"NUESTRA TIERRA SE LLAMA "BAJA CALIFORNIA", NO SE LLAMA "BAJA":
SOMOS "BAJACALIFORNIANOS", NO SOMOS "BAJEÑOS"... "Agradezco infinitamente a mi amigo ARQ. MIGUEL ALCÁZAR SÁNCHEZ, el apoyo que me ha brindado al diseñar ésta página y subir mis trabajos desde el año 2007"

miércoles, 30 de junio de 2010

COMUNIDAD DE LOS CAITIOBOS YAQUIS, EN EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA.

Estos son terribles episodios, que nunca me habría gustado saber, mucho menos que sucedieran, y que por ser parte de nuestra historia, tenerla que narrar.


La lengua Yaqui, o JIAK NOKPO, pertenece al sistema lingüístico CAHITA de la familia YUTO-AZTECA.

CAHITA es el término que denomina a una agrupación lingüística o racial. El vocablo YAQUI, es relativamente nuevo, ya que originalmente es HIAQUI, de HIA, que significa “VOZ”, y BAQUI, que significa “RIO”, por lo que HIAQUI , significa: “los del río que hablan a gritos”.

Los CAHITAS, provienen del río Gila de la actual Arizona, y en Sonora, según la arqueología se les tiene ubicada desde el año 1300.

Los Yaquis entre ellos se llaman YOREME, que significa “GENTE”, y para todos los que no son Yaquis los llaman: YORI, que significa: “Los que no son Yaquis”, es decir españoles, criollos, conquistadores, y en general, llaman YORI a todo aquel que no respete sus leyes tradicionales.

Tres zonas distinguen a los Yaquis que se asientan a lo largo de todo el río Yaqui, estos son: Los de la zona serrana: Sierra del BACATETE, los de las tierras de cultivo: En el valle del Yaqui, y los de la zona pesquera: Principalmente, en Guásimas, y Bahía Lobos. Fuera de estas tres zonas, se agrupan en colonias en cualquier lugar en el que vivan, como en Hermosillo, que viven en las colonias de: La Matanza, El Coloso, y Sarmiento.

Los YAQUIS en Sonora vivieron por siglos en las fértiles tierras del valle del Yaqui, en las montañas, y en la costa, cuyos fértiles valles son regados por los escurrimientos pluviales de la sierra madre occidental. Los pacíficos, robustos, y callados Yaquis coexistieron con su entorno natural desde hace tanto tiempo que no se tiene memoria.

Es la sierra del BACATETE, su montaña sagrada a la que ancestralmente rinden respeto y adoración. Los despeñaderos de aquella alta sierra, han sido el hogar natural de los Yaquis, pues se han movido con paso experto y firme, tanto en la alta sierra como en el valle, y en las costas.

Las extensas y ricas planicies irrigadas por el río, hogar de la nación yaqui, despertó la codicia de los gobernantes encabezados por el nefasto dictador presidente de México Porfirio Díaz Mori.

LOS YAQUIS APARECEN EN EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA.

En el Rosario, Baja California, a la llegada de los Yaquis, en 1907, vivía Concepción Duarte Espinoza, apodado “Chinito”, quien poseía el rancho Santa Gertrudis, llamado así en honor a su señora madre: Gertrudis Espinoza Marrón, cuyas tierras eran herencia del abuelo de ella, Carlos Espinoza Castro, quien había llegado al lugar junto con su madre y hermanos el año de 1800, siendo el patriarca Espinoza, fundador del linaje Espinoza en El Rosario. En ese lugar vivió una comunidad de Yaquis de los que ampliamente me hablaban mis abuelos.

Mis abuelos Alejandro Espinoza Peralta, y María Visitación García Marrón, quienes en mucho convivieron con los Yaquis Caitiobos, -Que así se hacían llamar como gentilicio de CAITA-, fueron las primeras personas que me hablaron de ellos cuando era yo un niño de unos seis o siete años de edad; me comentaban: Tu tío Rosario “Chayo Juit” Duarte Valladolid, aunque es Rosareño, es en mucho un yaqui, él aprendió muchas de las costumbres de ellos, y se comporta según las tradiciones de los” yaquesitos”.

Tendría unos yo unos diez años de edad, el año de 1967, cuando en una ocasión me miré repentinamente frente a frente con el tío ”Chayo Juit”, así que a quemarropa, casi sin saludarlo, le lancé una interrogante, que solo él me podría contestar.

-¿Por qué llegaron los Caitiobos al rancho de su padre?, le pregunté

Con cierta incredulidad y asombro por mi pregunta, me contestó:

-¿Cómo es que sabes tú de los Caitiobos?

-Mis abuelos, me han platicado de la Nana Nieves, de la Nana Antonia, de la Nana Felipa, de la Nana Juana, de Antonio Caña, de Witimea, de Carlos “Calichi” Tena, Juan Tena, Jesús Tena, y que usted es yaqui Rosareño.

Con cierta risa, y con evidente agrado se encaminó hacia una piedra que se encontraba por ahí, se sentó en ella, y me dijo:

-Bueno, vente, vamos a platicar de mis yaquesitos.

Aparte de las personas que mencionas, también vivieron aquí las familias Seguapise, Montañés, Eutimio Tena casado con Manuela Murillo, fue padre de “Calichi Tena”, Esteban Poblano el padre de Aristeo, y el más viejo y principal de todos: José María Casillas, mejor conocido como “Chemale Casillas”. Casillas era el mas viejo de todos, decía mi papá que cuando llegó aquí, tendría como cincuenta años, vivían muchos otros que no recuerdo sus nombres, pero eran muchos mas.

Ellos llegaron hasta aquí muy tristes, porque añoraban su tierra que era Sonora, lo que mas deseaban era regresar a sus casas, al Bacatete, pero no podían, ya que los del gobierno, los militares, y los políticos les habían quitado todo, todo se lo repartían entre ellos, y sus tierras como eran muy ricas, las querían, pero les estorbaban los Yaquis, así que el gobierno dio la orden de que los mataran a todos, que no quedara ninguno vivo.

La Nana Antonia, la Nana Nieves La Nana Felipa, y la Nana Juana, eran de las mayores cuando llegaron aquí, tendrían unos cuarenta años de edad.

Me platicaban de todas las cosas tan crueles y terribles que les hacían los del gobierno, por órdenes del presidente de México Porfirio Díaz, porque tanto él como los demás políticos querían sus tierras, pero no a ellos. Pero después el gobierno si los quería pues era gente muy resistente, y los mandaban desterrados a trabajar a Yucatán, Quintana Roo, y a Oaxaca, o a cualquier lugar que el gobierno decidiera. Aquí en El Rosario, la distracción principal de todos ellos, era trabajar, y trabajar, como lo hacían antes en su tierra.

Recuerdo que quedé completamente aturdido con aquella platica del tío “Chayo Juit”.

-¿Qué mas quieres saber de los Caitiobos?, me cuestionó

-¡No sé!, le contesté

No supe qué decir, solo le di las gracias y me retiré, mientras caminaba no recuerdo para donde me dirigía, me preguntaba:

¿Por qué alguien quiere matar a gente trabajadora?

¿Por qué les quitan sus casas?

Rosario Duarte Valladolid, fue hijo de Concepción “Chinito” Duarte Espinoza, fue conocido durante su vida como “CHAYO JUIT”, o “CHAYO PRIETO”, que para cuando él nació en El Rosario, el día 7 de octubre de 1918, la comunidad Yaqui tenía ya varios años viviendo en su casa, así que entre ellos se crío, entre los niños Yaquis era considerado como uno mas de ellos, siendo muy consentido de todos los Yaquis mayores, ya que ellos son muy apegados a la familia, y les causa tremenda tristeza la perdida de alguno de sus seres queridos, a grado tal que de tristeza mueren, al igual que cuando se les humilla en su mas profunda dignidad, según lo que mis abuelos me habían platicado.

Constantemente cuestionaba a mis abuelos sobre el asunto, ellos me refirieron infinidad de cosas sobre aquella comunidad. Me decían que eran de lo mas amigables, trabajadores y honestos, muy francos para decir las cosas, pero que siempre temían que alguien llegara por ellos, y se los llevara a la fuerza como antes lo habían hecho los del gobierno, los soldados, los rurales, y que eran desterrados de su tierra, que su mayor añoranza era regresar a Sonora, la tierra que tanto amaban, y por la que mucho lloraban las mujeres, y suspiraban los hombres.

En la cañada de San Fernando, comentaban mis abuelos, en la pura rinconada, tenían un túnel, en el cual iban todas las mujeres y los niños a esconderse cuando tenían dudas que pudieran venir por ellos, mientras que los hombres se subían a la Sierrita, en la parte mas alta, desde donde vigilaban el túnel, hacia San Fernando, y hacia el Rosario. Cuando miraban que el peligro había pasado, regresaban a sus casas solo algunos hombres, y luego de desengañarse que no existía peligro regresaban todos, a veces duraban días allá en el túnel, aunque estuvieran seguros que no había peligro.

La historia se dio de la siguiente manera:

La tarde de un día del año de 1907, se encontraba CONCEPCIÓN” EL CHINITO” DUARTE ESPINOZA, tomando café en el corredor de su casa del rancho Santa Gertrudis, en El Rosario, Baja California, cuando de repente los perros se alzaron en gran alboroto, al ver que por el camino real, con pesado y lento andar, se dirigía sin rumbo un hombre de aspecto andrajoso.

Al ver tal situación “El Chinito Duarte” le gritó a su familia para que estuvieran al pendiente de él ya que se acercaría al que caminaba vacilante por sus tierras, al llegar allá le preguntó los motivos por los que se miraba tan deteriorado, pero aquel forastero no le entendió el idioma español, entonces “El Chinito”, a señas lo invitó a pasar a su casa, allí lo alimentaron, le brindaron todo tipo de auxilios y le regalaron ropas para que se bañara y cambiara.

Al día siguiente ya un tanto reposado, aquel hombre a señas le pidió trabajo a su protector. Con el paso de unas semanas ya se podían entender mejor entre ellos.

Aquel hombre era un Yaqui, de nombre José María CHEMALE CASILLAS”, que había escapado de la mina MIRAMAR, en cuyo lugar junto con él y numerosas familias los tenían trabajando de esclavos, pero de allí se escapó, y luego de mucho caminar y caminar por las montañas, bajó a un arroyo por el que siguió caminando, era el de San Juan de Dios, sin que él lo supiera, ya que jamás había estado antes en la península, fue el mismo arroyo el que lo sacó a El Rosario, y era por el que caminaba aquella tarde cuando pasaba por tierras del Santa Gertrudis.

El Chinito Duarte y su esposa de nombre Josefa Valladolid Ortiz, recibieron de manera generosa a aquel desvalido, allí pernoctó por espacio de unas semanas. Después Chemale Casillas, se hizo amigo de Abel Ortiz, primo hermano de Josefa la esposa del “Chinito”. Los Ortiz son descendientes directos de los antiquísimos cochimí, y por otro lado de la familia Espinoza, y conocían a la perfección todos los más recónditos lugares de la región desde El Rosario, hasta el golfo de California.

Casillas y Ortiz fueron hasta las cercanías de la mina, y luego de mucho espiar a los guardias, Casillas logró entrar y alertar a unos de sus paisanos para que también huyeran, como así lo hicieron, y se fueron por las montañas, no por el arroyo, en grupos de cuatro a diez individuos, para que al seguirlos sus captores desistieran de su intento por las altísimas dificultades que conlleva el caminar por las montañas, por donde solo a pie se puede avanzar, ya que ni caballo, ni mulas caben por los angostos senderos con milenios de existencia, utilizados por cientos de generaciones de los primeros pobladores peninsulares.

Muchos de aquellos senderos se encuentran al filo de profundos acantilados, sin embargo eran ampliamente conocidos por Abel Ortiz, quien fungía de guía.

Desde luego que los ladinos guardianes mineros persiguieron a los que huían, dando buenos resultados las estrategias de Casillas y de Ortiz, ya que sus opresores tan luego vieron el rastro de su andar desistieron en su intento de recapturarlos, regresando a la mina desde donde de seguro solicitaron mas esclavos al gobierno de Porfirio Díaz, esto resultaba mas fácil que perseguir a los que huían, y que con toda seguridad, según ellos, morirían en las inhóspitas y agrestes montañas de la sierra de San Pedro Mártir, pero los guardias se equivocaron.

Cuando las familias a salvo llegaron desde la mina al rancho del Chinito Duarte Espinoza, se les atendió, y descansaron lo suficiente. Duarte decidió obsequiarles una parte de su rancho para que se asentaran y formaran su propia comunidad, incluso les obsequio tierras y aguas del arroyo para que laboraran y cultivaran sus propias siembras. Con esa generosa acción el Chinito Duarte se ganó el sobrenombre de: “REY DE LOS YAQUIS”. En esas tierras construyeron sus casas a la usanza de su tierra yaqui en Sonora, también construyeron una escuela, donde asistían sus niños, muchos de los cuales nacieron en El Rosario, entre 1909 y 1930.

Los que se instalaron en el Rancho Santa Gertrudis, se nombraban entre si como: YOREME y CAITIOBO de la nación Yaqui de Sonora.

En una de nuestras muchas platicas, Benjamin Reseck Núñez, ampliamente conocido que fue como “Benny viejo”, recordaba que después que ya se instalaron en su “colonia”, Chemale Casillas se arriesgó yendo a Sonora a traer a su familia y a la mayor cantidad de Yaquis que pudiera, haciendo el inmenso recorrido solo y a pie:

Desde El Rosario cruzó la sierra peninsular hasta el golfo de California, de ahí subió al norte rodeando el mar hasta las confluencias del río colorado, en los limites de Baja California con Sonora, luego bajó con rumbo al sur recorriendo toda la costa Sonorense, hasta llegar a la desembocadura del río yaqui, siempre muy escondido. Ya en el valle del Yaqui, de noche viajó por ese territorio, invadido por los cazadores de Yaquis, que eran soldados, rurales, y de la acordada y también espías que allí, y donde quiera tenía el gobierno del estado de Sonora, y el de la república.

Casillas logró llegar a su gente, encontrándolos en las partes más altas de las montañas de la sierra El Bacatete, en las regiones más recónditas. De inmediato salieron hacia la península, siguiendo sus mismos pasos que lo habían traído desde la inmensa lejanía en que se encuentra El Rosario, y más lejos parece cuando el viaje se hace completamente a pie.

Casillas subía y bajaba montañas, para dejar el menor rastro posible, lo que le exigía un desgaste brutal, durmiendo en lo alto para tener la mayor vista posible, y poder protegerse de los verdugos del gobierno. Llegó de regresó a El Rosario con su esposa Bartola, un año y medio después, acompañado de los que sobrevivieron al viaje, ya que muchos murieron en el camino. En aquel año y medio del recorrido, solo caminó, y caminó, no había tenido tiempo para nada mas, alimentándose de los recursos que la naturaleza ponía a su alcance por donde iba pasando.

LA MANERA EN QUE FUI DESCUBRIENDO, Y ENTREVISTANDO A LOS YAQUIS:

En una ocasión, hacia 1966, viajamos mis hermanos, Héctor, Eduardo, y yo, al campo pesquero “Los Morros Colorados”, antiguo campo pesquero ubicado unos trescientos kilómetros al sur de El Rosario, sobre la costa del océano pacifico, íbamos de raite con Antonio Gerardo Gómez, y Andrés Díaz Gerardo, en aquel lugar pescaba mi padre. Salimos de madrugada de El Rosario, enfilamos por todo el camino real por la “India Flaca”, llegamos al rancho “El Aguajito”, entonces propiedad de Alberto Espinoza Romo, de ahí continuamos el viaje al rancho “El Arenoso” donde vivía el viejo vaquero Isidoro Aguilar. En cuanto llegamos a aquel lugar, escuchamos que Antonio Gerardo Gómez le dijo a Isidoro, ahí arriba de la carga del troque traigo a tres becerritos para que los hagas tamales: Bueno te voy a dejar a uno, otro se lo voy a dejar al Yaqui Marcelino Cajeme García en el rancho “El Progreso”, al otro me lo comeré yo mismo en Los Morros Colorados. Y fíjate Isidoro que los tres tienen nombres de personas, continuó diciendo Antonio Gerardo, para que supiéramos que era a nosotros a quienes harían tamales.

Mis hermanos menores que yo, eran entonces niños de unos siete y ocho años de edad, que de inmediato enmudecieron por el miedo que aquellas palabras les causaron. Para mi, escuchar la frase: “El Yaqui Marcelino Cajeme”, me transportó a las pláticas que sobre aquellas gentes me hacían mis abuelos. Desde aquel momento mi interés se centraba en conocer a un Yaqui, por lo que el tiempo para llegar hasta allá, hasta el rancho “El Progreso” desde “El Arenoso”, que aunque cercano un lugar del otro, muy largo me pareció aquel tramo del camino real, por mi inquietud de conocer a un verdadero Yaqui.

Cuando llegamos a “El Progreso”, por la rendija de las redilas del camioncito observé a Antonio Gerardo, para ver cuando saludara, y con esto saber quién era el Yaqui; al bajarse le preguntó a Pascual Cajeme Peralta.

-¿En dónde está tu padre el viejo Yaqui Marcelino?

- Allá está debajo de aquella sombra, le contestó Pascual.

Tan luego como pude me acerqué a Don Marcelino Cajeme, y le pregunté con mucho espasmo:

-¿Usted es Yaqui?

-¡Siii, a mucha honra amigooo!

Luego me tendió su mano en señal de saludo, y por poco me saca el brazo de tan fuerte que me saludó.

Cuando los años pasaron, cuando llegué por ahí de los diecisiete años de edad, en 1974, busqué tanto al tío “Chayo Juit”, a Don Marcelino Cajeme García, a Doña Francisca Tena de Romero, y a Lorenzo ”El Yaqui” Romero. Antes de eso, como a los catorce años de edad, cuando estudiaba la secundaria y vivía en la casa de Willy Cochran y Natividad García Marrón, en Ensenada, conocí a Aristeo Poblano, hijo de Esteban Poblano, con quien los Cochran llevaban sólida y añeja amistad, ya que los visitaba con toda regularidad. El era Yaqui de aquellos Caitiobos.

De aquella comunidad solo a Aristeo Poblano conocí de manera cercana y directa, con él platiqué en repetidas ocasiones de temas muy variados, sin embargo cuando le trataba la historia de su pueblo, enmudecía y lloraba en profundo silencio.

Dejaré asentadas algunas de las charlas que con ellos sostuve, desde 1966 y hasta el año del 2008, es decir, desde que fui niño y hasta cuando ya tenia mis cincuenta años de edad; todos ellos han desaparecido, solo vive aun, doña Francisca Tena de Romero, quien cuenta con mas de cien años de edad, y que por cierto ha sido a ella la última que entrevisté de nuevo en marzo del 2008, vive en el desierto central de Baja California, en su ranchito llamado: Sonora. Entiendo que el lugar no podía tener mejor nombre, el nombre de la tierra tan añorada por ellos, añorada aun por los nacidos en las generaciones posteriores y que ni siquiera la conocieron







Aristeo Poblano, según me platicaron Willy Cochran y Natividad García Marrón, recordaba que a sus abuelos, junto con muchísimas familias los tomaron presos en el Valle del Yaqui, se los llevaron amarrados para Guaymas, de ahí los embarcaron llevándolos al puerto de San Blas, Nayarit, y de ahí los hacían caminar tanto, hasta que los mas débiles caían muertos, y que por el camino de San Blas a otro lugar del mismo Nayarit se encontraban cientos de tumbas de los Yaquis que morían en los tantos viajes que el gobierno realizó con ellos, desterrados con rumbo a Yucatán, y al Valle Nacional, Oaxaca; allá los esclavizaban hasta que morían, ya fuera de hambre, de azotes, o por tanto trabajar.

Don Marcelino Cajeme García me comentó, que el pésimo y tirano presidente Porfirio Díaz y los políticos del gobierno de Sonora de esa época, querían obtener para sí a como diera lugar, las ancestrales tierras Yaquis, pues eran sumamente ricas, y con abundancia de agua.

Los Yaquis se defendieron, un grupo de ellos se volvieron rebeldes ante la ofensa de violar a sus mujeres por parte de los soldados y la policía rural de Porfirio Díaz, incluso violaron a la esposa del alcalde mayor del río Yaqui, llamado José María Leyva:CAJEME”. Fue así como se levantaron los Yaquis contra el gobierno, siendo éste el pretexto principal de los gobernantes aquellos para justificar su cacería, y mas tarde para la orden del mismo Díaz de exterminarlos.

Francisca Tena de Romero, hija de Carlos “Calichi” Tena, me comentó que su padre, siendo un jovencito allá en Sonora, a duras penas logró escapar de la persecución de las huestes del tirano dictador Porfirio Díaz. Recuerda Doña Francisca, que aun escondiéndose, a su padre y a muchos, incluyendo algunos otros de sus antepasados, con todo y sus familias los capturaron no muy lejos de la costa, llevándolos amarrados hasta el puerto de Guaymas, Sonora. En ese lugar los embarcaron y enviaron de esclavos a la mina Miramar, ubicada en una sierra de la península de Baja California.

Con profunda tristeza me comentó, mientras lloraba, y como no iba a llorar, que a muchos de sus familiares que venían también huyendo, desesperados se adentraron en la isla Tiburón en busca de refugio, siendo la isla territorio ancestral de la nación SERI, y que hasta la costa frente a la isla llegaron los soldados tras de los Yaquis que se habían adentrado hasta allá, obligaron a los Seris a entrar a la isla con armas que ellos mismos les dieron, ordenándoles traer la mano derecha de todos los Yaquis que se encontraban allá, con la pena que de no hacerlo, serían ellos ejecutados con todo y sus familias, a quienes retenían los soldados como rehenes, mientras los hombres Seris volvían de la isla con su inhumano encargo.

Cuando los SERIS regresaron a tierra desde la isla, traían racimos de manos derechas, amarradas con una cuerda que pasaban por un agujero que le hicieron a cada una de las manos, entregándolas a los bárbaros que cumplían las cobardes ordenes de Porfirio Díaz y de las autoridades Sonorenses. Esa acción se repetía las veces que por desgracia los Yaquis se adentraban a aquella isla.

En muchas otras ocasiones en vez de permitir que los alcanzaran se tiraban al mar, suicidándose todos por ahogamiento, asegurándose que los niños murieran antes que los adultos, sabiendo que al caer vivos en las infernales manos de aquellos chacales del gobierno, sería infinitamente peor el suplicio, que aquel de una muerte rápida, mediante el suicidio como única alternativa de escape, así fueron las narraciones que Francisca tena de Romero.

Baste decir que el tirano dictador Porfirio Díaz, primero ordenó el exterminio de la raza Yaqui, aunque después le convino mejor venderlos como esclavos en las haciendas henequeneras de Yucatán, y Quintana Roo, y en las cafetaleras del valle Nacional, Oaxaca. Un gobernador de Yucatán fue dueño de una de esas haciendas esclavistas, mientras que en Sonora, también unos gobernadores de los compinches de Porfirio Díaz, eran los que junto con él enviaban al ejercito, a los rurales, a espías, y caza Yaquis para su captura y posterior venta, recibiendo con esto el sucio dinero que a sus sucias manos llegaba, proveniente de los sucios hacendados.

No obstante, casi acaban con la nación Yaqui, y que al escasear éstos, capturaban también a ópatas, y pápagos, enviándolos para la venta en calidad de Yaquis, vendiendo y esclavizando también a los mayas. Si la caída de Díaz hubiese durado unos años mas, con toda seguridad que nosotros sólo sabríamos que existió en Sonora una comunidad llamada Yaqui, tal y como sabemos que en la península vagaron por unos diez mil años, o mas: los Guaycuras, Cochimíes y Pericues, y que en solo unos trescientos años, los españoles, causándoles hambres, epidemias, azotes, exceso de trabajo y vejaciones, los exterminaron, los borraron del mapa.

En verdad que no me explico cómo es que el anciano dictador Porfirio Díaz, en su destierro en Francia, añoraba a “su” México, lloraba por regresar a su tierra, a esta noble tierra y sus razas que tanto ultrajó. Su traje salpicado estorbosamente con insignias de todo tipo, creo que se habría visto mejor adornado con sus trofeos por tantísimas muertes que en el país efectuó.

La sangre inocente que inundó al país durante mas de treinta años que Díaz perduró en el poder, la sangre derramada durante su mandato, no seria suficiente, pues Díaz reclamaría otras inundaciones nacionales con tal de largarse. Esta vez la sangre que se derramaría lo pondrían los revolucionarios.

Me imagino los grises días llenos de nostalgia que en su destierro en Francia debe haber pasado Porfirio Díaz, nada comparado desde luego, con las pocilgas donde sus esclavos medio vivían en el destierro, ni con los putrefactos alimentos que de mala gana les daban, tampoco nadie lo debe haber azotado allá, ni de su familia separado.

Así son las cosas en esta vida, siempre la historia alcanza a sus actores, y es de ésta manera, con ejemplos como el que acabamos de analizar, vemos como la historia alcanzó a Porfirio Díaz y sus chacales, aunque ésta debe ser solo una mínima parte de la barbarie que en realidad, la bota de Díaz generó en el país.

VIVENCIA QUE TUVE EN HERMOSILLO, SONORA:

Una noche del año de 1978, me encontraba en Hermosillo, fui a cenar a un restaurante que se llamaba “EL MESON DEL VIEJO”, eran como las nueve, al llegar con otros acompañantes nos dirigimos a una de las mesas de aquel lugar que estaba vacío, y a media luz, de pronto llegó hasta nosotros una enorme mujer que venía sabrosamente fumando, nos aventó desde lejos las cartas al centro de la mesa, se puso una mano en la cintura, mientras que con la otra se llevó el cigarrillo de nuevo a la boca, soltando repetidas bocanadas de humo, con tosco y parco hablar, nos preguntó:

-¿Qué van a cenarrr?, ¡y apúrense porque ya voy a cerrarrr!

Nos apuramos a pedir y a cenar, desde luego, y en cuanto pude mientras le pagábamos la cuenta, le pregunté:

-¿Es de aquí usted?

-Nooo, soy del Bacatete

-¿Del pueblo Yaqui?

-¡Siii!

-¿Existe mucha gente aun en su pueblo?

-¡Mas o meenos, por poco y se la acaba el píinchi del Porfirio!

-¿Cómo se llama Usted?, le pregunté

-¿Es ceenso, o qué?

-No, es solo que tengo interés en saber historias de su pueblo yaqui.

-¡Bueeno, ándale pues!

-Siempre nos han jodido, con una presa que construyeron quedaron tres de nuestros pueblos bajo el agua: Pótam, Bicam, y el otro que ya se me olvidó su nombre, ¡te diigo estoy cada vez mas jodida!

-¿Y usted como se llama?, le insistí.

-!Otra veez!, bueno pues, me llamo Marciana, tengo cuarenta y ocho años, un cabronal de hijos, y muchos problemas económicos, y mi casa es apenas un tanichito. (Se le llama así a una pequeña construcción, ya sea tiendita, o casa pequeña, fea y bajita).

¿Ya quedaste contento, con tanta pinchi preguntadeera?

-Si, gracias.

-¡Bueeno, adióos!, Me dijo para despedirme.

Así de directa fue Marciana, así son los Yaquis, cuando ya me retiraba me dio una suave palmadita, y me dijo, con dura voz, y con toda seriedad.

¡Cuando vuelvas platicaremos largo y tendido, así como platicamos ahorita!

Para concluir, solo me gustaría comentar que mis ojos nunca vean, ni mi conciencia se entere, que algún trastornado político se atreviera a traer los restos del chacal Díaz, de regreso a nuestra sufrida patria.

AUTOR DEL ARTÍCULO:

ING. ALEJANDRO ESPINOZA ARROYO

EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA

SABADO 26 DE JUNIO DEL 2010.

Notas relevantes:

Lejos de reducir su amor a sus tierras ancestrales y a su cultura, los Yaquis se fortalecieron en ese sentido a causa de los brutales atropellos del que fueron objeto por parte del gobierno sonorense, y mexicano en la época de Porfirio Díaz.

A raíz de las constantes agresiones, infinidad de familias Yaquis huyeron a Arizona.

Desde Yucatán, y Quintana Roo, a la caída de Díaz, muchos de los que sobrevivieron, regresaron a pie a sus tierras en Sonora, recorriendo inmensa distancia, mayor a la que recorrió Chemale Casillas.

Algunos hombres y mujeres, por imposición de los hacendados, y del gobierno, se casaron con mayas, con chinos, coreanos, y con otros de distintas razas, quienes también eran esclavos.

Les quitaban a sus hijos a los Yaquis, y mayas, entregándolos a otras familias y a ellos les daban los de otras, y cuando ya al fin los aceptaban como propios, se los volvían a quitar y entregar a otras casas.

Los levantamientos armados más importantes de los Yaquis en contra del gobierno, fueron los de CAJEME en 1870, y las guerras de guerrillas de TETABIATE.

José María Leyva “CAJEME”, (nació en 1839, murió en 1887), fue el alcalde mayor del río yaqui. Implantó un sistema de administración autónomo en sus tierras y en su pueblo, lo que disgustó al gobierno de Sonora. En 1882 encabezó una de las revueltas más grande de las que se tenga memoria en contra del gobierno de Porfirio Díaz, se le llamó: “La guerra del yaqui”, en ésta, el ejército de Porfirio Díaz, asesinó a numerosas poblaciones enteras. El Ejercitó venció a CAJEME y lo capturó en San José de Guaymas, donde fue ejecutado a orillas del río yaqui, para que mas les doliera, en son de burla e intimidación para el pueblo yaqui.

Como consecuencia de la batalla de MASOCOBA el año de 1900, se dio inicio con el envío de multitud de Yaquis desterrados a Yucatán y a Quintana Roo, destierro que se dio hasta 1908, en que casi desaparece el pueblo yaqui, y que fueron sustituidos por los Opatas, y Pápagos, para ser enviados a las haciendas henequeneras de la península yucateca, en calidad de Yaquis para servir como esclavos.

VOLVIENDO CON EL RELATO A EL ROSARIO.

José maría “CHEMALE CASILLAS” falleció en el asilo de ancianos de Ensenada, a donde lo había llevado Manuel Cousiño, esposo de María Grosso Duarte, quien me platicó que Casillas le suplicaba a Cousiño que lo llevara a Sonora donde deseaba morir.

La distancia que recorrió Chemale Casillas desde El Rosario al golfo, de allí subir hasta el desemboque del río colorado, para iniciar el recorrido por toda la costa Sonorense hasta la desembocadura del río yaqui, y luego subir a la sierra del bacatete. Esta distancia es de aproximadamente 1,500 kilómetros de ida, mas 1,500 kilómetros de regreso. ¡O sea, recorrió la descomunal distancia de unos 3,000 kilómetros a pie, por costas y montañas, en año y medio!

Ningún Yaqui en la actualidad vive en El Rosario, se fueron muriendo, muchos otros se fueron del pueblo a Ensenada, donde vivían en la calle Aldama y Cuarta, frente a la casa de José del Carmen Loya Espinoza “Nico Loya”. Muchos descansan en tumbas del panteón misionero de El Rosario, ya borradas por el tiempo transcurrido.

El sitio donde se ubicó la colonia de los Yaquis se encuentra en la cañada de San Fernando, en los ranchos de Jorge Duarte Valladolid, primo hermano de “Chayo Juit Duarte”, y Armando Duarte Espinoza, nieto del Chinito Duarte, e hijo de Rosario “Chayo Juit Duarte Valladolid, así como en la actual propiedad de Gregorio Albañez, y de Misael Benítez.

Concesión “Chinito” Duarte Espinoza, falleció y fue sepultado en El Rosario, en 1924, a la edad de 44 años aproximadamente, su esposa la señora Josefa Valladolid Ortiz, falleció en Ensenada, en 1946, allá quedó sepultada.

Abel Ortiz, falleció hacia 1967, en El Rosario, vivía en el preciso lugar donde se encuentran los salones de la nueva escuela primaria “Padre Salvatierra”, en El Rosario de Abajo, Pueblo viejo.

Aristeo Poblano, falleció hacia 1983 en Punta Prieta, en pleno corazón del desierto central de Baja California, debido a que cuando comía se ahogó con una sopa de espagueti.

Marcelino Cajeme García, falleció hacia 1979 (¿?). En el rancho “EL Progreso” aun vive y atiende el restaurante su hijo Guillermo Cajeme Peralta.

María Visitación García Marrón (mi abuela paterna), nació en la mina de El Mármol, el día 02 de julio de 1914, y falleció en San Quintín, el día 13 de diciembre de 1987, sepultada en El Rosario.

Alejandro Espinoza Peralta (mi abuelo), nació en el Rancho San Juan de Dios, en El Rosario, el día 01 de octubre del 1912, y falleció en Ensenada, el día 21 de agosto de 1991, sepultado en El Rosario.

Rosario “Chayo Juit” Duarte Valladolid, nació en El Rancho Santa Gertrudis, el 07 de octubre de 1918, y falleció hacia el año 2002 (¿?), heredó el rancho Santa Gertrudis de manos de su madre y hermanos, y a su muerte, su hijo Jesús Manuel Duarte Espinoza, lo vendió.

William James Cochran Flores, “Willy Cochran”, fue hijo de irlandés y de española, nació en Ensenada el día 21 de octubre de 1892, falleció en San Diego, California, el 22 de junio de 1974.

Natividad García Marrón, nació en la mina de El Mármol, el día 25 de diciembre de 1909, y falleció en Ensenada, el día 09 de septiembre de 1985. Fue la hermana mayor de mi abuela María Visitación.

En una ocasión el año 2006, mientras me encontraba trabajando de ingeniero en jefe en la ampliación del hospital general de Ensenada, y mientras salía por uno de sus pasillos, pasó a mi lado un camillero con un cuerpo dentro de una gran bolsa negra de duro plástico, el de alguien que recién había fallecido, y como vi que lo cargó con mucha facilidad para dejarlo en el cuarto frío, le pregunté, casi por instinto:

-¿Disculpe: Es una mujer?

- No, es un hombre mayor.

Después anotó su nombre en una pizarra, junto a otros que se encontraban escritos, para que supieran los nombres que en vida habían llevado los cuerpos que se encontraban depositados en el lugar. Observé que escribió: LORENZO ROMERO, de inmediato le pregunté:

-¿Sabe usted de dónde era la persona?

- Lo trajeron del Sur, creo que de un rancho, o de El Rosario.



En mi posterior investigación supe que era LORENZO “EL YAQUI” ROMERO, y que lo había matado una vaca bronca, en el rancho de Santa Catarina, al sur de El Rosario, cuando jalaba con una cuerda a un perrito que traía amarrado a una de sus manos. Al ver la vaca al perro, se le fue encima, y éste protegiéndose corrió y se escondió detrás del Yaqui, quien recibiendo varias cornadas, causaron unos días después, la muerte de este generoso hombre.

Para concluir reitero: Esta es una de las historias que nunca me hubiera gustado conocer, nunca debió suceder, y mucho menos me habría gustado narrar, pero así es la vida, creo que debemos divulgar estas espantosas atrocidades llevadas a cabo por los bajos instintos, y por mezquinos intereses de gentes sin escrúpulos, como Díaz y sus compinches, que son a quienes deberíamos respetar por ser nuestros representantes, nuestros guías como nación, los que nos deben proteger, los que nos deben instruir, velar por nuestra salud, por nuestros trabajos, son quienes tienen como primer obligación, ver por la grandeza de la nación, ésta nuestra nación que es la casa de todos.

Sin embargo no siempre es así, y nunca han entendido, ni entienden esos “dioses” que se creen paridos por Venus, que se creen hechos a mano, no entienden que mientras nos encontramos en la vida, todos, estamos solo de paso, y que con nada cargaremos cuando de aquí nos vayamos, así como ellos que nada se llevaron cuando se fueron, igual, nadie nos llevaremos nada, cuando nos carguen con los pies por delante para depositarnos en la tierra, si es que alcanzamos a merecer que la madre tierra nos reciba.

-¿Por qué los humanos somos tan duros y engreídos para entender eso?

Para entender que estamos aquí, solo de paso.

En mi libro “LOS ROSAREÑOS”, que publiqué en 1992, quedaron asentadas en parte, las relaciones aquí descritas.

miércoles, 16 de junio de 2010

PABLO CORRALES CESEÑA: CONOCIDO EN EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA, COMO: “FLACO CORRALES”.

ALGUNAS HISTORIAS DE UN VAQUERO DE MAR.

Pródigo en amistades y afecto fue PABLO CORRALES CESEÑA: “EL FLACO CORRALES”, nacido en el extremo sur de la península, en la Finisterre, en el antiguo pueblo de San José del Cabo, Baja California Sur, el pueblo que atesora a la ex misión del mismo nombre fundada por los jesuitas. El Flaco Corrales nació en ese lugar el día 12 de enero de 1926, siendo hijo de Ildefonso Corrales Márquez y de Mercedes Ceseña.

En los años de su niñez y primera juventud transcurridos entre su antiguo pueblo natal, y Ensenada, Baja California, desde 1936 a 1949, El Flaco Corrales, trabajaba arreando ganado desde las sierras cercanas, y desde los pueblos de Miraflores, El Triunfo, y San Antonio principalmente, hacia San José del Cabo. Existían en aquellos lugares unos improvisados corrales en los que medio alimentaban a las reses, hacían esto mientras esperaban a que llegara un barco en el que eran transportadas a Ensenada, ubicada unos 1,500 kilómetros al norte peninsular.

El ganado que se transportaba al norte, era arreado desde los corrales de Punta Palmilla, en San José del Cabo, hasta los arenales de la orilla de la playa; ahí se les amarraba de los cuernos en una “sarta” de unas ocho o diez animales, los obligaban a entrar al mar, y con una pequeña embarcación eran remolcadas hasta llegar a un barco que se encontraba fondeado a unos doscientos cincuenta metros alejado de la zona de rompiente. Al llegar los vaqueros-marineros al barco con las vacas, bajaban un gancho con una gruesa cuerda, amarraban vaca por vaca, y con un teclee la subían a la cubierta del barco, que estaba dispuesta con otros improvisados corrales para encerrar el ganado. Emprendían la navegación tan pronto subían a la borda a unas ciento cincuenta vacas, cuando el tiempo atmosférico era óptimo, y unas sesenta si las condiciones eran malas. Con la cubierta llena de su extraña “captura”, el barco trazaba su rumbo para Ensenada, Baja California, llevando al cuidado del ganado al mejor “vaquero-marino” conocido por su laboriosidad, y paciencia: “EL FLACO CORRALES”.

Navegaban por varios días, hasta llegar al puerto de Ensenada , mientras a bordo El Flaco, alimentaba y daba de beber al ganado, haciendo ambas cosas tan de buena gana, que le gustaba mantenerse en cubierta siempre, ahí entre el ganado dormía, ahí comía, incluso platicaba de tú a tú con sus reses preferidas, también regañaba y hasta aislaba a los más inestables y locos animales, al menos es lo que me refirió en una de nuestras tantas platicas, en la Isla de San Gerónimo, el año de 1976.

Cuando el barco bajaba las amarras en las vitas del puerto de Ensenada, también bajaba el ganado a los patios fiscales, donde lo encerraban en otros corrales, así que el ganado se la pasaba siempre de corral en corral, al cuidado de Corrales.

De los patios del puerto el ganado era transportado en troques al valle de Ojos Negros, en Real del Castillo, donde lo cuidaban unos vaqueros de tierra, ahí lo engordaban, y unos meses más tarde eran transportados a los distintos puntos de consumo, principalmente Tijuana, Baja California.

Mientras esto sucedía, nuestro vaquero-marino, “El Flaco”, ya venía de regreso de San José del cabo a Ensenada a bordo, con otro centenar de vacunos.

Habían transcurrido varios años en esta labor del vaquero de mar, hasta que un buen día mientras se encontraba en una cantina tomando unas copas, con la vista perdida en el centro de la mesa en la que tenía clavado desganadamente los codos, se le acercó un hombre, vaquero de tierra. El Flaco y aquel hombre entraron en una amena plática:

Nos tratamos con tan buen gusto, como los perros que se encuentran y se mueven alegremente la cola, me dijo desenfadadamente El Flaco. Y luego agregó:

Siempre noté que me estaba platicando un mentirero, así que también yo le conté otro mentirero, pues tan vaquero él como yo, igualitos de embusteros.

Al terminar sus labores en uno de aquellos tantos viajes, en otra cantina de Ensenada, El Flaco se encontraba sentado solo en su mesa, sin más compañía que sus recuerdos y sus anhelos, de repente escuchó a dos que platicaban de la urgente necesidad de encontrar a un farero para que cuidara ese quehacer en la isla de Guadalupe. Eso llamó la atención de El Flaco, así que se acercó a los desconocidos para tener informes acerca de ese trabajo.

¿Están buscando a un farero?

¿Sí señor, en que trabaja usted?

Cuido las vacas en el barco.

¿Se ríe de nosotros?

No, ese es mi trabajo, soy el vaquero a bordo del barco.

Entonces el trabajo no es para usted, le contestó uno de aquellos que parecía “mexiquillo”, según recordaba el Flaco a juzgar por su acento.

Más bien por curiosidad los”mexiquillos” escucharon las relaciones de vaquero de abordo que les hizo Corrales, pues no le creyeron que su trabajo era el que describía. De cualquier forma les comentó que en esa misma cantina en 1948 había conocido al guarda faros de San Gerónimo, y que se llamaba Felipe López García, quien lo había invitado a trabajar en la langosteada allá en aquella isla, ubicada en la bahía de El Rosario, Baja California, y que le tomaría la palabra, pues ya estaba cansado de las largas travesías y de las vaquereadas en el océano pacifico.

En 1949, año en que por primera vez El Flaco Corrales llega a El Rosario, Baja California, en busca de Felipe López García, pidió asilo por pura casualidad en casa de don Lázaro Peralta Acevedo, y su esposa Tulita Duarte Valladolid, quienes le consiguieron “ráete” desde El Rosario a Punta Baja, para que de ahí le dieran otro aventón a la isla de San Gerónimo. Cuando una tarde casi para anochecer arribo a la isla, preguntó por su protector Felipe López García, tomándolo por sorpresa, ya que López, ni siquiera se acordaba haber platicado en una cantina con aquel espigado joven sureño de alborotada cabellera, y triste mirada; pero ni modo de dejarlo abandonado a su suerte, lo hospedó, y en la primer madrugada del Flaco en la isla, se lo llevó a “marea” (trabajo en el mar), a levantar las trampas langosteras en el Arrecife de Sacramento. Junto con López trabajó El flaco por espacio de algún tiempo: mientras que en las mañanas levantaban las trampas langosteras, en las tardes subían a la cima de la isla para encender el faro, cosa que hacían juntos, subiendo por la empinada cuesta los pesados tanques de gas para la mecha del faro, lo que después hacia solo El Flaco.

Tan bien se sentía el flaco en aquella isla que invitó a trabajar allá a su entrañable amigo y pariente Ramón Marrón Cesena. Trabajaban juntos los tres: Felipe López García, Ramón Marrón Ceseña, y El “Flaco Corrales”, el menos apto en aquellos menesteres de la pesca era por supuesto El Flaco.

Un día en el arrecife de Sacramento se volteó la panguita por una enorme ola que les “quebró” encima, ahogándose Felipe, y Ramón, sin que nunca jamás aparecieran sus cuerpos.

El Flaco solo en el isleño campo pesquero meditaba en algunos planes dado su incierto futuro, ya que perdidos sus grandes amigos, prefería regresar a su tierra, si no lo hizo fue porque no había quien prendiera el faro todas las noches y lo apagara en todos los amaneceres, de manera regular, así se fue quedando, y un buen día atracó en la isla un barco del gobierno mexicano para supervisar el faro.

Cuando llegaron a la playa preguntaron por el farero:

Se ahogó, pero lo atiende “El Flaco Corrales”, contestó Héctor Duarte Valladolid: “Coliro Duarte”.

Algo turbados aquellos hombres, se enfilaron hacia el campo de Corrales, según las señas que les dió “Coliro Duarte”, al llegar le preguntaron:

¿Alguien lo instaló como guarda faros?

No, nadie.

¿Conoció al guarda faros?

Sí, nos volteamos juntos en marea, y se ahogaron él y mi otro compañero, solo yo me salvé.

Conoce a alguien que quisiera tomar el trabajo de guarda faros:

Si, ya lo estoy haciendo, así que sólo denme el nombramiento, los avituallamientos, y háblenme del sueldo, digo si les parece.

Así fue como El Flaco Corrales se convertía en 1950 en el guarda faros de San Gerónimo, lugar que ocupó hasta 1986. Antes de ocupar el puesto de farero de manera “oficial”, y a la pérdida de sus amigos, había alistado un equipo langostero, con una panga que le compró a “Coliro Duarte”, y un motorcito fuera de borda que le compró a José de Jesús “Joselio” Espinoza peralta. En esta actividad pensaba pasarse ocupado, mientras el gobierno enviaba su nombramiento de nuevo farero, sin saber que catorce años le tomaría la espera para obtener ese puesto, y que lo haría quedarse en la isla de El Rosario, con el cargo que antes le había negado un mexiquillo.

El incansable Flaco Corrales, salía a “marea”, para levantar las trampas, antes de eso, esperaba que clareara el alba para apagar el faro, luego bajaba apresurado la alta colina de la isla, se dirigía a la panga que ya estaba en el agua, para irse a “marea”. Llegaba como a las doce del día al muerto, donde depositaba las langostas capturadas, las dejaba en los recibones, y luego emprendía la marcha hacia el campo, donde preparaba sus alimentos, mientras tanto esperaba que los abuloneros regresaran de marea, cosa que hacían como para la una de la tarde de todos los días. En la playa de la isla los abuloneros mataban y desconchaban su captura de abulón, la ensacaban, y la subían a bordo de la embarcación del Flaco Corrales, quien para las cuatro de la tarde salía con rumbo a tierra para entregar la diaria captura de los isleños, para que fuera llevada a la empacadora ubicada en El Rosario.

Llegaba a Punta Baja en tierra, entregaba la carga, y volvía a cargar la panga, ahora con tanques de agua dulce, provisiones, gasolina, lubricantes, y en muchas ocasiones llevaba de pasajeros a algunos pescadores o hijos de éstos que viajaban a la isla, o a tierra. El faro lo encendían algunos de los compañeros ya que El Flaco regresaba a eso de las diez de la noche, bajaban la carga, la subían a la isla, y también sacaban del agua la panga que por cierto la llamaban: “La Flaca”.

En mi libro “LOS ROSAREÑOS” que publiqué en 1992, dejé asentadas algunas vivencias de El Flaco, aquí comentaré algo de esas epopeyas tan curiosas del buen y extinto amigo Corrales: Sus naufragios.

Una mañana del mes de julio de 1965, dice el flaco Corrales, me encontraba muy concentrado levantando un palangar (palangre), que tenia tirado en el arrecife de Sacramento, frente a la isla de San Gerónimo, siendo esta la causa que no me diera cuenta que la barra de espesa neblina cubría ya toda la bahía de El Rosario, acercándose ya a unos cuantos cientos de metros del lugar donde me encontraba, la isla ya no se veía, salvo una parte de la costa desde Punta de san Antonio para abajo (al sur); en cuestión de unos minutos la espesa neblina lo cubrió todo, y en unos cuantos minutos más, me encontraba totalmente norteado.

¡Busqué la isla hasta que se me acabó la gasolina, sin lograr encontrarla!

Ya sin gasolina quedé a la deriva, las corrientes y el viento me guerrearon (arrastraron) durante tres días y sus tres noches, nunca supe en qué lugar me encontraba, ya que el neblinazo era como lluvia, siempre estuve totalmente mojado, parecía que no trajera ropa, hasta las plantas de mis pies nadaban en mis botas. En algún momento de la deriva mientras achicaba la panga (le sacaba el agua), por descuido empujé un remo al agua, y por más esfuerzos que hice no lo pude recuperar, así que quedé solo con un remo, ahora sí que estaba indefenso, el remo lo utilicé como timón, sólo para guiar la panga quien sabe con qué rumbo.

Una madrugada alcancé a divisar las montañas de la costa, apresurado tome rumbo hacia ellas, ya que la neblina pronto ocuparía ese hueco abierto, cuando llegué a la zona de rompiente una gran ola volcó la panga, de ahí en adelante nadé hasta encontrar la playa, luego subí a tierra firme. Aquí inició otra odisea, ya que no sabía en donde me encontraba, en qué lugar encontraría alguna persona, algún rancho, algún vaquero,…A causa del esfuerzo que hice para salir nadando perdí ambas botas, calcetines, y calcetas; en la costa luego de mucho caminar encontré una chancla japonesa, y una almohada. La chancla la adapté a mi pié, y con la almohada hice el otro “zapato, y un sombrero”, ya que el intenso calor de la media mañana me estaba quitando las pocas energías que aún conservaba. Poco antes del medio día encontré un abulón varado:

¡Desayuné después de tres días sin agua ni bocado alguno!

Caminé por toda la pedregosa playa, sin poder subir a tierra por lo alto de los acantilados, y cuando encontré una pequeña cañada subí a lo alto, sin lograr ubicarme por más que trataba de reconocer el lugar; bajé de nuevo a la playa, ya que por arriba no se podía caminar, y luego de hacerlo por la orilla del agua, casi para caer la noche alcancé a ver un basurero, indicios de actividad humana, sin dudarlo corrí hasta lo alto, entré a unos campos pesqueros que se encontraban solos: ¿Qué lugar es este?, no había ningún rastro de comida, salvo un saco de cebollas; encontré en el basurero una caja de cartón semidestruida, se le alcanzaba a leer “CAJEME”, deduje entonces que me encontraba en el puerto de Santa Catarina, pues ahí trabajaba Marcelino Cajeme García, y sus hijos Guillermo, y Pascual; era de las cajas en las que desde Ensenada la cooperativa “Ensenada” nos enviaba las provisiones con cargo a nuestra producción en los barcos “Titán”, y “Resolute” del capitán Prisciliano Mouett, mi paisano de San José del Cabo.

En el propio basurero escurrí varias latas de salsa valvita, logré juntar media lata, con esa salsa y con una cebolla, cené.

Con la certeza de la ubicación del lugar donde me encontraba, inicié la caminata hacia el rancho de Santa Catarina de don Gilberto Peralta Véliz, caminaba de noche y dormía de día, ya que el calor sofocante del desierto central destruye a cualquiera; llegué a una ciénega y tomé tanta agua que creí acabármela, pero perdí el sentido no sé por cuanto tiempo, hasta que unos coyotes me despertaron, desesperado volví a tomar más agua, y me fui con pasos vacilantes con rumbo al rancho, ya no me importaba que fuera de día o de noche. Ocupaba urgentemente una sombra, de pronto miré un chino, árbol de la región, corrí desesperado hacia allá, pero al llegar ya estaba ocupado por una feroz vaquilla, que tan pronto vio que me acercaba, se lanzó sobre mi haciéndome correr cuesta abajo, hasta que encontré un recoveco que una corriente había dejado, ahí me refugié, luego aquella maldita regresó a su árbol, la observé hasta que se fue del lugar con rumbo a la ciénega, entonces fui y tomé la sombra que tanto necesitaba, duré ahí no sé cuántas horas, tal vez todo el día. Lejos de ahí unos vaqueros encontraron mi huella, dieron aviso a Miguel Cota, y al Güero Peralta, quienes supusieron que podría ser yo, ya que estaban enterados de mi naufragio. Me buscaron cortando mi huella, me encontraron caminando más muerto que vivo, me llevaron al rancho, donde me dieron café y pastillas, al rato otra ración igual, unas horas después me dieron arroz, hasta que me repuse, pero el intenso dolor de mis pies no me dejaba dormir.

Miguel Cota me llevó hasta el camino real, aún no existía la carretera transpeninsular, me dejó a la orilla del camino en un lugar entre Penjamo, y El Progreso de Marcelino Cajeme para que alguien me llevara a El Rosario. En el camino real me senté a esperar algún troquero, o cualquier otro sureño que viajara con rumbo al norte; después de horas alcancé a ver una alta polvareda, es troque me dije, me van a echar arriba de la carga, entre el ganado, o caguamas, según lo que traigan. Antes que llegara el troque, mucho antes, me paré en medio del camino, porque dudaba que no me vieran, así de grande era mi incertidumbre.

El troquero era Don Gustavo Villavicencio, venía de San Ignacio, Baja California Sur, con rumbo a Ensenada, cargado de ganado para la venta.

¿Quiubo Flaco, que haces en medio del camino?

¡He estado perdido por varios días, y quiero ir para El Rosario!

Bueno súbete, vámonos. Acá adelante, como vas a viajar entre las vacas.

Le platiqué toda mi odisea, Gustavo no sabía que decirme, solo atinaba en abrir los ojos, muy sorprendido que siguiera yo aún con vida. Llegamos a todos los ranchos entre Penjamo y El Rosario, todos se sorprendían al verme, Adalberto Espinoza Peralta, apodado “El Caracol”, en el rancho “El Arenoso” me dijo, mientras me preparaba una exquisita machaca seca, y café.

¡Decían que te habías perdido en el mar, pero ya veo que andabas con Gustavo Villavicencio!

Cuando llegamos a El Rosario, me dijo Francisca” Pachita” Vidaurrázaga Peralta, la esposa de Serapio García Marrón:

¡Qué pasó siete vidas, aquí andas pelele correoso: ya tenemos varios días rezándote el novenario!

Deja contarte otro de mis tantos naufragios, pero te pido que no saques éstas historias del pueblo:

Siempre en las noches en que regresaba muy cargado desde Punta Baja con rumbo a la isla, me orientaba con la luz del faro, para no errar el rumbo y viajar a la deriva, aquel día cuando salí de la isla a Punta Baja, le pedí a Joaquín Camacho que prendiera el faro, cuando lo fue hacer, salió un flamazo tan fuerte que decidió no prenderlo por temor a que sucediera algo de mayores consecuencias. Al saber lo sucedido Juan Peralta Acevedo, encendió una gran lumbrada para que al verla me guiara, mientras yo navegaba miré aquella luz a mis espaldas, y no al frente como debía ser, así que pensé, es la luz de un barco que va por fuera, aun no llégo, y seguí navegando hasta que se me terminó la gasolina, ahí me quedé de nuevo a la deriva, pero ahora amarré la panga a unos sargazos flotantes (plantas). Otro día al amanecer Joaquín Camacho que pasaba por donde me encontraba, me pregunto:

¿Qué haces aquí Flaco?

¡Me vine de paso anoche!

¡Juan Peralta te está esperando para salir a levantar las trampas de la langosta!

Regresé a la isla con gasolina que me dió Joaquín, descargamos las mercancías que eran muchísimas, apenas las podía la panga; y nos fuimos a marea Juan y Yo.

No sin antes regañarme “duramente”, por lo acontecido la noche anterior:

¡Pon más cuidado espeso!, me decía Juan Peralta a cada rato.

Interrumpí en su narrativa al Flaco Corrales, para preguntarle por que le habían pasado esas malas experiencias.

¡Por eso mismo, por mi falta de experiencia!, afirmó.

En otro de mis naufragios, navegábamos de Punta Baja a la isla, los jovencitos “Pichín” Duarte Martorell, José Martínez Ceseña y Yo, de repente ya para llegar a la isla, una ola nos alcanzó y nos volteó: Pichín salió a nado y dió aviso en la isla a Julio Espinoza García, quien de paso en su carrera hacia el varadero, le dijo a su sobrino el joven Adalberto “Zurdo” Fuerte Espinoza, vente zurdo para que me ayudes a rescatar al Flaco y a José Martínez, ya que de inmediato salieron a buscarnos, para entonces nosotros con infinidad de batallas nos habíamos subido a un islote que estaba completamente lleno de lobos, y no nos dejaban acercar. Cuando Julio y el Zurdo llegaron, José brincó y nadó a como pudo hasta ellos, que no se podían acercar al islote por lo embravecido del mar, mientras que yo no podía moverme por el intenso frío, así que Julio desesperado porque no me movía, sacó una cuerda y pasando a toda velocidad, con el zurdo al timón, y con la panga cerca del islote me lazó como a un becerro, y me arrastraron hacia el mar abierto, al lugar donde las olas no le hicieran daño a la embarcación. En esa loca arrastrada que me dieron, ya me ahogaba, pues iba bajo el agua a gran velocidad. Con la misma cuerda me jalaron hasta la falca de la panga, y Julio me subió como a un bebito, me recostó en el banco del medio, y me echó una lona muy dura encima, me llevó a la isla donde me atendió en su campo.

Cuando ya estuve bien, los que venían a verme al campo de Julio me decían de todo, algunos me regañaban, otros me felicitaban por mi buena suerte, y otros más sólo me veían incrédulos, movían la cabeza y se retiraban, yo solo los miraba, sin contestar nada.

¿Por qué le paso esto? Pregunté al Flaco, en aquella nuestra plática.

¡Por la falta de experiencia!, contestó sin ningún enfado.

En otro de mis naufragios, navegábamos Rafael Martínez Ceseña y Yo de la isla a Punta Baja, con 727 kilos de abulón, y con 300 kilos de sargazo seco, por la excesiva carga en la panga, (ya que sólo podía unos 750 kilos), le iba entrando agua por los hoyos de la bosa (parte alta de la proa), luego sentí muy débil a la panga, pues con la carga mas el agua, perdía flotación, entonces le dije a Rafael:

¡Alístate porque nos vamos a ir a pique!

En un parpadeo ya estábamos los dos flotando, la panga se fue al fondo en el lugar conocido como el “bajo de arriba”, y al rato surgió con el fondo para arriba, ahí nos subimos, para esto ya era de noche. Le dije a Rafael que entonces andaba en los diecisiete años de edad, ponte tu traje de buzo, y nada hasta la orilla para que des aviso; Rafael abrió desmesuradamente los ojos, pues la distancia a la orilla era como de unos diez kilómetros, aun así se vistió de buzo y nadó con rumbo a tierra firme. Al amanecer después de nadar toda la noche no pudo mas, se enredó en unos sargazales flotantes, en eso pasaron a lo lejos Juan Peralta Acevedo, y Manuel “Niní” Espinoza Vidaurrázaga, quienes lo alcanzaron a ver, y pensando que era un lobo, siguieron con su rumbo y en su búsqueda, pero como Rafael levantaba los brazos, dieron vuelta y fueron a verlo:

¡Es Rafael!

¿Y El Flaco, en dónde está?

¡No sé, nos fuimos a pique!

¿Cuándo?, ¿anoche o ahora?

¡Anoche!

Lo rescataron, lo llevaron a El Rosario para que lo atendieran, mientras que yo seguí perdido un día y una noche más, hasta que me encontraron Epifanio “Pifas” Acevedo Valtierra, Luis “Liqui” García Acevedo, y Anastasio “Tacho” Gerardo real, quienes me llevaron a la Delegación de gobierno en El Rosario para levantar un acta con mis declaraciones, en donde dejé asentado que el naufragio se debió a mi falta de experiencia.

Pablo Corrales Ceseña, nuestro entrañable Flaco, dejó su trabajo de farero en 1986, después de 22 años de trabajo ininterrumpido, que aunque lo había iniciado desde 1950, su nombramiento le llegó 14 años después, en 1964, por lo que él trabajó de farero los primeros catorce años sin sueldo alguno.

A su retiro de farero siguió viviendo en la isla, pero pretendía conseguir un terrenito en Punta Baja para construir ahí su casa, y trabajar ahora sacando de paseo por la bahía a los gringos, o a cualquier turista, pues ya tenía suficiente experiencia acumulada como hombre de mar.

Un día de la década de los noventa, le pregunté a Amado Duarte Valladolid por el Flaco, y me contestó:

¡OH desde cuándo que murió!

No supo dar la fecha en que esto ocurrió, yo por andar en mi trabajo fuera de mi pueblo, no me enteré de su muerte, ni de ningún otro pormenor del caso.

No he podido cumplir con el deseo del Flaco, aquel en que me pidió que no se supiera fuera del pueblo lo de sus naufragios, sin embargo considero que a este gran hombre no podemos dejarlo morir, no podemos enterrar su grata memoria, su gran presencia. ¡Así que Flaquito estés donde estés, seguirás con nosotros, y con quien esto lea, no te podremos olvidar jamás!

Recuerdo que en otro de sus naufragios, en 1977, yo trabajaba en ocasiones, en mis vacaciones de la universidad de cajero en el Mercado “Impulsora Comercial”, entonces propiedad de Antonio “Quirino” Espinoza Peralta, en El Rosario, de repente una mañana en la fila de clientes estaba El Flaco, quien llevaba unos cigarros. Al pagar me dio un billete de diez pesos, de aquellos grises que tenían al padre Hidalgo, completamente reblandecido por los quince días que permaneció en la bolsa del pantalón del Flaco, mientras este estuvo perdido en el mar. No quise recibirle el billete, algo me detuvo, pensé en la grandeza de aquel hombre: Está bien así Flaquito, le dije, mientras le regresaba el maltrecho billete, tan maltrecho y destartalado como él, está bien así, le repetí.

¡Gracias Manito!, me contestó, sin mostrar ningún asomo de nada en su rostro, ni en sus grises ojos, solo se pasó la mano por su alborotada y blanquizca cabellera, y se marchó.

En las afueras del mercado se escuchó un gran estruendo y aplausos, cuando salió la muchedumbre lo vitoreaba, algunos le gritaban sin ánimo de ofensa:

¡Eres único Flaco!

¡Pinché Flaco loco, eres un viejo lobo de mar!

¡Viva El Flaco Corrales, arriba El Rosario que lo recibió!

En la tarde de ese mismo día le pregunté:

¿Por qué no utilizas algún tipo de compás, brújula, o sextante para que saques rumbo, y no te pierdas?

Sin inmutarse por mi atrevimiento me contestó:

¡Para que pueda querer esas cosas yo, si con la vista me basta!

En su respuesta adiviné lo que me quiso decir: ¡Para qué, si un ojo lo tengo a nivel, y el otro lo tengo a plomo!, como queriendo decir según los ademanes que hizo al aire: Con un ojo veo el horizonte, y con el otro veo las estrellas, o lo que es lo mismo: Con un ojo veo de lado a lado, y con el otro veo de arriba abajo.

Considero que no podemos dejar que éstas historias de vida las arropen los polvos del olvido, no podemos olvidar a Pablo “El Flaco” Corrales Ceseña, no debemos abandonarlo en el naufragio del olvido, también de este naufragio debemos rescatarlo. Así que bienvenido seas Flaco Corrales, Bienvenido sea el único vaquero de mar que en mi vida he conocido.

AUTOR DEL ARTÍCULO

ING. ALEJANDRO ESPINOZA ARROYO

EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA, MEXICO

DOMINGO 13 DE JUNIO DEL 2010.

Notas: El Flaco Corrales, en El Rosario, paraba en casa de Norberto “Yoti” Espinoza Romo quien poseía un cuartito donde almacenaba gasolina, ya que él era uno de los que expendían ese combustible a los pescadores, y rancheros; su esposa Celestina “Cuty” Duarte Valladolid, tenía una fonda donde El Flaco Corrales era abonado sin paga, ya que nunca le querían cobrar el hospedaje ni los alimentos. A la muerte de Celestina, siguió llegando a la casa, y cuando también Norberto murió, se hospedaba en casa de Amado Duarte Valladolid, hermano y vecino de Celestina. La esposa de Amado, de nombre Hermelinda Martorell, oriunda de la misión de Santo Domingo, era quien después atendía al Flaco Corrales.

Los viajes que El Flaco Corrales realizaba de la isla a Punta Baja, y de Punta Baja a la isla con las cargas, ya de productos del mar, o con víveres, no eran su obligación, esto lo hacia por simple apoyo a sus compañeros pescadores.

El Flaco Corrales debe haber fallecido hacia 1998, ya que en la publicación de mi primer libro, “LOS ROSAREÑOS”, en 1992, lo leyó, incluso me comentó años más tarde, que para qué lo había puesto ahí con sus historias: ¡Esta bien, pero ya no lo vuelvas hacer manito!, me dijo.

Vivió solo en la isla y El Rosario, durante unos cuarenta años o más, sólo viajaba de El Rosario a la isla y a Ensenada.

Rafael y José Martínez Ceseña, son hijos de Guadalupe Martínez, originario de San José del Cabo, coterráneo de Corrales, llegó a la isla por invitación de Corrales para trabajar en la recolección del guano, se quedó junto con su familia a vivir de manera permanente en El Rosario, donde a la fecha tiene nietos y bisnietos.

Los jóvenes aludidos no pasaban de los quince años de edad, en los momentos de cada naufragio.

Los pescadores restantes, eran hombres de máximo cuarenta años de edad en los días de los naufragios, salvo Lázaro y Juan peralta Acevedo, Gustavo Villavicencio, Serapio García Marrón, su esposa “Pachita” Vidaurrazaga Peralta, y Adalberto “Caracol” Espinoza Peralta, contaban con edades entre los cincuenta y setenta y cinco años.

martes, 8 de junio de 2010

UNA DE CINCO MUJERES: ISABEL GARCIA PAREDES, CONOCIDA EN TIJUANA, BAJA CALIFORNIA, MEXICO COMO: “CHABELITA GARCIA”

El encanto de la península de Baja California, desde la época de la conquista del imperio español, ha sido como un poderoso imán que atrae desde los mas remotos rincones de México, a individuos y familias enteras, dándose flujos migratorios, que han venido “llenando” nuestra tierra peninsular de una gran variedad de razas y sus costumbres ancestrales.

Por el simple interés, y curiosidad, y por la de investigar algunas de las razones que han traído a tantas familias hasta esta mi tierra, y por qué no se han ido a otros lugares, he entrevistado a personas de los mas distintos grupos y estratos sociales, con la idea de conocer los motivos originales por los que llegaron y se desarrollaron aquí. Las relaciones que a continuación se verán, son a manera de ejemplo de lo antes dicho.

Nacida en el pueblo de Atengo, Estado de Hidalgo México, el día 05 de noviembre de 1944, Isabel García Paredes, una de nueve hermanos, sobrevivientes solo ella y tres de sus hermanas, pasaron su primera niñez en aquel pueblito, ahora de unos tres mil habitantes, muy próximos a la importantísima región arqueológica de Tula de los Atlantes, (Tula Hidalgo).

El pueblo de Atengo, en Tezontepec de Aldama, Hidalgo, México, se encuentra en la región donde se erigen las más importantes ruinas de la cultura Tolteca, con sus majestuosas obras prehispánicas destacando: El Altar Central, El Coatepontli o Muro de las serpientes, El palacio quemado, Los juegos de pelota, y el Tzompantli. Los espectaculares atlantes fueron tallados en roca basáltica, por las manos prodigiosas y artísticas de los antiquísimos Toltecas, esculpiendo sus obras eternas en roca de manto basáltica, con alturas de 4.80 metros, y que custodian la parte superior del templo de Trahuizcalpanteculi o “Estrella de la mañana”.

Siendo Isabel una niña de unos seis años allá por los años del cincuenta del siglo veinte, en Atengo la vida transcurría al igual que mucho tiempo antes, el pueblo de la barbacoa de borrego, el mismo donde se encontraba la casa de la familia de Isabel, su casa de palos parados y atravesados, con techo de pencas de maguey, con un gran fogón de leña en la cocina, y en sus cercanías los riachuelos, y pozas de aguas termales.

ISABEL era un remolino de actividades, ya que desde esa temprana edad se inició en los trabajos domésticos para apoyar la maltrecha economía familiar, - igual de maltrecha que en cualquier rincón del México aquel-se afanaba en el cuidado de niños ajenos, lo recuerda como si ella no fuera una niña también, que mas que cuidar a otros chicos, requería también de las atenciones de los adultos, pero ni modo, así eran las cosas y ella con gran gusto realizaba sus tareas, entre otras que consistían en apoyar a doña Marciana Paredes de Jesús, su madre, en la recolección allá en el cerro, juntando garambullos, tunas, nopal de cerro, hongos, víboras de cascabel, y de agua; y que bajaban al pueblo ya con su “cosecha” para intercambiarla con los “ricos” por manteca, y algunas otras comidas en las rancherías las intercambiaban por granos, o por telas para las ropas de las niñas, y por varios otros artículos de primera necesidad.

En aquellos ayeres, no muy lejanos en tiempo por cierto, pero si en servicios en nuestros pobres pueblos rurales del México de todos los tiempos, desde luego incluido el actual. En aquel pueblito de Atengo, de 1950, no existía ningún tipo de servicios médicos, a lo mas vivía Don Amador, el niño hijo del patrón, que por ser rico y tener sus hatos ganaderos, él si pudo salir a estudiar en la capital, y cuando regresó como veterinario a su pueblo, atendiendo igual en las trancas de los corrales a los enfermos del pueblo, y a sus animales, prescribiéndoles de las medicinas que poseía a todos por igual:

Ni modo no había mas, y bien que se curaban, recuerda Isabel.

Por una enfermedad que aquejaba a su madre, y que el veterinario no le curaba, recuerda Isabel, la familia, la madre, y sus cuatro hijas, se vieron en la necesidad de emigrar a la ciudad capital de México, a la inmensa selva humana.

En la capital, a Isabel se le encomendó que apoyara a una señora que vendía dulces mexicanos en “La Merced”, le pagaba quince pesos al mes por sus trabajos en la venta de colaciones, pepitorias, biznaga, chilacayote, jamoncillos, cocadas, piloncillo y muchos otros de nuestros tradicionales dulces mexicanos, que para los seis años de edad de Isabel, los que para ella, tenían sabor a gloria.

A principios de los años de la década de 1960, Isabel vino de visita a casa de su hermana Francisca, quien ya vivía en Tijuana, Baja California, de aquí regresó a México, allá en la selva humana conoció a Gonzalo Martínez Corona, con quien se casó y procrearon a siete hijos. Con el paso de los años y adversidades en el matrimonio, Isabel ya con toda su prole se regresó a Tijuana, donde llegó de nuevo a casa de su hermana Francisca donde vivieron por siete meses, tiempo en el cual consiguieron con la señora Guadalupe Díaz, quien entonces apoyaba en la repartición de tierras que por algún arreglo deben haber tenido con la familia Cortés, propietarios que eran de lo que hoy se llama “Colonia Reforma”, y de otras tierras mas, en la creciente ciudad de Tijuana, la ciudad que recibe con los brazos abiertos a las gentes de bien, ya sean pobres o ricos, blancos, mestizos, de color, mexicanos, o extranjeros. Así Tijuana recibió a Isabel, y a sus hijos quienes con amplios esfuerzos han formado su patrimonio y su hogar en esta noble tierra. Si bien sus raíces no son misionales, o de los saldados de cuera, como las nuestras, mucho ha trabajado de manera incansable para ver llegar y recibir ya con un patrimonio a sus nietos, que son quince a la fecha, siendo Ana Martínez López, la mayor de veinte años de edad, la única nacida allá en la jungla de concreto, y los otros catorce nacidos en la Baja California, siendo el menor de todos Jesús Miguel Astudillo Martínez, con apenas cuatro meses de edad.

ISABEL GARCIA PAREDES, mejor conocida aquí como ‘DOÑA CHABELITA”, continua con aquel entusiasmo que de niña la caracterizo, ahora en la Colonia Reforma, con el apoyo de los colonos ha formado un Centro Comunitario, incipiente aun, y que da servicios médicos gratuitos a la comunidad.

Mucho se ha preocupado y ocupado Chabelita por ver a su comunidad salir de la pobreza patrimonial, a eso que en el pomposo lenguaje de los políticos han dado en llamar, y que significa que una familia no posee documentos del suelo que habitan, es decir cuando no se cuenta con la seguridad en la tenencia de la tierra.

En la actualidad CHABELITA trabaja incansablemente en sus principales proyectos: El Centro Comunitario, como los de la certeza jurídica de la tenencia de la tierra, ambos van por buen camino, gracias al empuje de ésta incansable Hidalguense, que quizás como un Atlante de aquellos de su tierra, haya venido aquí, para ser el soporte del progreso paulatino de su comunidad.

Otro gallo nos cantara, otro México tendríamos, si existieran más personas del linaje de “Chabelita García Paredes”.

Doña Chabelita: Gracias por elegir para fundar su hogar, a mi querida Baja California. Gracias por su generosidad.

AUTOR DEL ARTÍCULO:

ING. ALEJANDRO ESPINOZA ARROYO

EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA

SABADO 05 DE JUNIO DEL 2010.

Nota 1: Los hijos de Isabel García Paredes son: Gonzalo Ramón, Antonio Zacarías, Carlos, Juan Miguel, Guadalupe Elizabeth, Marisol, y José Andrés.

Nota 2. Próximamente escribiré sobre la Familia del Arq. Federico Guillermo Reyes Álvarez, originarios de Jiquilpan, Michoacán, México.