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martes, 7 de junio de 2011

LAGUNA SECA DE CHAPALA, BAJA CALIFORNIA.

PARAJE DE LA PENINSULA QUE TRAJERA A LA FAMA DON ARTURO GROSSO PEÑA: “EL CURA DEL DESIERTO”.
Si por alguna razón en pláticas sale el nombre de la Laguna Seca de Chapala, Baja California, ubicada en el desierto central, de inmediato viene a la memoria Don Arturo Grosso Peña, el muy famoso “Cura del Desierto”, y no por nada sus nombres se encuentran íntimamente relacionados entre sí, pues tanto Don Arturo le dio fama a la laguna seca, como este recodo peninsular se la dio a él.

Y en el antiguo sendero que era el camino real, que unía a todos los pueblitos, ranchos, parajes, aguajes, minas, y campos de nuestra geografía, dio fama a un sinnúmero de personajes que se antojan como de cuento; todos legendarios, eran al mismo tiempo tanto criadores de ganado, restauranteros, herreros, mecánicos, poliglotas, geógrafos, narradores, historiadores, naturalistas, pescadores, mineros, cocineros, vaqueros, gambusinos; leñadores, y leñeros; pero nadie como Don Arturo Grosso Peña: “Cura”. De ahí que se le recuerdo como: “El Cura del Desierto”.

Fue Don Arturo el hijo mayor del italiano Eduardo Eugenio Boittard Grosso, y de la Pima Tecla Peña Duarte, quienes se casaron en Santa Rosalía, Baja California Sur, en la década de 1890, a principios, llegando a la zona de El Rosario, en 1895, a un sitio al que llamaron rancho “Buenos Aires”, en recuerdo a la primer ciudad en América a la que Grosso había llegado años antes de pasar de Argentina a México. Habiendo vivido por varios años en el rancho “Buenos Aires”, el que geográficamente no se encuentra muy alejado de la Laguna Seca de Chapala, Don Arturo en sus años mozos fue un vaquero, y minero que exploró junto con su buen amigo William James Cochran Flores, toda la región media de la península, prospectando las vetas de oro, granate, plata, cobre, y lo que pudieran encontrar con tal de hacerse vivir de manera que aunque bastante ruda, ganarse la vida de manera decente.

Cuando algún tiempo pasó fueron naciendo sus hermanos en el propio rancho, pero en la época de inicios de la revolución mexicana al encontrarse las familias de capa caída en la situación económica, Don Eduardo decide viajar al norte en busca de mejores aires, que aunque ya estaba en “Buenos Aires”, eran otros mejores los que necesitaba; cruzó la frontera de México con Estados Unidos por Mexicali, luego que se acomodó en un trabajito cuidando conejos, regresó por la familia, abandonando el rancho, e instalándose en “Coyote Wells”, un poco al norte de la sierra de Jacumba, California del lado gringo, que del lado mexicano se conoce como sierra “La rumorosa”, en el actual municipio de Tecate, Baja California. Aquel viaje que fue hacia 1911, se realizó a bordo de carretas tiradas por caballos; regresando a El Rosario, muchos años después, ya para 1927, época en que Grosso compró el rancho “Buena Vista”, en El Rosario de Abajo, rancho del que aún existe la casa.

Por su parte Don Arturo Grosso Peña se casó con Juanita Duarte Ortiz, procreando a dos hijos, pero en breve tiempo su esposa falleció, por lo que años después se casa con Adela Peralta Acevedo con quien procreó a varias hijas y a un hijo.

Don Arturo y su esposa Adela se asentaron de manera definitiva en su rancho de la laguna seca de Chapala, donde vieron crecer tanto a sus hijos, como el inmenso número de amistades que lograron formar durante las décadas que vivieron en el desierto central.
Tenían un restaurante que se llamaba “Chapala”, cuya especialidad era como en todos los demás restaurantes del camino real: Machaca seca de res, de pescado, de langosta, de venado, o de burro.

¡Pásenle a la machaca de burrego! Decía animosamente don Arturo.

Las mujeres atendían la cocina, y todas las tareas dentro de la casa, mientras que los hombres todas las de patio, las de sierra, las de playa, teniendo prohibido por ellos mismos y por las mujeres entrar a la casa, solo que fuera para comer y para dormir, de lo contrario, si los hombres entraban mucho los llamaban “faldilleros”; así que don Arturo era hombre de “afuera”, jamás un “faldillero”; afuera atendía al ganado, la herrería, el taller mecánico, la llantera, y a los viajeros hombres que detenían su andar brevemente en Chapala, las mujeres viajeras entraban al comedor, es decir con las demás mujeres.

EL CURA DEL DESIERTO:

Los hermanos Ceseña Smith, de Bahía de Los Ángeles, entre ellos Arturo, bautizaron a Don Arturo con este apodo, por la gran facilidad con la que “bautizaba” a cuanta persona se parara o pasara frente a él, cualquiera era de inmediato bautizado por el cura del desierto.
En cierta ocasión, llegaron al restaurante en troque tres hombres, dos se bajaron, mientras que el tercero se negó a hacerlo aduciendo que no, pues sabía que en ese lugar le ponían sobrenombre a las personas; cuando los dos entraron saludaron a don Arturo, quien no les hizo caso por estar viendo hacia el troque, intrigado porque uno se había quedado a bordo, luego les preguntó a los dos que entraban:

¿Po, po, po, por qué no se bajó aquel cabeza de tasa?

Luego los compañeros del viajero, le hicieron una seña al del troque, diciéndole:

¡Vente, ya te jodieron, ya tienes nombre!

Y es que el que no se bajó, tenía solo una oreja.
“El Perro Buldogui”, “El Boca de Sapo”, “El sol”, “La Tintorera”, “El siete de copas”, “La Barra de Oro”, “El Recién Castrado”, “El Boca chula”, “”El Tres Tientes”, “El Sufridito”, “La Saltarina”, “La Golondrina”, “El Güero Nailon”, “El Copa de Nieve”, “El Siete Suelas”, “El Pico Chulo”, “El Hueso de Mango”, “El Tiburón”, “La Tenebrosa”, “El Bolsa de Fierro”, y “Los Cola Blanca”, fueron algunos de los cientos de sobrenombres con los que “bautizó” a diversos personajes, los había desde chicos, a viejos, y de hombres a mujeres, pues afirmaba que un cura no tenía por qué hacer distinciones con nadie.

Cuando los víveres se escaseaban en el rancho, y siendo Don Arturo ya un hombre de avanzada edad, pedía que le dieran raite del rancho a El Rosario; en cierta ocasión cuando ya había comprado lo que requería en su rancho, se dio a la tarea de buscar a alguien para que lo llevara de regreso a el rancho, así anduvo casi todo un día, sin encontrar a alguien que estuviera disponible para que lo acercara al rancho, con todo y sus provisiones que había dejado encargadas por ahí con alguna amistad; al fin de tanto andar en búsqueda de raite, encontró a Francisco Peralta Duarte, sobrino de su esposa; Francisco acordó con Don Arturo cierta cantidad de paga para los gastos del viaje; y luego se fueron. Caminaron varias horas, mientras Francisco conducía, Don Arturo agarrado del tablero del vehículo, muy seguido volteaba a ver al chofer, pero sin mediar palabra; cuando al fin dieron la vuelta en un cerro, y que ya Don Arturo vio el rancho, fue entonces cuando le dijo a Francisco:

¡Po, po, po lo que vengo viendo, es que eres muuu pend…pa’ manijar!

Luego Francisco, que también era muy ocurrente, le contestó:

¡Es que, que, que, que, cómo no me dijo eso antes, para dejarlo tirado!

¡Po, po, po, es que el pend… eres tú, no yo!

Era Don Arturo un hombre blanco nórdico, tostado por el sol peninsular, de mirada profunda y perspicaz, travieso, y juguetón.

Hacia 1977, en sus últimos días de vida se la pasaba sentado tomando el sol, viendo pasar los carros:

¿Qué hace Don Arturo?, le pregunté un día en que fui a saludarlo a casa de su hija Rosa en El Rosario:

¡Po, po, po, contando los carros que pasan por la carretera!

¡P’aca han pasado catorce, y p’allá, trece, van parejones!

Siete de color claro, dos muy cochis, uno sin mofle, uno con un caballo arriba, y otro con un toro; los demás no los columbré muy bien, porque pasaron muuu recio.


En los tiempos anteriores a la segunda guerra mundial, por allí del año de 1935, Don Arturo firmó un contrato con el gobierno federal para abrir caminos “modernos”, en la península, decía que el día que firmó el primer contrato, viajo la descomunal distancia de Ensenada, hasta El Rosario, el mismo día, proeza desde luego, ya que en aquellos tiempos el viaje duraba hasta tres días con buen tiempo.

Las Cuestas de “El Aguajito”, “La Turquesa”, y de “Jaraguay”, fueron las primeras que acondicionó a cincel y marro con su brigada de trabajadores, bajo aquel contrato, hace ya unos setenta y cinco años.

Fue en ese tiempo, según sus pláticas, cuando se hizo de un perico, que llamaba a su dueño, a gritos, diciéndole: ¡Arthur, Arthur!, porque se lo había dejado encargado un gringo, y el perico español no hablaba.


AUTOR DEL ARTÍCULO:

INGENIERO ALEJANDRO ESPINOZA ARROYO
EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA
07 DE JUNIO DE 2011.

NOTAS RELEVANTES:


Don Arturo Grosso Peña, junto con Juanita Duarte Ortiz procreó a: Eduardo apodado “Watare”, derivación de “Boittard”, y Maria, quien fue la madre de la familia Coussiño, en la ex misión de San Vicente Ferrer, Baja California.

Con Adela Peralta Acevedo: Procreó a: Amalia, Rosa, Lidia, Natividad, y Eugenio; y crió a su nieta Clementina, hija de Amalia.

Fue padre también de Elena Grosso, quien nació en la mina de El Mármol, siendo ella la mayor de todos sus hijos e hijas. La madre de Elena, llamada Eduviges falleció al nacer ella, quedando sepultada en el panteón de El Mármol.

Los hermanos de Don Arturo fueron: Eduardo, Ángel, Emilio, Juan, Teresita del Niño Jesús, Amalia, y Anna.

Su padre llegó de Italia, lugar al que jamás regresó.

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