"NUESTRA TIERRA SE LLAMA "BAJA CALIFORNIA", NO SE LLAMA "BAJA":
SOMOS "BAJACALIFORNIANOS", NO SOMOS "BAJEÑOS"...

martes, 17 de julio de 2012

ANECDOTAS Y PREMIOS EN LAS FESTIVIDADES DE ANTAÑO EN EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA.

Nuestras tradiciones son cultura y conocimiento, valoremos y preservemos nuestro pasado.
Si utiliza esta investigación, completa o en partes, favor citar la fuente; no al plagio, no a la piratería, no al robo del trabajo intelectual.

Por Ing. Alejandro Espinoza Arroyo
12 de Julio de 2012
Patente 1660383.
Artículo número 97.
Somos de la Baja California, no de ‘Baja’.

        La celebración de la fundación de El Rosario, Baja California, hasta hace unos años se empezó a festejar; fue en 2005, en que un grupo de personas se unieron, y a base del esfuerzo más de unos que de otros dentro del mismo grupo, dio inicio a los festejos de la fundación de este pueblo acontecida el 02 de julio de 1774, por la orden misionera de los dominicos, siendo su presidente en la península Fray Vicente Mora.
   Antes que esos festejos de la fundación de  El Rosario, se festejaba sólo a la virgen de El Rosario, el día siete de octubre de cada año, a partir de 1774, como aun se sigue haciendo.

NARRATIVAS DE LOS HERMANOS ADALBERTO ‘CARACOL’, JOSE DEL CARMEN ‘TAMBO’, Y CARLOS ‘DON CHALE’ ESPINOZA PERALTA.
     Los tres fueron hermanos menores que mi bisabuelo Santiago; de aquéllos tres, el mayor fue Adalberto ‘Caracol’ Espinoza Peralta, quien nació en el rancho antiguo ‘Espinoza’, llamado San Juan de Dios, el 30 de junio de 1890, es decir que nació hace 122 años.  Fueron tataranietos del primer vaquero  californio, el español Juan Nepomuceno Espinoza, quien llegó a Baja California en 1755; y desde aquel entonces la gran mayoría de sus descendientes hemos aprendido el oficio misional de las vaquerías, entre muchas otras actividades campiranas.
    En 1969, parte de los meses de junio, y julio, cuando mi tío ‘Caracol Espinoza’ contaba con 79 años de edad, y yo con sólo 11, me tocó andar en las campeadas de compañero vaquero con él, campeamos por la sierra de San Juan de Dios, El Metate, el Corral del medio, y muchos otros antiguos parajes de El Rosario; en esos días me narró sobre las fiestas  ‘de la virgen’, y los premios que recibían los ganadores, y muchas otras anécdotas de sus tiempos, y de los tiempos de sus padres, abuelos, y bisabuelos.
      En este breve relato les contaré casi en sus propias palabras, y en el habla popular original que desde la época misional todos los vaqueros y rancheros californios usan, aunque en la actualidad muchos vocablos se han perdido, o los utilizan los rancheros que viven en la alta serranía.


Algunas pláticas que tuve con el tío ‘Caracol Espinoza’:

Por qué le dicen Caracol, le pregunté un día que subíamos una empinada montaña, por una milenaria vereda de los primeros pobladores.
A mi tatita José del Carmen Espinoza Salgado le gustaba mucho tomar café de un grano chiquito que se  llama ‘caracolillo’, y como tengo los ojos tan chiquitos, decía: Mira el niño tiene los ojitos como café caracolillo, y por eso me dicen ‘Caracol’.

Otra de mis preguntas para él: ¿Desde cuando aprendió a ser vaquero?
Puuchi, ni me acuerdo, porque desde que  empezábamos a andar, ya nuestros tatitas nos traiban a caballo, ya para los 8 o 10 años éramos hombres de trabajo duro, aunque algunos eran muy matreros para aprender, y otros de plano eran muy espesos, y ordinarios.
       Fíjate cuando mi papá Policarpo ‘Polo’ Espinoza Marrón era joven por 1870, era regueno pa’ montar los caballos que iban a juerz’e carrera,  les armaba volido, y caiba montado en la bestia, en puro pelo, a luego se bajaba también a juerza de carrera; y cuando nosotros éramos chicuelones, nos ponía en ringlera a todos, y nos enseñó a hacer lo mismo, pero como él era zurdo, batallábamos muncho pa’garrarle la maña, y luego que también éramos mesteños, aunque él lueguito nos pillaba, sabía cuando coyoteábamos para no estar en la ringlera.
Recuerdo que en una ocasión yo traiba unas matadas en las corvas, pero a mi papá no le importó, y me dijo: Ande chivato muchacho, le estoy ordenado que corretelle y monte a ese torete; n’ommbre, le monté y por allá jui a dar y calli de puro zalate, me dolían tanto las corvas, y  la cayda me sacó el aire, y me dolían mucho los hijares.
En otra ocasión, yo tenía unos 17 años de edad, el ‘Tambo’ unos 14, y el ‘Chale’ unos 8, jue como en mil nuevecientos siete, mi tatita (abuelo) José del Carmen Espinoza Salgado, nos mandó llamar, quesque jueramos a traer unas bestias que habían armado carrera pa’lado del camino de ‘los abajeños’, y no pue’nosotros nos juimos cortando las huellas de las bestias, y a luego que la columbramos, pensamos que las íbamos a lazar, y que fácil las traibamos cabrestiando pa’l rancho, pero ni cuando que las alcanzamos, si eran bronquísimas, andábamos muy acongojados todos, porque las órdenes de mi tatita las teníamos que cumplir, sino ni dios padre nos podía salvar. Cuando llegamos al rancho sin las bestias, nos preguntó mi tatita:
¿En dónde están las bestias muchachos chivatos espesos?, nosotros jalamos pa’tras con la misma, luego, luego, ni siquiera nos apiamos de los caballos, juimos y cuando volvimos a columbrar a las bestias, durante toitito el día las arriamos hasta una rinconada, y jue cuando los lazamos, y los tuvimos que trair maniadas, y con tap’ojos puestos, porque eran rebroncos, pero era mas el miedito que le teníamos a mi tatita, y a luego que nos vio llegar con las bestias sorteadas, nos dijo:
 ¡No que no, no que muy broncas!, y alístense pa’que las lleven pa’l Rosario pa’ las fiestas de la virgen.
Uno de esos caballos, en las fiestas unos días después por poco y mata al ‘Tambo’ mi hermano, le pegó un revolquiza, le pisó las manos, y lo mió; y cuando le dije, qué collón eres, entonces me dijo, no juera siendo que tú te les quedes encima a ese caballo, le constesté:
Pueeguro que le monto y me le quedo; salta y súbete a las trancas del corral y mira cómo se jinetella, y le monté. Y qué pasó tío le pregunté.
N’ommmbre el arrebatado animal armó volido conmigo arriba, y tan presto que ya me sentía armado, no me va tumbando, quedé con la cara en el puritito polvo, y luego vino el Tambo pa’levantarme, y me dijo, ya vi cómo se debe montar Caracol, me dieron ganas de pegarle una ganatadas, pero andaba muy jodido, y capaz que me las pegara él a mi, pero después calli en cuenta que no me hubiera ganado, porque era muy ordinario pa’peliar el sencillo, y se luriaba porque creiba que era gueno para los puñetazos.
A figúrate, que tan malo no sería pa’peliar, que una vez, cuando tenía como unos veinte años de edad se pelió con gringo, el gringo era una porquerilla de hombrecito, y luego la palomilla le preguntaba al Tambo:
 ¿Y cómo te jue en el pleito con el gringo Tambo?, y mi hermano contestaba: ¡Pues me jue bien, tan presssto estaaba él arriba de mi, tan presssto estaaba yo abajo d’él!; y la parientada le decía:
 ¡Como quien dice, te pegó una revolcada el gringo loco!

       Cuando recién aparecieron los carros en El Rosario, creo que jue como en mil nuevecientos trece, eran puros gringos locos, como el que ganatió al Tambo, iban y venían, nosotros ni cuando que supiéramos como manijar uno d’esos carros; mi hermano Santiago, tu bisabuelo, jue de todos el que primero compró un carro, era un picapito con trasmisión de uña, y lo trajo pa’l Rosario. Una vez íbamos bajando él y yo la cuesta blanca en aquel picapito, Santiago iba manijando, pero no creas que sabíamos manijar muy bien, y luego empezó a agarrar velocida el mentado picapito, y Santiago le jalaba la palanca pa’meterle cambio bajo, y a luego que no pudo me dijo: ¡Préndete Caracol!, y que me le voy prendiendo también a la palanca, una rechinadera que llevaba el cambio, y entre mas rechinaba más juerte le jalábamos entre los dos, y el picapito brinco y brinco cuesta abajo, y más juerte le jalamos, y base’saliendo la palanca, se quebró la trasmisión, y es que Santiago nunca piso el clochi, por eso no entró el cambio; ¡puueguro!, cómo iba entrar si el clochi para eso era, pero con los apuros se nos olvidó que debía pisarlo; y luego que logramos maniarlo, dijo Santiago:
¡Pero si nos sirven para nada Caracol, qué no vez que está apolillada la mentada trasmisión!
       Cuando andábamos aprendiendo a manijar aquellos carritos, y si los queríamos maniar, les gritábamos ¡Oh, Oh, Oh!, como si jueramos en los carros de mulas, hasta que por fin los empezamos a maniar con las manellas del mismo carro,  después ya no se escuchaban los gritos para que maniara, a menos que anduviéramos en copas.
Noo, si munchos ni aprendieron a manijar nunca,  y menos en la nochi, munchos siguieron andando a caballo, a pie, o en carros de mulas; ya ves m’ijo ‘Raile’ siempre anda a pie, y m’ijo ‘Chayo’ también, y son reguenos para andar, van y vienen a la playa a pura pata, y cuando se suben a un carro es de raite.



Algunas charlas que tuve con el tío ‘Tambo Espinoza’.

¿Y por qué le dicen Tambo tío?, le pregunté en una ocasión, cuando ya él contaba como más de ochenta años de edad:
Pues a figúrate que cuando yo estaba chiquito mi mamá para hacerme cariños me decía: Tan Bonito m’ijito.
Y a luego mis hermanos mayores me dejaron el cariño muy corto ‘Tambo’, y por eso me dicen: ‘Tambo’.
Cuando mi mamá murió, en mil nuevecientos ocho, yo tenía como 22 años, ya era hombre, y mi papá murió en mil nuevecientos veintiocho.
¿Y usted fue un buen vaquero, como sus hermanos?, porque he escuchado que usted era el caporal.
Sí, eso le decía yo a Chepita mi vieja, cuando me iba pa’la sierra, pero la verdad es que era el cocinero, porque siempre fui muy ordinario y collón para montar las bestias broncas, no, y si las montaba siempre, pero cuando ya eran mansitas, ya el ‘Caracol’, o el ‘Chale’ las habían dominado, mientras yo me hacía el perdido pa’que no me estuvieran recriminando, era muy matrero pa’ la montada.
¿Y Tomaba Usted?
Sí, si tomaaba, pero a mi’ja Emma no le gustaaba verme tomar, y me acuerdo que en una ocasión en la casa estaaba medio borraacho, y a luego que pillé que venía Emma, me lancé de clavado a la cama pa’hacerme el dormido, pero por las premuuras me lancé al espejo donde se veía la cama, y que vooy cayeendo con toititas las cosas y con el espejo al suelo, y Emma, que ni sabía que yo estaaba allí, vino y me puso una regañiza, que hasta lo borracho se me quitó.
    Y una vez que andaba en San Diego, miré en una vidriera muy limpia a un julano,  que venía de frente hacia mí, a luego pensé:
Eese que viene allí, se paareece y no se paareece a mi, y luego disimulaba no verlo, y seguí andando, y resulta que era yo mismo que me reflejaba en la vidriera.
¿Es cierto que una vez se peleó con un gringo?
Sí, yo estaba muy a gusto recostado en un poste tomando sol en El Rosario, y pasó un gringo loco, y me miró muy fello; ¿Queé, le dije?; ¿What? Me contestó, y yo le entendí que me había dicho ‘gato’, y que lo pepeno a puñetazos, bueno, le hice unos ademanes, le tiré un gancho al hígado, y un yap de izquierda, pero se los capió, le tiré un patadón, y a luego que me arrebató a ganatadas, me daban ganas de gritarle a mi hermano ‘Mechudo’ para que me prestara el chaquetón con el que le había pegado a otros, pero no tuve chanza, pero nos dimos buen tiro el gringuillo y yo. Tan preessto estaba él arriba de mí, tan preessto estaba yo debajo de él; en el primer descuido del gringo salí de juida, y ya nunca lo volví a ver.
Mi hermano ‘Mechudo’ tenía un chaquetón, con ese les pegaba a sus contrincantes, y apenas aguantaban un chaquetonazo, a luego caiban naquiados, y es que el ‘Mechudo’ le poonía piedras, o paalos gruesos en las bolsas. A luego, munchos que se queerían peeliar con él le deecían: Pero no pilles el chaquetón, que el pleito sella a mano limpia.
¿Por qué dejaron sus casas en San Juan de Dios, usted y mi tío Cecilio su hermano?
Sí, hicimos unas casas regrandes, estaban muy cerca las dos, pero la primera esposa del Cecilio, que se llamaba Cecilia Romo, murió muy joven; y se jue pa’l Rosario con sus hijos chicuelones; y al poco tiempo también se murió mi vieja que era hermana de Cecilia, y se llamaba Juana Romo; entonces me jui pa’l Rosario, pero no tuvimos hijos. Luego Cecilio se casó con Eloísa Peralta Murillo, y yo con Josefa Vidaurrázaga Peralta, jueron nuestras segundas viejas, y ni modo, qué le vamos a hacer, ellas eran nuestras primas por parte de Peralta.
Cuando hicimos las casonas, teníamos de toitito lo que se usaba en aquéllos tiempos, zarzo pa’ las asaderas, corredor, horno pa’la cal pa’ pintar las casas, y para limpiar los menudos, y a veces pa’cocer el mayz; las conchas de la playa las cocíamos en el horno a luego la molíamos hasta que quedara puro polvo, esa era la cal.
Mi tatita, y nosotros también hacíamos licor de mezcal pardito, él nos enseño, en San Juan de Dios toavía existe el pozo donde cocíamos la cabeza del mezcal.

Algunas charlas que tuve con el tío ‘Don Chale Espinoza’.

¿Por qué le dicen ‘Don Chale’?, le pregunté un buen día,  fue eso como en 1972, en casa de mi padre a donde iba a tomar café casi todas las tardes; ocurrente  y buenazo que era me contestó.
Por viejarro que estoy, porque antes nomás me decían ‘Chale’, quesque porque a los gringos que se llaman Carlos les dicen Charly, por eso me dicen Chale, parecidon, parecidon.
¿Que usted fue muy buen vaquero dicen todos en el pueblo?
Quien sabe porque dirán eso, si toavía soy buen vaquero, desde que me acuerdo siempre he andado a caballo y mulas, ahora últimamente empecé a manijar un picapito chevrol, ese que’sta ajuera, aunque tuve primero una canonata (camioneta) que me daba muncha lata una llanta, porque el tigote no servía, y se acabó mi canonata porque el Salcido (Alcides), unos ajelerones le pegaba; lo primero que se le descompuso jueron las manellas por tanto pompiarle, y es que Santiago me dijo: Cuando no quiera maniar la canonata pedalellale para que pompelle el líquido pa’ las llantas.
¿Cuál líquido?
¡El de las manellas!
¿Tío Don Chale, me han platicado que una vez quemó a su primo Pino Acevedo Saiz?
Sí, pero jue sin querer; y es que Santiago mi hermano nos mandó a comprar lonchi pa’l Rosario, estábamos en San Juan de Dios, y nos juimos de madrugada en un carrito cehevrol que no hacia muncho había comprado en ‘Pino’, era un carrito muy bonito, y lo cuidaba mejor que lo que él se cuidaba.
Juimos pa’l Rosario, surtimos el lonchi que nos encargó Santiago que le mandaban de Ensenada de la tienda del chino Rafael Chan,  a luego que recibimos aquel lonchi, le entregamos otra lista pa’que la enviara el chino un mes después.
Cargamos el carrito, pero eran tantas cosas, por costales de harina, azúcar, arroz, frijol, manteca, café, y munchisimas cosas, que se llenó el carrito, hasta en el vidrio de atrás, y en el asiento hasta el techo, en medio de nosotros, y en los pies, yo casi ni miraba al ‘Pino’, nos paramos con en El Arenoso, y juimos hasta El Progreso a tomarnos un vinito con Marcelino Cajeme García.
   Ya pardeando la tarde, cuando se había quitado la resolana, nos juimos pa’ San Juan de Dios, llegamos de nochi, y ajuera estaban todos en el patio del rancho, en una lumbrada.
Ya pa’ llegar está un arroyito con arena y piedras, el ‘Pino’ pasó el vadito, pegó muy juerte la panza del carro, nos bajamos, y me dijo el pino, se desfarató el tanqui de la gasolina, ya le puse un dedo en el ahujero, ve y traite un jabón de pan pa’ tapar el tanqui.
Yo me jui por el jabón, y cuando ya venia de regreso me traje un tizón ardiendo pa’ lumbrame porque estaba muy oscura la nochi.
¡Aquí está el jabón le dije al ‘Pino’, y se lo di!
Está muy oscuro, no veo nada dijo el ‘Pino’, entonces para alumbrarlo, meti el tizon ardiendo pa’bajo del carro, y que va explotando, lueguito llegaron munchos de la casa, y sacamos al ‘Pino’ de abajo del carro, lo apagamos con arena, y a cobijazos, no le quedó nada de cejas, pestañas, ni pelo; y el carrito se quemó toitito junto con todo el lonchi, nada pudimos rescatar.
Toavía está donde mismo el carrito, luego que pasaron las semanas el ‘Pino’ lloraba más por el carrito que por las quemaduras.

Las fiestas y los premios de aquéllos tiempos.
Tomado de las pláticas que tuve con Tío Caracol Espinoza.
      Bueno, y en la fiestas que hacíamos el día de la virgen, durábamos munchísimos días de fiesta, tomábamos cola de burro, comíamos barbacoa, carne asada, machaca, asaderas secas y frescas, miel de abeja, menudo, tortillas de harina, cabezas de res tatemadas en pozo; bailábamos, hacíamos jaripellos, jugábamos al ‘palo encebado’, ‘al cochi encebado’, carreras en costales, carreras parejeras de caballos, le dábamos unos tragos de cola de burro a algún julano, y a luego corrilla a juerza de carrera, y llegaba a una estaca bajita que estaba clavada en medio del campo, y le tenilla que dar diez vueltas, agachado y agarrando la estaca; noommbre caiba redondito al suelo como a la quinta vuelta, a veces duraban hasta l’otro día pa’poder estar buenos otra vez, luego de tanta tarahuila en la estaca, se la pasaban gomitando toitita la nochi, por lo regular los curábamos con lechi bronca y con pancha de gajo.
En las fiestas siempre el premio mayor era una alazana, qu’era una moneda de oro, y a veces cuando estábamos muy rieles en la economía, era una moneda de plata, además al ganador absoluto se le obsequiaba un ajuar de vaquero, chamarra de mezclilla, pantalón de mezclilla también, camisa de cuadros, un par de botas vaqueras, un par de espuelas, herraduras para su caballo, todo eso y hasta una montura, y una carabina 30-30 se ganó el Chale mi hermano, que a él nadie le ganaba, fue el mejor de toda la vaquerada.
Aunque de breve manera he narrado algunas anécdotas de mis tíos bisabuelos, a quienes tuve el gusto de conocer y convivir con ellos, pero sobre todo aprender de sus muy ricas tradiciones, que al vivirlas, para ellos, como para nosotros son simplemente la vida cotidiana. En las actuales fiestas a celebrarse a fines de la presente semana del 20 al 22 de julio de 2012, al festejar el 238 aniversario de la fundación de El Rosario, sin que mucho lo sepan, van a salir a relucir tantas situaciones, igual como pasaron en los tiempos de los tatarabuelos de nuestros bisabuelos; lo mejor de todo, será, que ahora seamos nosotros los que debemos trasmitirlas a los chicos.
Porque cómo dirían nuestros viejitos:
Puuchi Semos munchos, por eso trabajamos tanto, para que a los ñetos no se les olvide el porvenir, ni lo que pasó.


AUTOR DEL ARTÍCULO:

ING. ALEJANDRO ESPINOZA ARROYO
EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA
17 DE JULIO DE 2012

La presente investigación se encuentra protegida por los derechos de autor según patente 1660383, se permite su uso, siempre y cuando no sea con fines políticos, de lucro, comerciales, y se otorguen los créditos correspondientes.

NOTAS RELEVANTES:
Adalberto ‘Caracol’ Espinoza Peralta, falleció en 1980,  a los 90 años de edad, fue sepultado en El Rosario, Baja California.
José del Carmen ‘Tambo’ Espinoza Peralta, falleció en Ensenada a los 96 años de edad, había nacido en el rancho San Juan de Dios, en 1893.
Carlos ‘Don Chale’ Espinoza Peralta, falleció en El Rosario,  como en abril de 1974, a la edad de 75 años, había nacido en San Juan de Dios, en 1899.
El mayor de los hermanos Espinoza Peralta, fue Juventino, nacido en San Juan de Dios, en 1877, seguía Santiago en 1878, Cecilio en 1880…

Significado de algunos vocablos utilizados en la narrativa.
Cabrestear: Jalar a un animal con una rienda.
Capió: Esquivar un golpe
Corvas: Parte alta de la pierna
Canonata: Camioneta
Chevrol: Chevroloet
Hijares: Costado del cuerpo, zona de las costillas.
Maneas: Frenos
Ñetos: Nietos
Pompellale: Bombeale
Pedalellale: Pedaléale
Tarahuila: Dar vueltas, hasta marearse
Tatita: Abuelo, incluso bisabuelo, o tatarabuelo.
Tigote: Pivote de la llanta.
Volido: Vuelo

Ala izquierda Adalberto ‘Caracol’ Espinoza Peralta, a la derecha su sobrino Francisco Espinoza Arce, hijo de Policarpo ‘Hijo’ Espinoza Peralta: El Rosario, Baja California, 1940.


 Carlos ‘Don Chale’ Espinoza Peralta, en viaje de El Rosario a la sierra de San Pedro Mártir, siendo guía de Harry Crosby, para los trabajos de investigación en Baja California. Foto: Harry Crosby 1967, me fue facilitada en 2011  por la Universidad de California, Campus San Diego: UCSD, biblioteca central.


Tatita Policarpo ‘Polo’ Espinoza Marrón, El Rosario, BC 1927. Colección: Archivo Ing. Alejandro Espinoza Arroyo.Jose del Carmen ‘Tambo’ Espinoza Peralta


Y su Josefa Peralta Vidaurrázaga: Boda 1923.
Colección: Archivo Ing. Alejandro Espinoza Arroyo



Carro de Agripino ‘Pino’ Acevedo Saiz, que se quemó con las
Mercancías al llegar al rancho de San Juan de Dios.
Foto: Alejandro Espinoza Jáuregui: 17 Septiembre de 2007.
Colección: Ing. Alejandro Espinoza Arroyo.

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