Santa María pertenece a la Delegación Municipal de San Quintín, de cuya cabecera dista unos 25 kilómetros al sur aproximadamente.
San Quintín se encuentra 200 kilómetros al sur de Ensenada, y a 300 de Tijuana, frontera noroeste de México con Estados Unidos de Norteamérica.

El Rosario, se ubica 260 kilómetros al sur de Ensenada.

Victoriana Peralta Véliz de Vidaurrázaga falleció en casa de su hijo Alberto, en la mina de El Mármol, Baja California; la causa fue que se tropezó con el marco de la puerta de la casa, se desplomo y golpeó con una roca de mármol en la frente, perdiendo la vida de manera instantánea, en 1942, cuando contaba con 82 años de edad; vivía en El Rosario, había ido de “raite” de El Rosario a la mina con mi abuelo Alejandro “Negro” Espinoza Peralta, cuando era el encargado de llevar las mercancías del puerto de los chinos, en la bahía de El Rosario, hasta la tienda de Don Reyes Quiñonez en aquella mina. Victoriana fue sepultada en el panteoncito de ese lugar.


Serapio “Lapo Viejo” García Marrón y Francisca Vidaurrázaga Peralta;El Rosario, Baja California, 1993.Tomada por Ing. Alejandro Espinoza Arroyo.Francisca fue nieta del Vasco Tomás Vidaurrázaga.

Las primas Palmira “Ema” y Angelina Espinoza Vidaurrázaga,
Siendo acompañadas de Bertoldo Peralta Acevedo, y Enrique Delgadillo Dávalos.



Rosario “Cahayulín” Espinoza Vidaurrázaga, Es acompañado por su esposa María Magdalena Duarte Valladolid, y por un nieto: El Rosario, Baja California: 1980.

Izquierda a derecha: Los primos hermanos: Arnulfo “Ruso” García Vidaurrázaga,
Rafael Espinoza Vidaurrázaga, y Ricardo “Calilo” Vidaurrázaga García.
Fueron hijos de los hermanos: Francisca, María Isabel, y Ricardo,
en el mismo orden que aparecen. De ellos sólo vive Ricardo;
Los tres fueron bisnietos del Vasco Tomás Vidaurrázaga.