"NUESTRA TIERRA SE LLAMA "BAJA CALIFORNIA", NO SE LLAMA "BAJA":
SOMOS "BAJACALIFORNIANOS", NO SOMOS "BAJEÑOS"... "Agradezco infinitamente a mi amigo ARQ. MIGUEL ALCÁZAR SÁNCHEZ, el apoyo que me ha brindado al diseñar ésta página y subir mis trabajos desde el año 2007"

miércoles, 16 de junio de 2010

PABLO CORRALES CESEÑA: CONOCIDO EN EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA, COMO: “FLACO CORRALES”.

ALGUNAS HISTORIAS DE UN VAQUERO DE MAR.

Pródigo en amistades y afecto fue PABLO CORRALES CESEÑA: “EL FLACO CORRALES”, nacido en el extremo sur de la península, en la Finisterre, en el antiguo pueblo de San José del Cabo, Baja California Sur, el pueblo que atesora a la ex misión del mismo nombre fundada por los jesuitas. El Flaco Corrales nació en ese lugar el día 12 de enero de 1926, siendo hijo de Ildefonso Corrales Márquez y de Mercedes Ceseña.

En los años de su niñez y primera juventud transcurridos entre su antiguo pueblo natal, y Ensenada, Baja California, desde 1936 a 1949, El Flaco Corrales, trabajaba arreando ganado desde las sierras cercanas, y desde los pueblos de Miraflores, El Triunfo, y San Antonio principalmente, hacia San José del Cabo. Existían en aquellos lugares unos improvisados corrales en los que medio alimentaban a las reses, hacían esto mientras esperaban a que llegara un barco en el que eran transportadas a Ensenada, ubicada unos 1,500 kilómetros al norte peninsular.

El ganado que se transportaba al norte, era arreado desde los corrales de Punta Palmilla, en San José del Cabo, hasta los arenales de la orilla de la playa; ahí se les amarraba de los cuernos en una “sarta” de unas ocho o diez animales, los obligaban a entrar al mar, y con una pequeña embarcación eran remolcadas hasta llegar a un barco que se encontraba fondeado a unos doscientos cincuenta metros alejado de la zona de rompiente. Al llegar los vaqueros-marineros al barco con las vacas, bajaban un gancho con una gruesa cuerda, amarraban vaca por vaca, y con un teclee la subían a la cubierta del barco, que estaba dispuesta con otros improvisados corrales para encerrar el ganado. Emprendían la navegación tan pronto subían a la borda a unas ciento cincuenta vacas, cuando el tiempo atmosférico era óptimo, y unas sesenta si las condiciones eran malas. Con la cubierta llena de su extraña “captura”, el barco trazaba su rumbo para Ensenada, Baja California, llevando al cuidado del ganado al mejor “vaquero-marino” conocido por su laboriosidad, y paciencia: “EL FLACO CORRALES”.

Navegaban por varios días, hasta llegar al puerto de Ensenada , mientras a bordo El Flaco, alimentaba y daba de beber al ganado, haciendo ambas cosas tan de buena gana, que le gustaba mantenerse en cubierta siempre, ahí entre el ganado dormía, ahí comía, incluso platicaba de tú a tú con sus reses preferidas, también regañaba y hasta aislaba a los más inestables y locos animales, al menos es lo que me refirió en una de nuestras tantas platicas, en la Isla de San Gerónimo, el año de 1976.

Cuando el barco bajaba las amarras en las vitas del puerto de Ensenada, también bajaba el ganado a los patios fiscales, donde lo encerraban en otros corrales, así que el ganado se la pasaba siempre de corral en corral, al cuidado de Corrales.

De los patios del puerto el ganado era transportado en troques al valle de Ojos Negros, en Real del Castillo, donde lo cuidaban unos vaqueros de tierra, ahí lo engordaban, y unos meses más tarde eran transportados a los distintos puntos de consumo, principalmente Tijuana, Baja California.

Mientras esto sucedía, nuestro vaquero-marino, “El Flaco”, ya venía de regreso de San José del cabo a Ensenada a bordo, con otro centenar de vacunos.

Habían transcurrido varios años en esta labor del vaquero de mar, hasta que un buen día mientras se encontraba en una cantina tomando unas copas, con la vista perdida en el centro de la mesa en la que tenía clavado desganadamente los codos, se le acercó un hombre, vaquero de tierra. El Flaco y aquel hombre entraron en una amena plática:

Nos tratamos con tan buen gusto, como los perros que se encuentran y se mueven alegremente la cola, me dijo desenfadadamente El Flaco. Y luego agregó:

Siempre noté que me estaba platicando un mentirero, así que también yo le conté otro mentirero, pues tan vaquero él como yo, igualitos de embusteros.

Al terminar sus labores en uno de aquellos tantos viajes, en otra cantina de Ensenada, El Flaco se encontraba sentado solo en su mesa, sin más compañía que sus recuerdos y sus anhelos, de repente escuchó a dos que platicaban de la urgente necesidad de encontrar a un farero para que cuidara ese quehacer en la isla de Guadalupe. Eso llamó la atención de El Flaco, así que se acercó a los desconocidos para tener informes acerca de ese trabajo.

¿Están buscando a un farero?

¿Sí señor, en que trabaja usted?

Cuido las vacas en el barco.

¿Se ríe de nosotros?

No, ese es mi trabajo, soy el vaquero a bordo del barco.

Entonces el trabajo no es para usted, le contestó uno de aquellos que parecía “mexiquillo”, según recordaba el Flaco a juzgar por su acento.

Más bien por curiosidad los”mexiquillos” escucharon las relaciones de vaquero de abordo que les hizo Corrales, pues no le creyeron que su trabajo era el que describía. De cualquier forma les comentó que en esa misma cantina en 1948 había conocido al guarda faros de San Gerónimo, y que se llamaba Felipe López García, quien lo había invitado a trabajar en la langosteada allá en aquella isla, ubicada en la bahía de El Rosario, Baja California, y que le tomaría la palabra, pues ya estaba cansado de las largas travesías y de las vaquereadas en el océano pacifico.

En 1949, año en que por primera vez El Flaco Corrales llega a El Rosario, Baja California, en busca de Felipe López García, pidió asilo por pura casualidad en casa de don Lázaro Peralta Acevedo, y su esposa Tulita Duarte Valladolid, quienes le consiguieron “ráete” desde El Rosario a Punta Baja, para que de ahí le dieran otro aventón a la isla de San Gerónimo. Cuando una tarde casi para anochecer arribo a la isla, preguntó por su protector Felipe López García, tomándolo por sorpresa, ya que López, ni siquiera se acordaba haber platicado en una cantina con aquel espigado joven sureño de alborotada cabellera, y triste mirada; pero ni modo de dejarlo abandonado a su suerte, lo hospedó, y en la primer madrugada del Flaco en la isla, se lo llevó a “marea” (trabajo en el mar), a levantar las trampas langosteras en el Arrecife de Sacramento. Junto con López trabajó El flaco por espacio de algún tiempo: mientras que en las mañanas levantaban las trampas langosteras, en las tardes subían a la cima de la isla para encender el faro, cosa que hacían juntos, subiendo por la empinada cuesta los pesados tanques de gas para la mecha del faro, lo que después hacia solo El Flaco.

Tan bien se sentía el flaco en aquella isla que invitó a trabajar allá a su entrañable amigo y pariente Ramón Marrón Cesena. Trabajaban juntos los tres: Felipe López García, Ramón Marrón Ceseña, y El “Flaco Corrales”, el menos apto en aquellos menesteres de la pesca era por supuesto El Flaco.

Un día en el arrecife de Sacramento se volteó la panguita por una enorme ola que les “quebró” encima, ahogándose Felipe, y Ramón, sin que nunca jamás aparecieran sus cuerpos.

El Flaco solo en el isleño campo pesquero meditaba en algunos planes dado su incierto futuro, ya que perdidos sus grandes amigos, prefería regresar a su tierra, si no lo hizo fue porque no había quien prendiera el faro todas las noches y lo apagara en todos los amaneceres, de manera regular, así se fue quedando, y un buen día atracó en la isla un barco del gobierno mexicano para supervisar el faro.

Cuando llegaron a la playa preguntaron por el farero:

Se ahogó, pero lo atiende “El Flaco Corrales”, contestó Héctor Duarte Valladolid: “Coliro Duarte”.

Algo turbados aquellos hombres, se enfilaron hacia el campo de Corrales, según las señas que les dió “Coliro Duarte”, al llegar le preguntaron:

¿Alguien lo instaló como guarda faros?

No, nadie.

¿Conoció al guarda faros?

Sí, nos volteamos juntos en marea, y se ahogaron él y mi otro compañero, solo yo me salvé.

Conoce a alguien que quisiera tomar el trabajo de guarda faros:

Si, ya lo estoy haciendo, así que sólo denme el nombramiento, los avituallamientos, y háblenme del sueldo, digo si les parece.

Así fue como El Flaco Corrales se convertía en 1950 en el guarda faros de San Gerónimo, lugar que ocupó hasta 1986. Antes de ocupar el puesto de farero de manera “oficial”, y a la pérdida de sus amigos, había alistado un equipo langostero, con una panga que le compró a “Coliro Duarte”, y un motorcito fuera de borda que le compró a José de Jesús “Joselio” Espinoza peralta. En esta actividad pensaba pasarse ocupado, mientras el gobierno enviaba su nombramiento de nuevo farero, sin saber que catorce años le tomaría la espera para obtener ese puesto, y que lo haría quedarse en la isla de El Rosario, con el cargo que antes le había negado un mexiquillo.

El incansable Flaco Corrales, salía a “marea”, para levantar las trampas, antes de eso, esperaba que clareara el alba para apagar el faro, luego bajaba apresurado la alta colina de la isla, se dirigía a la panga que ya estaba en el agua, para irse a “marea”. Llegaba como a las doce del día al muerto, donde depositaba las langostas capturadas, las dejaba en los recibones, y luego emprendía la marcha hacia el campo, donde preparaba sus alimentos, mientras tanto esperaba que los abuloneros regresaran de marea, cosa que hacían como para la una de la tarde de todos los días. En la playa de la isla los abuloneros mataban y desconchaban su captura de abulón, la ensacaban, y la subían a bordo de la embarcación del Flaco Corrales, quien para las cuatro de la tarde salía con rumbo a tierra para entregar la diaria captura de los isleños, para que fuera llevada a la empacadora ubicada en El Rosario.

Llegaba a Punta Baja en tierra, entregaba la carga, y volvía a cargar la panga, ahora con tanques de agua dulce, provisiones, gasolina, lubricantes, y en muchas ocasiones llevaba de pasajeros a algunos pescadores o hijos de éstos que viajaban a la isla, o a tierra. El faro lo encendían algunos de los compañeros ya que El Flaco regresaba a eso de las diez de la noche, bajaban la carga, la subían a la isla, y también sacaban del agua la panga que por cierto la llamaban: “La Flaca”.

En mi libro “LOS ROSAREÑOS” que publiqué en 1992, dejé asentadas algunas vivencias de El Flaco, aquí comentaré algo de esas epopeyas tan curiosas del buen y extinto amigo Corrales: Sus naufragios.

Una mañana del mes de julio de 1965, dice el flaco Corrales, me encontraba muy concentrado levantando un palangar (palangre), que tenia tirado en el arrecife de Sacramento, frente a la isla de San Gerónimo, siendo esta la causa que no me diera cuenta que la barra de espesa neblina cubría ya toda la bahía de El Rosario, acercándose ya a unos cuantos cientos de metros del lugar donde me encontraba, la isla ya no se veía, salvo una parte de la costa desde Punta de san Antonio para abajo (al sur); en cuestión de unos minutos la espesa neblina lo cubrió todo, y en unos cuantos minutos más, me encontraba totalmente norteado.

¡Busqué la isla hasta que se me acabó la gasolina, sin lograr encontrarla!

Ya sin gasolina quedé a la deriva, las corrientes y el viento me guerrearon (arrastraron) durante tres días y sus tres noches, nunca supe en qué lugar me encontraba, ya que el neblinazo era como lluvia, siempre estuve totalmente mojado, parecía que no trajera ropa, hasta las plantas de mis pies nadaban en mis botas. En algún momento de la deriva mientras achicaba la panga (le sacaba el agua), por descuido empujé un remo al agua, y por más esfuerzos que hice no lo pude recuperar, así que quedé solo con un remo, ahora sí que estaba indefenso, el remo lo utilicé como timón, sólo para guiar la panga quien sabe con qué rumbo.

Una madrugada alcancé a divisar las montañas de la costa, apresurado tome rumbo hacia ellas, ya que la neblina pronto ocuparía ese hueco abierto, cuando llegué a la zona de rompiente una gran ola volcó la panga, de ahí en adelante nadé hasta encontrar la playa, luego subí a tierra firme. Aquí inició otra odisea, ya que no sabía en donde me encontraba, en qué lugar encontraría alguna persona, algún rancho, algún vaquero,…A causa del esfuerzo que hice para salir nadando perdí ambas botas, calcetines, y calcetas; en la costa luego de mucho caminar encontré una chancla japonesa, y una almohada. La chancla la adapté a mi pié, y con la almohada hice el otro “zapato, y un sombrero”, ya que el intenso calor de la media mañana me estaba quitando las pocas energías que aún conservaba. Poco antes del medio día encontré un abulón varado:

¡Desayuné después de tres días sin agua ni bocado alguno!

Caminé por toda la pedregosa playa, sin poder subir a tierra por lo alto de los acantilados, y cuando encontré una pequeña cañada subí a lo alto, sin lograr ubicarme por más que trataba de reconocer el lugar; bajé de nuevo a la playa, ya que por arriba no se podía caminar, y luego de hacerlo por la orilla del agua, casi para caer la noche alcancé a ver un basurero, indicios de actividad humana, sin dudarlo corrí hasta lo alto, entré a unos campos pesqueros que se encontraban solos: ¿Qué lugar es este?, no había ningún rastro de comida, salvo un saco de cebollas; encontré en el basurero una caja de cartón semidestruida, se le alcanzaba a leer “CAJEME”, deduje entonces que me encontraba en el puerto de Santa Catarina, pues ahí trabajaba Marcelino Cajeme García, y sus hijos Guillermo, y Pascual; era de las cajas en las que desde Ensenada la cooperativa “Ensenada” nos enviaba las provisiones con cargo a nuestra producción en los barcos “Titán”, y “Resolute” del capitán Prisciliano Mouett, mi paisano de San José del Cabo.

En el propio basurero escurrí varias latas de salsa valvita, logré juntar media lata, con esa salsa y con una cebolla, cené.

Con la certeza de la ubicación del lugar donde me encontraba, inicié la caminata hacia el rancho de Santa Catarina de don Gilberto Peralta Véliz, caminaba de noche y dormía de día, ya que el calor sofocante del desierto central destruye a cualquiera; llegué a una ciénega y tomé tanta agua que creí acabármela, pero perdí el sentido no sé por cuanto tiempo, hasta que unos coyotes me despertaron, desesperado volví a tomar más agua, y me fui con pasos vacilantes con rumbo al rancho, ya no me importaba que fuera de día o de noche. Ocupaba urgentemente una sombra, de pronto miré un chino, árbol de la región, corrí desesperado hacia allá, pero al llegar ya estaba ocupado por una feroz vaquilla, que tan pronto vio que me acercaba, se lanzó sobre mi haciéndome correr cuesta abajo, hasta que encontré un recoveco que una corriente había dejado, ahí me refugié, luego aquella maldita regresó a su árbol, la observé hasta que se fue del lugar con rumbo a la ciénega, entonces fui y tomé la sombra que tanto necesitaba, duré ahí no sé cuántas horas, tal vez todo el día. Lejos de ahí unos vaqueros encontraron mi huella, dieron aviso a Miguel Cota, y al Güero Peralta, quienes supusieron que podría ser yo, ya que estaban enterados de mi naufragio. Me buscaron cortando mi huella, me encontraron caminando más muerto que vivo, me llevaron al rancho, donde me dieron café y pastillas, al rato otra ración igual, unas horas después me dieron arroz, hasta que me repuse, pero el intenso dolor de mis pies no me dejaba dormir.

Miguel Cota me llevó hasta el camino real, aún no existía la carretera transpeninsular, me dejó a la orilla del camino en un lugar entre Penjamo, y El Progreso de Marcelino Cajeme para que alguien me llevara a El Rosario. En el camino real me senté a esperar algún troquero, o cualquier otro sureño que viajara con rumbo al norte; después de horas alcancé a ver una alta polvareda, es troque me dije, me van a echar arriba de la carga, entre el ganado, o caguamas, según lo que traigan. Antes que llegara el troque, mucho antes, me paré en medio del camino, porque dudaba que no me vieran, así de grande era mi incertidumbre.

El troquero era Don Gustavo Villavicencio, venía de San Ignacio, Baja California Sur, con rumbo a Ensenada, cargado de ganado para la venta.

¿Quiubo Flaco, que haces en medio del camino?

¡He estado perdido por varios días, y quiero ir para El Rosario!

Bueno súbete, vámonos. Acá adelante, como vas a viajar entre las vacas.

Le platiqué toda mi odisea, Gustavo no sabía que decirme, solo atinaba en abrir los ojos, muy sorprendido que siguiera yo aún con vida. Llegamos a todos los ranchos entre Penjamo y El Rosario, todos se sorprendían al verme, Adalberto Espinoza Peralta, apodado “El Caracol”, en el rancho “El Arenoso” me dijo, mientras me preparaba una exquisita machaca seca, y café.

¡Decían que te habías perdido en el mar, pero ya veo que andabas con Gustavo Villavicencio!

Cuando llegamos a El Rosario, me dijo Francisca” Pachita” Vidaurrázaga Peralta, la esposa de Serapio García Marrón:

¡Qué pasó siete vidas, aquí andas pelele correoso: ya tenemos varios días rezándote el novenario!

Deja contarte otro de mis tantos naufragios, pero te pido que no saques éstas historias del pueblo:

Siempre en las noches en que regresaba muy cargado desde Punta Baja con rumbo a la isla, me orientaba con la luz del faro, para no errar el rumbo y viajar a la deriva, aquel día cuando salí de la isla a Punta Baja, le pedí a Joaquín Camacho que prendiera el faro, cuando lo fue hacer, salió un flamazo tan fuerte que decidió no prenderlo por temor a que sucediera algo de mayores consecuencias. Al saber lo sucedido Juan Peralta Acevedo, encendió una gran lumbrada para que al verla me guiara, mientras yo navegaba miré aquella luz a mis espaldas, y no al frente como debía ser, así que pensé, es la luz de un barco que va por fuera, aun no llégo, y seguí navegando hasta que se me terminó la gasolina, ahí me quedé de nuevo a la deriva, pero ahora amarré la panga a unos sargazos flotantes (plantas). Otro día al amanecer Joaquín Camacho que pasaba por donde me encontraba, me pregunto:

¿Qué haces aquí Flaco?

¡Me vine de paso anoche!

¡Juan Peralta te está esperando para salir a levantar las trampas de la langosta!

Regresé a la isla con gasolina que me dió Joaquín, descargamos las mercancías que eran muchísimas, apenas las podía la panga; y nos fuimos a marea Juan y Yo.

No sin antes regañarme “duramente”, por lo acontecido la noche anterior:

¡Pon más cuidado espeso!, me decía Juan Peralta a cada rato.

Interrumpí en su narrativa al Flaco Corrales, para preguntarle por que le habían pasado esas malas experiencias.

¡Por eso mismo, por mi falta de experiencia!, afirmó.

En otro de mis naufragios, navegábamos de Punta Baja a la isla, los jovencitos “Pichín” Duarte Martorell, José Martínez Ceseña y Yo, de repente ya para llegar a la isla, una ola nos alcanzó y nos volteó: Pichín salió a nado y dió aviso en la isla a Julio Espinoza García, quien de paso en su carrera hacia el varadero, le dijo a su sobrino el joven Adalberto “Zurdo” Fuerte Espinoza, vente zurdo para que me ayudes a rescatar al Flaco y a José Martínez, ya que de inmediato salieron a buscarnos, para entonces nosotros con infinidad de batallas nos habíamos subido a un islote que estaba completamente lleno de lobos, y no nos dejaban acercar. Cuando Julio y el Zurdo llegaron, José brincó y nadó a como pudo hasta ellos, que no se podían acercar al islote por lo embravecido del mar, mientras que yo no podía moverme por el intenso frío, así que Julio desesperado porque no me movía, sacó una cuerda y pasando a toda velocidad, con el zurdo al timón, y con la panga cerca del islote me lazó como a un becerro, y me arrastraron hacia el mar abierto, al lugar donde las olas no le hicieran daño a la embarcación. En esa loca arrastrada que me dieron, ya me ahogaba, pues iba bajo el agua a gran velocidad. Con la misma cuerda me jalaron hasta la falca de la panga, y Julio me subió como a un bebito, me recostó en el banco del medio, y me echó una lona muy dura encima, me llevó a la isla donde me atendió en su campo.

Cuando ya estuve bien, los que venían a verme al campo de Julio me decían de todo, algunos me regañaban, otros me felicitaban por mi buena suerte, y otros más sólo me veían incrédulos, movían la cabeza y se retiraban, yo solo los miraba, sin contestar nada.

¿Por qué le paso esto? Pregunté al Flaco, en aquella nuestra plática.

¡Por la falta de experiencia!, contestó sin ningún enfado.

En otro de mis naufragios, navegábamos Rafael Martínez Ceseña y Yo de la isla a Punta Baja, con 727 kilos de abulón, y con 300 kilos de sargazo seco, por la excesiva carga en la panga, (ya que sólo podía unos 750 kilos), le iba entrando agua por los hoyos de la bosa (parte alta de la proa), luego sentí muy débil a la panga, pues con la carga mas el agua, perdía flotación, entonces le dije a Rafael:

¡Alístate porque nos vamos a ir a pique!

En un parpadeo ya estábamos los dos flotando, la panga se fue al fondo en el lugar conocido como el “bajo de arriba”, y al rato surgió con el fondo para arriba, ahí nos subimos, para esto ya era de noche. Le dije a Rafael que entonces andaba en los diecisiete años de edad, ponte tu traje de buzo, y nada hasta la orilla para que des aviso; Rafael abrió desmesuradamente los ojos, pues la distancia a la orilla era como de unos diez kilómetros, aun así se vistió de buzo y nadó con rumbo a tierra firme. Al amanecer después de nadar toda la noche no pudo mas, se enredó en unos sargazales flotantes, en eso pasaron a lo lejos Juan Peralta Acevedo, y Manuel “Niní” Espinoza Vidaurrázaga, quienes lo alcanzaron a ver, y pensando que era un lobo, siguieron con su rumbo y en su búsqueda, pero como Rafael levantaba los brazos, dieron vuelta y fueron a verlo:

¡Es Rafael!

¿Y El Flaco, en dónde está?

¡No sé, nos fuimos a pique!

¿Cuándo?, ¿anoche o ahora?

¡Anoche!

Lo rescataron, lo llevaron a El Rosario para que lo atendieran, mientras que yo seguí perdido un día y una noche más, hasta que me encontraron Epifanio “Pifas” Acevedo Valtierra, Luis “Liqui” García Acevedo, y Anastasio “Tacho” Gerardo real, quienes me llevaron a la Delegación de gobierno en El Rosario para levantar un acta con mis declaraciones, en donde dejé asentado que el naufragio se debió a mi falta de experiencia.

Pablo Corrales Ceseña, nuestro entrañable Flaco, dejó su trabajo de farero en 1986, después de 22 años de trabajo ininterrumpido, que aunque lo había iniciado desde 1950, su nombramiento le llegó 14 años después, en 1964, por lo que él trabajó de farero los primeros catorce años sin sueldo alguno.

A su retiro de farero siguió viviendo en la isla, pero pretendía conseguir un terrenito en Punta Baja para construir ahí su casa, y trabajar ahora sacando de paseo por la bahía a los gringos, o a cualquier turista, pues ya tenía suficiente experiencia acumulada como hombre de mar.

Un día de la década de los noventa, le pregunté a Amado Duarte Valladolid por el Flaco, y me contestó:

¡OH desde cuándo que murió!

No supo dar la fecha en que esto ocurrió, yo por andar en mi trabajo fuera de mi pueblo, no me enteré de su muerte, ni de ningún otro pormenor del caso.

No he podido cumplir con el deseo del Flaco, aquel en que me pidió que no se supiera fuera del pueblo lo de sus naufragios, sin embargo considero que a este gran hombre no podemos dejarlo morir, no podemos enterrar su grata memoria, su gran presencia. ¡Así que Flaquito estés donde estés, seguirás con nosotros, y con quien esto lea, no te podremos olvidar jamás!

Recuerdo que en otro de sus naufragios, en 1977, yo trabajaba en ocasiones, en mis vacaciones de la universidad de cajero en el Mercado “Impulsora Comercial”, entonces propiedad de Antonio “Quirino” Espinoza Peralta, en El Rosario, de repente una mañana en la fila de clientes estaba El Flaco, quien llevaba unos cigarros. Al pagar me dio un billete de diez pesos, de aquellos grises que tenían al padre Hidalgo, completamente reblandecido por los quince días que permaneció en la bolsa del pantalón del Flaco, mientras este estuvo perdido en el mar. No quise recibirle el billete, algo me detuvo, pensé en la grandeza de aquel hombre: Está bien así Flaquito, le dije, mientras le regresaba el maltrecho billete, tan maltrecho y destartalado como él, está bien así, le repetí.

¡Gracias Manito!, me contestó, sin mostrar ningún asomo de nada en su rostro, ni en sus grises ojos, solo se pasó la mano por su alborotada y blanquizca cabellera, y se marchó.

En las afueras del mercado se escuchó un gran estruendo y aplausos, cuando salió la muchedumbre lo vitoreaba, algunos le gritaban sin ánimo de ofensa:

¡Eres único Flaco!

¡Pinché Flaco loco, eres un viejo lobo de mar!

¡Viva El Flaco Corrales, arriba El Rosario que lo recibió!

En la tarde de ese mismo día le pregunté:

¿Por qué no utilizas algún tipo de compás, brújula, o sextante para que saques rumbo, y no te pierdas?

Sin inmutarse por mi atrevimiento me contestó:

¡Para que pueda querer esas cosas yo, si con la vista me basta!

En su respuesta adiviné lo que me quiso decir: ¡Para qué, si un ojo lo tengo a nivel, y el otro lo tengo a plomo!, como queriendo decir según los ademanes que hizo al aire: Con un ojo veo el horizonte, y con el otro veo las estrellas, o lo que es lo mismo: Con un ojo veo de lado a lado, y con el otro veo de arriba abajo.

Considero que no podemos dejar que éstas historias de vida las arropen los polvos del olvido, no podemos olvidar a Pablo “El Flaco” Corrales Ceseña, no debemos abandonarlo en el naufragio del olvido, también de este naufragio debemos rescatarlo. Así que bienvenido seas Flaco Corrales, Bienvenido sea el único vaquero de mar que en mi vida he conocido.

AUTOR DEL ARTÍCULO

ING. ALEJANDRO ESPINOZA ARROYO

EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA, MEXICO

DOMINGO 13 DE JUNIO DEL 2010.

Notas: El Flaco Corrales, en El Rosario, paraba en casa de Norberto “Yoti” Espinoza Romo quien poseía un cuartito donde almacenaba gasolina, ya que él era uno de los que expendían ese combustible a los pescadores, y rancheros; su esposa Celestina “Cuty” Duarte Valladolid, tenía una fonda donde El Flaco Corrales era abonado sin paga, ya que nunca le querían cobrar el hospedaje ni los alimentos. A la muerte de Celestina, siguió llegando a la casa, y cuando también Norberto murió, se hospedaba en casa de Amado Duarte Valladolid, hermano y vecino de Celestina. La esposa de Amado, de nombre Hermelinda Martorell, oriunda de la misión de Santo Domingo, era quien después atendía al Flaco Corrales.

Los viajes que El Flaco Corrales realizaba de la isla a Punta Baja, y de Punta Baja a la isla con las cargas, ya de productos del mar, o con víveres, no eran su obligación, esto lo hacia por simple apoyo a sus compañeros pescadores.

El Flaco Corrales debe haber fallecido hacia 1998, ya que en la publicación de mi primer libro, “LOS ROSAREÑOS”, en 1992, lo leyó, incluso me comentó años más tarde, que para qué lo había puesto ahí con sus historias: ¡Esta bien, pero ya no lo vuelvas hacer manito!, me dijo.

Vivió solo en la isla y El Rosario, durante unos cuarenta años o más, sólo viajaba de El Rosario a la isla y a Ensenada.

Rafael y José Martínez Ceseña, son hijos de Guadalupe Martínez, originario de San José del Cabo, coterráneo de Corrales, llegó a la isla por invitación de Corrales para trabajar en la recolección del guano, se quedó junto con su familia a vivir de manera permanente en El Rosario, donde a la fecha tiene nietos y bisnietos.

Los jóvenes aludidos no pasaban de los quince años de edad, en los momentos de cada naufragio.

Los pescadores restantes, eran hombres de máximo cuarenta años de edad en los días de los naufragios, salvo Lázaro y Juan peralta Acevedo, Gustavo Villavicencio, Serapio García Marrón, su esposa “Pachita” Vidaurrazaga Peralta, y Adalberto “Caracol” Espinoza Peralta, contaban con edades entre los cincuenta y setenta y cinco años.

martes, 8 de junio de 2010

UNA DE CINCO MUJERES: ISABEL GARCIA PAREDES, CONOCIDA EN TIJUANA, BAJA CALIFORNIA, MEXICO COMO: “CHABELITA GARCIA”

El encanto de la península de Baja California, desde la época de la conquista del imperio español, ha sido como un poderoso imán que atrae desde los mas remotos rincones de México, a individuos y familias enteras, dándose flujos migratorios, que han venido “llenando” nuestra tierra peninsular de una gran variedad de razas y sus costumbres ancestrales.

Por el simple interés, y curiosidad, y por la de investigar algunas de las razones que han traído a tantas familias hasta esta mi tierra, y por qué no se han ido a otros lugares, he entrevistado a personas de los mas distintos grupos y estratos sociales, con la idea de conocer los motivos originales por los que llegaron y se desarrollaron aquí. Las relaciones que a continuación se verán, son a manera de ejemplo de lo antes dicho.

Nacida en el pueblo de Atengo, Estado de Hidalgo México, el día 05 de noviembre de 1944, Isabel García Paredes, una de nueve hermanos, sobrevivientes solo ella y tres de sus hermanas, pasaron su primera niñez en aquel pueblito, ahora de unos tres mil habitantes, muy próximos a la importantísima región arqueológica de Tula de los Atlantes, (Tula Hidalgo).

El pueblo de Atengo, en Tezontepec de Aldama, Hidalgo, México, se encuentra en la región donde se erigen las más importantes ruinas de la cultura Tolteca, con sus majestuosas obras prehispánicas destacando: El Altar Central, El Coatepontli o Muro de las serpientes, El palacio quemado, Los juegos de pelota, y el Tzompantli. Los espectaculares atlantes fueron tallados en roca basáltica, por las manos prodigiosas y artísticas de los antiquísimos Toltecas, esculpiendo sus obras eternas en roca de manto basáltica, con alturas de 4.80 metros, y que custodian la parte superior del templo de Trahuizcalpanteculi o “Estrella de la mañana”.

Siendo Isabel una niña de unos seis años allá por los años del cincuenta del siglo veinte, en Atengo la vida transcurría al igual que mucho tiempo antes, el pueblo de la barbacoa de borrego, el mismo donde se encontraba la casa de la familia de Isabel, su casa de palos parados y atravesados, con techo de pencas de maguey, con un gran fogón de leña en la cocina, y en sus cercanías los riachuelos, y pozas de aguas termales.

ISABEL era un remolino de actividades, ya que desde esa temprana edad se inició en los trabajos domésticos para apoyar la maltrecha economía familiar, - igual de maltrecha que en cualquier rincón del México aquel-se afanaba en el cuidado de niños ajenos, lo recuerda como si ella no fuera una niña también, que mas que cuidar a otros chicos, requería también de las atenciones de los adultos, pero ni modo, así eran las cosas y ella con gran gusto realizaba sus tareas, entre otras que consistían en apoyar a doña Marciana Paredes de Jesús, su madre, en la recolección allá en el cerro, juntando garambullos, tunas, nopal de cerro, hongos, víboras de cascabel, y de agua; y que bajaban al pueblo ya con su “cosecha” para intercambiarla con los “ricos” por manteca, y algunas otras comidas en las rancherías las intercambiaban por granos, o por telas para las ropas de las niñas, y por varios otros artículos de primera necesidad.

En aquellos ayeres, no muy lejanos en tiempo por cierto, pero si en servicios en nuestros pobres pueblos rurales del México de todos los tiempos, desde luego incluido el actual. En aquel pueblito de Atengo, de 1950, no existía ningún tipo de servicios médicos, a lo mas vivía Don Amador, el niño hijo del patrón, que por ser rico y tener sus hatos ganaderos, él si pudo salir a estudiar en la capital, y cuando regresó como veterinario a su pueblo, atendiendo igual en las trancas de los corrales a los enfermos del pueblo, y a sus animales, prescribiéndoles de las medicinas que poseía a todos por igual:

Ni modo no había mas, y bien que se curaban, recuerda Isabel.

Por una enfermedad que aquejaba a su madre, y que el veterinario no le curaba, recuerda Isabel, la familia, la madre, y sus cuatro hijas, se vieron en la necesidad de emigrar a la ciudad capital de México, a la inmensa selva humana.

En la capital, a Isabel se le encomendó que apoyara a una señora que vendía dulces mexicanos en “La Merced”, le pagaba quince pesos al mes por sus trabajos en la venta de colaciones, pepitorias, biznaga, chilacayote, jamoncillos, cocadas, piloncillo y muchos otros de nuestros tradicionales dulces mexicanos, que para los seis años de edad de Isabel, los que para ella, tenían sabor a gloria.

A principios de los años de la década de 1960, Isabel vino de visita a casa de su hermana Francisca, quien ya vivía en Tijuana, Baja California, de aquí regresó a México, allá en la selva humana conoció a Gonzalo Martínez Corona, con quien se casó y procrearon a siete hijos. Con el paso de los años y adversidades en el matrimonio, Isabel ya con toda su prole se regresó a Tijuana, donde llegó de nuevo a casa de su hermana Francisca donde vivieron por siete meses, tiempo en el cual consiguieron con la señora Guadalupe Díaz, quien entonces apoyaba en la repartición de tierras que por algún arreglo deben haber tenido con la familia Cortés, propietarios que eran de lo que hoy se llama “Colonia Reforma”, y de otras tierras mas, en la creciente ciudad de Tijuana, la ciudad que recibe con los brazos abiertos a las gentes de bien, ya sean pobres o ricos, blancos, mestizos, de color, mexicanos, o extranjeros. Así Tijuana recibió a Isabel, y a sus hijos quienes con amplios esfuerzos han formado su patrimonio y su hogar en esta noble tierra. Si bien sus raíces no son misionales, o de los saldados de cuera, como las nuestras, mucho ha trabajado de manera incansable para ver llegar y recibir ya con un patrimonio a sus nietos, que son quince a la fecha, siendo Ana Martínez López, la mayor de veinte años de edad, la única nacida allá en la jungla de concreto, y los otros catorce nacidos en la Baja California, siendo el menor de todos Jesús Miguel Astudillo Martínez, con apenas cuatro meses de edad.

ISABEL GARCIA PAREDES, mejor conocida aquí como ‘DOÑA CHABELITA”, continua con aquel entusiasmo que de niña la caracterizo, ahora en la Colonia Reforma, con el apoyo de los colonos ha formado un Centro Comunitario, incipiente aun, y que da servicios médicos gratuitos a la comunidad.

Mucho se ha preocupado y ocupado Chabelita por ver a su comunidad salir de la pobreza patrimonial, a eso que en el pomposo lenguaje de los políticos han dado en llamar, y que significa que una familia no posee documentos del suelo que habitan, es decir cuando no se cuenta con la seguridad en la tenencia de la tierra.

En la actualidad CHABELITA trabaja incansablemente en sus principales proyectos: El Centro Comunitario, como los de la certeza jurídica de la tenencia de la tierra, ambos van por buen camino, gracias al empuje de ésta incansable Hidalguense, que quizás como un Atlante de aquellos de su tierra, haya venido aquí, para ser el soporte del progreso paulatino de su comunidad.

Otro gallo nos cantara, otro México tendríamos, si existieran más personas del linaje de “Chabelita García Paredes”.

Doña Chabelita: Gracias por elegir para fundar su hogar, a mi querida Baja California. Gracias por su generosidad.

AUTOR DEL ARTÍCULO:

ING. ALEJANDRO ESPINOZA ARROYO

EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA

SABADO 05 DE JUNIO DEL 2010.

Nota 1: Los hijos de Isabel García Paredes son: Gonzalo Ramón, Antonio Zacarías, Carlos, Juan Miguel, Guadalupe Elizabeth, Marisol, y José Andrés.

Nota 2. Próximamente escribiré sobre la Familia del Arq. Federico Guillermo Reyes Álvarez, originarios de Jiquilpan, Michoacán, México.

miércoles, 2 de junio de 2010

ORIGENES DE LA FAMILIA LOYA ESPINOZA.

Artículo escrito a petición de Demetrio Zamora Ramos:

La familia LOYA ESPINOZA, al igual que tantas otras familias primigenias de nuestra tierra bajacaliforniana, tienen su origen en las misiones, y en sus soldados de cuera, o soldados misionales, como fundadores de familias y sus descendencias. Los soldados de cuera se encontraban al cuidado de los misioneros, y al avance de la conquista del imperio español, institución que a partir del año de 1512, se utilizó como instrumento de penetración y dominio en los nuevos territorios conquistados y ocupados por el antes poderoso imperio español.

Los ascendientes para la familia Loya Espinoza, parten precisamente de las misiones peninsulares de la Baja California, teniendo como primer eslabón al español Juan Nepomuceno Espinoza, quien en diciembre de 1755, con veinticinco años de edad llega proveniente de Manila Filipinas, a la misión de San José del Cabo, hoy Estado de Baja California Sur, a bordo del galeón de Manila llamado “Santísima Trinidad”.

Juan Nepomuceno Espinoza, en viaje de Manila a Acapulco arriba a la misión de San José del Cabo, aquel año de 1755, en estado de salud sumamente grave, razón por la que se quedó para recibir atenciones por parte de los misioneros y algunas personas de la servidumbre de la misión, hasta que recuperó su salud.

Una vez recuperada sus fuerzas decidió quedarse, y en agradecimiento apoyar en las arduas tareas a misioneros, alistándose con ellos como arriero, viajando por la extensa geografía peninsular, hasta el pie de la sierra de San Pedro Mártir, con los misioneros jesuitas en 1766, año en que el misionero jesuita Wenceslao Link, funda el día 8 de marzo, el paraje conocido como San Juan de Dios, lugar donde pernoctó enfermo por llagas en una pierna fray Junipero Serra, en su viaje inaugural de la misión de San Fernando Velicatá a San Diego, Alta California, en 1769, razón por la cual al sitio se le denominó por algún tiempo como “San Juan de Dios de las llagas”.

En las estribaciones del sur de la sierra de San Pedro Mártir, hoy conocidas como sierra de San Miguel, es el lugar donde se encuentra el sitio en el que cien años después de las exploraciones de Juan Nepomuceno Espinoza, tiene origen la familia Loya Espinoza, siendo esta tierra parte de San Juan de Dios, en un lugar llamado Rosarito, conocido desde 1869 como: Rancho Rosarito de los Loya Espinoza.

Regresando a los orígenes Espinoza: Juan Nepomuceno Espinoza se casa en 1777 en la misión de Loreto, Baja California con Loreto Castro, indígena Cochimi de la zona fronteriza de la nación Cochimi y guaycura, El de 47 años de edad, Ella de 18, a quienes en 1778 les nace su primer hijo llamado Carlos Espinoza Castro. Desde entonces a Loreto Castro los misioneros la llamaron: “Mamá Espinoza”.

Carlos Espinoza Castro, fue soldado de cuera o misional, fue nutriero, el primer Espinoza en El Rosario, fue dueño de San Juan de Dios, y de toda las tierras de la misión de El Rosario, se casó en 1832 con María Dolores Salgado Camacho originaria de la misión de San Vicente Ferrer: El de 54 años de edad, Ella de 21: les nace María Rita en 1833, Ildefonza en 1834, José del Carmen en 1838, y Daniel Isidro en 1839 (Daniel Isidro muere niño).

Todos nacen en San Juan de Dios, rancho Espinoza desde 1799, ubicado unos cuarenta kilómetros al Este de El Rosario, Baja California, el que fuera también conocido como Rancho misionero de San Juan de Dios, por estar diseñado y construido como una misión.

José del Carmen Espinoza Salgado se casa con María de la Cruz Marrón Murillo, naciéndoles en el mismo rancho de San Juan de Dios, sus hijos fueron: María de Jesús en 1855, María Gertrudis en 1856, y Policarpo en 1857, y en 1858, José del Carmen fallecido a los seis meses de edad.

Hacia el año de 1867 llegó al rancho de San Juan de Dios en busca de trabajo un altísimo hombre de unos cuarenta y tres años de edad, originario de Villas del Parral Estado de Chihuahua, llamado Ángel Loya Moreno, quien se quedó como vaquero a las órdenes de los Espinoza, casándose en 1869 con María de Jesús entonces quince años de edad, hija mayor de José del Carmen Espinoza Salgado, nieta de Carlos, y bisnieta de Juan Nepomuceno, y de la “Mamá Espinoza”: Loreto Castro, quien había fallecido en la casa de su hijo Carlos el año de 1838, en El Rosario, cuando ella contaba con ochenta años de edad, y que para la fecha de su deceso se le conocía también como la “Nanita Loreto”.

Al estilo decretado por el visitador José de Gálvez, emitido en agosto de 1769, con el cual pretendía poblar las inmensas soledades peninsulares, María de Jesús Espinoza Marrón recibió de su familia Espinoza como dote: 50 vaquillas, un semental, un gallo, cinco gallinas, aperos de labranza, una casa, caballos, mulas, burros, cerdos, y ovejas, así como el rancho “Rosarito”, propiedad Espinoza desde unos 70 años antes.

Se casa con Ángel Loya Moreno en la exmisión de Santo Tomas de Aquino, el día 30 de julio de 1869, regresando de inmediato al rancho de San Juan de Dios, donde se les preparó una fiesta a la usanza de los pioneros que duró sólo quince días, teniendo como invitados a toda la rancherada desde el rancho Matanuco, y Cueros de Venado de la Tía Juana, hasta la ex misión de San Ignacio, Baja California Sur, que en aquel entonces era la zona donde se encontraba asentada la familia Espinoza, pertenecientes ya a cuatro generaciones.

Los Loya Espinoza tuvieron muchos hijos, todos nacidos en San Juan de Dios, a excepción de José del Carmen Loya Espinoza, nacido en el rancho Rosarito de los Loya Espinoza, quien fue conocido durante toda su vida como: “Nico Loya”. Los demás nacieron en la casa grande, la de los abuelos, de los bisabuelos, que aun Vivian todos juntos en la casona de enormes dimensiones. En ese lugar nacieron los hijos, nietos, bisnietos, y tataranietos de sus dueños originales: Carlos Espinoza Castro y su esposa María Dolores Salgado Camacho.

Los hijos Loya Espinoza fueron: Jesús el mayor, Ángel, Rosa, Inés, Francisco, Teresa, Ascensión, Guadalupe (hombre), Aquilina, José del Carmen, Custodio, Leopoldo, Leonor, y Ángela (la menor).

Vivieron todos ellos en el rancho “Rosarito de los Loya Espinoza”, durante al menos el lapso transcurrido entre 1869 a 1927, en ese tiempo nacieron todos ellos, se casaron, nacieron los nietos, y bisnietos. Viajaban desde todos los ranchos hasta el naciente pueblo de Mexicali, cruzando la sierra de San Pedro Mártir, el desierto de San Felipe, y la sierra de los Cucapah.

Durante esos 58 años en el rancho se realizaron grandes trabajos, se elaboraba uno de los mejores vinos peninsulares, ya que ahí se encontraba Tomas Vidaurrázaga Arce, uno de los mejores vinateros de antaño, incluso ahí en las cercanías del rancho murió a causa de unas barricas de vino que le cayeron encima en la cuesta de “El Salto”, cuando viajaba en carro de mulas de Rosarito de los Loya Espinoza al rancho grande de San Juan de Dios.

En ese lapso de tiempo también ocurrieron grandes y dolorosas tragedias en el rancho; pues ahí fue asesinado el incansable y emprendedor Jesús, el hijo mayor del rancho.

La familia sufrió grandes atropellos, antes, durante, y después de la revolución mexicana, a manos de gavillas de mal nacidos forajidos expertos en la lapidación de los bienes ajenos, en la violación de mujeres, y en golpear y asesinar a los rancheros.

Sufrieron en este como en todos los ranchos, desde luego, como se iban a escapar, el ataque permanente de la policía rural, conocida como la “acordada”, de los deshonestos aduaneros, de los políticos, y de otros salteadores de caminos y ranchos.

Podremos imaginar si vemos en retrospectiva, como se sentirían aquellas abnegadas familias, las que abrieron a sudor, lagrimas y sangre, aquellos sitios antes inhóspitos, en productivos ranchos ganaderos, autosuficientes en todos los aspectos, y que repentinamente, de la noche a la mañana, llegaban esos mal nacidos con manos limpias, y se apoderaban tanto de los bienes como de la paz de los rancheros. ¡Que injusticia!,

Debe ser, sin lugar a dudas, esta, una de las principales causas del muy lento avance de México como nación. Asaltaban, despojaban, y asesinaban los bandoleros, los encargados de perseguirlos, los que debían vigilar el progreso, y los que debían mantener la paz.

Por su parte los políticos en aquellos tiempos no se acercaban a pedir el voto, pues no era necesario, de cualquier forma ya tenían repartidos los puestos, no, ellos se acercaban a intimidar, a solicitar caballada, ganado, carne seca, queso, vino, y algo del escaso dinerito que los rancheros poseían Si no les daban esas “cooperaciones”, se despedían muy amablemente, con hipócrita cortesía, y mas tarde enviaban sobre los rancheros a sus aliados, los que no andaban con rodeos, ni con medias tintas: los bandoleros… esos que arrasaban con todo, a sangre y fuego. Fue la causa por la que toda la familia abandonó el rancho, partiendo en busca de nuevos horizontes en muy diversos lugares. Desde hace unos setenta años el saqueado rancho del Rosarito de los Loya Espinoza, existe en ruinas bajo la más profunda soledad, arropado por los polvos del olvido.

De la familia Loya Espinoza, solo tuve la oportunidad de entrevistar a José del Carmen, quien fue conocido durante su vida como: “Nico Loya”. Conocido así porque fue pequeño no le gustaba su nombre, y solo lo aceptaba por ser el de su muy querido tatita José del Carmen Espinoza Salgado (su abuelo materno). Lo de “Nico Loya” le llegó a causa del disgusto que su nombre le causaba, los mayores de la familia le contestaban en referencia a eso: “Ni como cambiártelo José del Carmen”, tanto le repetían la frasecita hasta que le quedó, “Nicomo”, y años mas tarde en su primera infancia solo Nico, y después “Nico Loya”.

En 1972, entrevisté en Ensenada a Nico Loya, me relacionó infinidad de informes de los cuales dejo aquí algo asentado, fue además la primera entrevista que escribí, cuando contaba yo con catorce años de edad. Después de su muerte, ocurrida hacia 1985, entrevisté en varias ocasiones a su hija María Loya Peralta.

Me comentó Nico Loya que cuando él contaba con nueve años de edad en 1898, su padre ya enfermo, en el rancho, iba saliendo del umbral de la casa, y cuando se disponía a dar su primer paso fuera en aquella fría mañana, estaba un viejo perro dormido al pie de la entrada, aprovechando el calorcito de los primeros rayos del sol: Don Ángel le dijo a su hijo Nico:

¡Mira este perro cabezón, está más jodido que yo!

Don Ángel dio un segundo paso, y se desplomó muerto con los pies casi dentro de la casa, encima del perro, y casi en los brazos de Nico, a quien hasta sus noventa y seis años edad le retumbaban las últimas palabras pronunciadas por su padre.

Don Ángel Loya Moreno, descansa en el pequeño panteón del rancho, en una tumba que se asemeja a una misión a pequeña escala. Fue hijo de Juan Loya y Laura Moreno, oriundos de Villas del Parral, Chihuahua, lugar del que salió, y al que jamás regresó.

María de Jesús Espinoza Marrón, falleció en El Rosario, Baja California, México hacia 1930. Sepultada en el mismo lugar, en una tumba que asemeja una pequeña bóveda.

Ángela Loya Espinoza nacida hacia 1895, se casa con su primo Alejandro Espinoza Peralta, mejor conocido como “Mechudo Espinoza”, ambos de la misma edad, quienes procrearon a: Gustavo, Emilio, Arnulfo, Maura, y María Guadalupe.

De la basta familia Loya, solo algunos descendientes de Custodio, de Leonor, y de Francisco viven en El Rosario; el resto habita en muy diversos lugares de la península, y en Estados Unidos de Norteamérica.

María Guadalupe Loya Espinoza se casa con Demetrio Zamora, vivieron en Maneadero, en las cercanías de la ciudad de Ensenada: siendo los padres del profesor Demetrio Zamora Espinoza, quien a su vez fue padre de Demetrio Zamora Ramos, quien me ha solicitado estas relaciones.

Ahora bien: ¿Qué nos queda a los que descendemos de aquellos ranchos como herencia, y como remembranzas?

Por principios de cuentas, tenemos que por los mismos motivos que originaron el abandono del rancho “Rosarito de los Loya Espinoza”, fueron la causa principal para el abandono de los ranchos de: “Santa Ursula” de Bruno Peralta Veliz, (suegro de Nico Loya), “San Antonio”, y “Los Mártires”, de los Duarte Espinoza, San Juan de Dios de Los Espinoza, San Fernando Velicatá, en la ex misión, de los Montes Espinoza, Santa Catarina, de Gilberto Peralta Veliz, El Cartabón de los Espinoza, Las Codornices, La Escondida, de los Espinoza, entre muchos otros, como los antiguos ranchos de los Machado, digo esto por citar solo algunos de la zona de El Rosario, pues esta situación se dio en la mayor parte de la geografía bajacaliforniana.

Son muy pocos los ranchos que lograron permanecer, como San José de los Meling, arriba de San Telmo, La Suerte de los Espinoza, (El Rosario), El Águila de Reyes Quiñónez Castellanos (Guayaquil), Santa Inés de los González (Cataviñá), Los tres Enríquez de los Smith, ya que los mas desaparecieron, o se encuentran desde hace mucho tiempo en la ruina total, o parcialmente ocupados.

Las familias se dispersaron en desbandada por los motivos ampliamente comentados en este breve trabajo.

AUTOR DEL ARTÍCULO.

ING. ALEJANDRO ESPINOZA ARROYO

EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA, MEXICO

01 DE JUNIO DEL 2010.