"NUESTRA TIERRA SE LLAMA "BAJA CALIFORNIA", NO SE LLAMA "BAJA":
SOMOS "BAJACALIFORNIANOS", NO SOMOS "BAJEÑOS"...

martes, 14 de septiembre de 2010

PANTEON MISIONERO DE EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA.

Cuando en 1774, se estableció en lo que hoy conocemos como El Rosario de Arriba, el primer sitio de la misión en el paraje Viñatacot, así conocido durante milenios por las tribus de los primeros pobladores, los mal llamados “indios”, y que a partir del año de su establecimiento nace El Rosario, nace un asentamiento mas para mitigar en poco la ansiedad de mas territorios y dominios del imperio español en la península de Baja California, como un logro de la orden dominica, las mas austera y pobre de las tres que sometieron la tierra peninsular y a sus habitantes, bajo el yugo español. El Rosario, fue el primero de los fundados por esa orden misionera. Es a partir de aquella fecha en que se introdujo en el nuevo rincón del dominio hispano, la costumbre de sepultar a los fallecidos, al estilo de ellos.

En el primer asiento misional establecido en aquel ya remoto año, se abrió un panteón para las gentes de “razón”, mientras que era costumbre de los misioneros que a los neófitos se les sepultaba aparte, para el caso de El Rosario, en el sitio de la primera misión, se sepultaban en la parte noreste, sobre una colina, en la cual recientemente se construyó el acceso a base de una rampa en concreto, la cual conduce a la colonia “la misión”, esta rampa se construyó en el preciso sitio donde se encontraba el panteón de los “neófitos”, Penitentes, indios, o salvajes, que era como los misioneros y cualquier extranjero llamaban a los cochimies, a aquellos pobladores milenarios, y que eran considerados en muchas ocasiones y por muchos, como de menor calidad; al menos ante los ojos, y la escala de aceptación que prevalecía en aquellos tiempos.

A la gente de “razón”, es decir a los misioneros, los soldados de cuera, a los arrieros, artesanos, y otros individuos catequizados, de los que ya habían aceptado por las buenas o por las malas la doctrina dictada por la iglesia, y algunos individuos extranjeros que medio sabían la cultura occidental europea, o al menos básicas nociones de esta tenían, siempre y cuando hubieran sido de alto valor y apoyo para la misión, eran sepultados cerca de los edificios de la misión, y a los frailes dentro de esta, en el piso, aunque después se eliminó esa costumbre de sepultarlos en el interior del templo; se hacia también en el patio posterior. Solo en ocasiones lo hacían con los soldados de mayor confianza. Nuestro padre fundador Carlos Espinoza Castro, fue sepultado en el panteón de la misión de San Fernando Velicata, la única en la península, fundada por la orden de los franciscanos, aunque esto sucedió cuando la misión como institución ya no existía. Falleció el 12 de mayo de 1883.

Para el año de 1802, en que se estableció el segundo sitio de la misión, en lo que hoy conocemos como El Rosario de Abajo, de inmediato se abrió un nuevo panteón al suroeste de las construcciones del nuevo sitio misional. Aunque desconocemos en la actualidad a quien fue la primera persona que se le sepultó en ese lugar, sabemos que a partir de aquel año, la mayoría de los rosareños allí descansan.

Posteriormente, tal vez unos ochenta años después, esto es hacia 1880, se extendió el panteón hacia el Este, colina arriba, en cuyo lugar se han sepultado infinidad de personas, mayormente de las familias Valladolid, Meza, y Ortiz. Por cada diez nuevas tumbas en la parte baja del panteón, se abren si acaso dos o menos en la parte alta de la colina, dado que arriba los estratos que forman el suelo, es de antiguas playas, areniscas altamente consolidadas, y estratos fosilizados, que provocan alta dureza en el terreno, cosa que no sucede en el suelo transportado, a base de suaves arenas y arcillas, sedimentos que las corrientes pluviales transportan al arroyo, y este las transporta al mar, esos polvos bajan desde lo alto y desde las estribaciones de la mesa de “La Corcho lata”, y son los que dan origen al terreno del Campo Santo en la parte baja.

A nuestros días ha llegado un valioso legado, relativo a la original costumbre de la conmemoración del día de muertos, que se ha transmitido de generación en generación, y que Don Manuel Clemente Rojo, dejó algunos muy importantes pormenores escritos acerca de esta, como costumbre del sistema misional, y por lo tanto del credo católico.

MOTIVOS Y ANTECEDENTES POR LOS QUE DON MANUEL CLEMENTE ROJO LLEGO A EL ROSARIO.

En octubre de 1848, en casa de Carlos Espinoza Castro, en El Rosario de Abajo, se hospedó Manuel Clemente Rojo, ciudadano peruano, quien navegando a bordo del bergantín “Ascensión Bructos”, con rumbo a San Francisco, California, proveniente de Acapulco, con un cargamento de harina, azúcar, arroz, y otros víveres, que pensaban comerciar con los mineros que recién iniciaban actividades por el descubrimiento de placeres de oro, en el entonces recién arrebato territorio de la Alta California, -una parte de México que por la sed de nuevos territorios de Estados Unidos, se expandió al norte mexicano, hoy suroeste de Estados Unidos, antes llamado viejo oeste, o salvaje oeste, cuya pérdida fue de gran perjuicio para México, perdiendo a manos de los anglosajones mas de la mitad de su anterior territorio-.

Rojo y su socio Don Juan Lertura, habían naufragado en El Socorro, a treinta kilómetros al norte de El Rosario, desde donde se trasladó a pie sin conocer a nadie en esta entonces ex misión, siendo esa la razón por la que conoció a Espinoza, quien le brindó la hospitalidad y asistencia que aquel entonces joven de veinticinco años de edad requería. Según las relaciones de Rojo, Carlos Espinoza Castro era entonces un hombre de avanzada edad, que vivía solo, trabajando principalmente en la cacería de nutrias en los mares de la bahía de El Rosario.

De El Rosario, Rojo pasó a la misión de Santo Domingo de la Frontera, distante ciento seis kilómetros al noreste, gracias a que desde aquel lugar había llegado José Luciano Espinoza Castro, hermano menor de Carlos, y cuando este regresó a Santo Domingo, Rojo se fue con él. A su paso por El Socorro, se detuvieron para revisar la carga que habían logrado rescatar del naufragio, y que se encontraba en la orilla del mar, regalando Rojo a José Luciano unos quintales de harina; Espinoza insistía en pagarla, y Rojo en obsequiarla, como así fue: “con lo cual me gané su voluntad”, escribió.

CELEBRACION DE DIA DE MUERTOS EN LA MISION DE SANTO DOMINGO DE LA FRONTERA.

Según las relaciones que Rojo dejó escritas y que llegaron hasta nuestros días, él se encontraba en la misión de Santo Domingo de la Frontera, el día dos de noviembre de 1848, día de muertos, cuando en la tardecita de aquel día empezaron a llegar jóvenes jinetes que provenían de distintos ranchos, principalmente de San Telmo, eran Gabriel, Gregorio, y Julián Arce, hijos del antiguo soldado de cuera Don Ignacio de Jesús Arce, que a su vez era primo del también antiguo soldado misional Don Santiago Domingo Arce, ambos vivían en San Telmo. En sus memorias dejó asentado Rojo que aquel día de muertos, en Santo Domingo, conforme llegaban los jinetes traían consigo unas florecillas, que eran muy escasas dado lo frío del otoño en la región. Aquellas florecillas silvestres eran utilizadas para adornar los sepulcros de los parientes, y que los jinetes habían venido a brindarles su respeto por ser su día.

Por la mañana del día dos de noviembre, describe Rojo, las familias acuden a limpiar las tumbas, y el panteón en general; lo hacen de manera que mientras unos llegan, otros se retiran del lugar.

La celebración de lleno inicia al caer la noche, se reúnen las familias alrededor de las tumbas de sus difuntos, mientras encienden una “bujía”, en referencia a una vela, que los mismos rancheros fabricaban para ese fin, valiéndose de la cera de las pencas de miel.

La familia reunida en torno a la tumba del ser querido, enciende la bujía, y se quedan toda la noche velándola para volver a encenderla cuando el viento la apaga, mientras tanto, todos rezan, y platican mayormente los recuerdos que se guardan del difunto.

Al amanecer se despiden los últimos parientes que aun quedan en el panteón, de donde el retiro inicia hacia las tres de la mañana, para volver al año siguiente.

Esta conmemoración de muertos descrita por Manuel Clemente Rojo, se acostumbraba en todas las misiones, sin embargo en la actualidad, solo en El Rosario se conserva intacto, como en aquellos lejanos tiempos.

El día tres de noviembre de 1848, en compañía de los mismos jóvenes de la familia Arce de San Telmo, que le sirvieron de guías, prosiguió Rojo el viaje a lomo de bestia, saliendo ahora desde San Telmo, con rumbo a la Ensenada de Todos Santos, pasando por La Berrenda, La Calentura, El Calvario, la misión de San Vicente Ferrer, el rancho de Doña Marina Ocio, la misión de Santo Tomas de Aquino, La Grulla, hasta llegar a la Ensenada, lugar en el que conoció y conversó con Jatiñil, jefe tribal de los Paipai.

CELEBRACION EN EL ROSARIO.

En El Rosario al igual que antaño, en la actualidad, el día primero y dos de noviembre se atiende durante el día la limpieza de las tumbas, mientras unos llegan, otros se retiran, llevando a cabo todo tipo de arreglos dentro del camposanto, es decir, se prepara el panteón, para que al anochecer del día dos se vuelque el pueblo sobre este, de tal manera que el ambiente de respeto, de camaradería, de afecto, entre todos los asistentes es tan importante, que pareciera que no existen tensiones, de esas problemáticas muy típicas en todos los pueblos, y en nosotros los humanos.

Nunca se ha acostumbrado tomar licor durante esta ceremonia, solo se agregaron bebidas calientes, después algunos alimentos, y ya durante el siglo veinte, a principios, se introdujeron a muy baja escala los tamales, panecillos de harina de trigo, chocolate, y atoles de maíz, principalmente café.

Hoy en día, en cada tumba se encienden cientos de velas, ya no una como las que describe Rojo. Familias completas desde mayores, jóvenes, niños de brazos, y de mano, se arremolinan en torno a las tumbas, y después de un rato, inicia el recorrido por todo el panteón, para saludar y brindar el respeto a los parientes que “velan” las tumbas, donde descansan los demás parientes.

Desde hace siglos se ha enseñado, y se les sigue enseñando a los niños que enciendan velas en las tumbas que permanecen apagadas. Los niños piden velas a cualquier persona que se encuentren por ahí, los que generosamente se les obsequian para que cumplan con su encargo, y para que la tradición continúe.

Existen tumbas en las que nadie enciende velas, salvo los niños y algunos adultos; estas tumbas son en las que descansan personas que ya no cuentan con ningún sobreviviente en el pueblo, o bien, son de personas que vivían solas, y cuando murieron la caridad pública las sepultó; y que ahora la misma caridad publica les enciende velas para iluminarles el camino hacia donde quiera que vayan.

Por fuera del panteón, por fuera de los limites cercados, en la colindancia sur, existen varios y solitarios sepulcros, en las que hace unos cien años o mas, fueron sepultadas las personas que la iglesia consideraba herejes, tales como practicantes de magia negra, o cualquier individuo que hubiera sido excomulgado.

Estas personas eran consideradas no gratas, y la iglesia los olvidaba para siempre, no permitiendo cruz en sus tumbas, tampoco el nombre del fallecido, de tal suerte que su entierro era en todos los sentidos. Por estas razones legadas durante todos los tiempos, no se acostumbra voltear incluso en la actualidad a ver los sitios donde yacen aquellos desdichados; aunque ya para estos tiempos se encuentran muy borrados, y afectados por las corrientes pluviales, con lo que se viene perdiendo esa parte de la historia del panteón.

A todas las tumbas que se encuentran dentro del cerco del camposanto, absolutamente a todas, se les encienden velas.

El panteón se encuentra tan saturado, que cuando se requiere sepultar a alguien en la actualidad, al excavar la fosa en la parte antigua, se encuentran a diferentes profundidades los restos de hasta cuatro personas. En cualquier sitio que se realice la excavación, se encuentran restos algunos orientados de Este a Oeste, otros de Norte a Sur, otros mas de Noreste a Sureste, y otros de Noroeste a Suroeste, entendiendo con esto que las tumbas se borraban, y cuando se volvía a excavar, unos cien años después de la primera, cincuenta después de la segunda, cincuenta después de la tercera, o algo así, se sepultaba sobre otros a los nuevos. Se observa que las tumbas han sido orientadas de muy diversa formación, como ha quedado relatado.

Esta bonita costumbre y tradición de festejar a los muertos, arraigada en todos los panteones del norte peninsular fue perdiendo presencia, al grado tal que ya se ha olvidado en todas partes, no así en El Rosario, que se ha conservado, creo, gracias a lo aislado que estuvo este sitio desde su fundación hasta el año de 1973, año en que llegó la carretera transpeninsular; es decir su aislamiento fue durante 199 años, lo que redundó en la preservación de originales costumbres como esta, las vaquerías, la pesca tradicional, la microhistoria narrada de padres a hijos, entre otras originales costumbres desde el nacimiento de nuestra sociedad con costumbres occidentalizadas.

MI PRIMER CONTACTO CON ESTA TRADICION.

La primer ocasión que tuve conocimiento de esta bonita tradición, -claro sin entenderla en aquella primera vez-, fue cuando era un niño que aun no cumplía los cinco años de edad, el año de 1962, y es que la tarde del día dos de noviembre de aquel año, mi madre y yo preparamos tamales de carne de res, y tan luego como cayó la tarde, casi para obscurecer, me mandó a pie con rumbo al panteón, para que los vendiera, y con ello poder ayudarnos un poco con la maltrecha economía familiar de aquellos “tiempos malos”,...-ni modo, así eran las cosas entonces, igual como son ahora, en el siempre empobrecido país mexicano,… y yo que pensaba mientras preparábamos los tamalitos, que eran para nosotros-…

Recuerdo que por ser de carácter callado, y como no se acostumbraba entonces que los chicos cuestionaran las decisiones de los mayores, partí desde El Rosario de Arriba, donde vivíamos, con rumbo a El Rosario de Abajo, donde el panteón se encuentra.

Antes de salir de casa mi madre me dio tremendas y bastas recomendaciones:

No te vayas por el camino de carros, vete por el arroyo, por las veredas de los caballos, no sea que algún borracho te atropelle, y cuando escuches algún jinete te metes al monte, no te entretengas en nada; ah, y no vayas a perder el dinero.

En la travesía entre la casa y el panteón, me asaltaban y torturaban todo tipo de pensamientos, mientras pensaba que a mi madre algo malo le pasaba, pues como era que vendería tamales en el panteón, donde todos estaban muertos. Mi miedo y angustia crecían importantemente a medida que la obscuridad caía, se acrecentaba entre mas me acercaba al panteón, pero ni modo, debía vender la mercancía.

Cuando salí del monte, ya en El Rosario de Abajo, alcancé a devisar un lucerío, nunca antes visto por mi en ningún lado, mi sorpresa fue mayúscula, pues creía que las ánimas se estaban apareciendo, ya que esas eran las cosas que mi tía Francisca “Pachita” la esposa de mi tío abuelo Serapio García Marrón, me había contado en repetidas ocasiones.

Escuché que se acercaban algunos jinetes al lucerío, y luego escuché murmullos como de platicas, y de rezos; por ahí dejé la pesada olla de los tamales, mientras me acerqué sin salir de la absoluta obscuridad, para apreciar, y explorar lo nuevo que aparecía ante mis ojos, y poder correr en caso necesario, pero distinguí personas conocidas, así que después de un rato de observación regresé por la olla, y con cierta confianza me adentré al panteón, al primero que vi fue al tío “Chuy” Espinoza Arce; para entonces eran cuando mucho como las nueve de la noche, y me preguntó:

¿Qué andas haciendo, aquí con esa carita de pregunta?

Vendiendo tamales

¿Cuánto cuestan?

No sé

Normalmente cuestan un peso, dijo el Tío Chuy

Me compró dos, y me dio tres monedas de a peso, de aquellos grandes pesos conocidos como “Morelos”. Aquel suceso se convirtió en la primera venta que realice en toda mi vida, fue mi primer negocio, y el sitio fue el panteón misionero de El Rosario. Se acercaron varias personas más, todas conocidas por mí, todas estaban vivas, me compraron rápidamente los tamales, así que la confianza la recobré, y el miedo se fue.

Pasado un rato, cuando los tamales habían desaparecido, guardé la olla sobre la tumba que después supe era de María de Jesús Espinoza Marrón, fundadora de la familia Loya en la región, y hermana de mi tatarabuelo Policarpo.

Tan pronto terminé con la venta, me encontré a Elodia Duarte García, y a Alma Duarte García, que aunque llevaban los mismos apellidos no eran hermanas, ellas eran niñas de unos siete años de edad cuando mucho, y me invitaron a encender velas a las tumbas obscuras, y así lo hicimos con toda sobriedad, y seriedad.

Ya para cerca de la media noche de repente miré llegar a mis abuelos paternos, con lo que mi descanso fue total. Como a las tres de la mañana me fui con ellos.

A partir de 1961, con la llegada a El Rosario, y posterior fallecimiento de personas del Ejido Nuevo Uruapan, oriundos del interior del país, y al sepultar en nuestro panteón a sus seres queridos, integraron a nuestras costumbres la flor de cempasúchil antes desconocida por nosotros. Ellos adornan las tumbas al estilo del México interior, y asisten al panteón de día.

Con celebraciones autenticas, genuinas formas de vida transmitida de abuelos a nietos, de padres a hijos, es como conservamos aun el espíritu pionero en nuestra tierra, el que sin lugar a dudas perdurara espléndidamente por largo tiempo, como hasta ahora ha sido…Ahí se las encargamos jóvenes rosareños…

AUTOR DEL ARTÍCULO.

ING. ALEJANDRO ESPINOZA ARROYO

EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA, MEXICO

SABADO 11 DE SEPTIEMBRE DEL 2010.

NOTAS RELEVANTES Y COMENTARIOS DE, Y PARA LA HISTORIA.

Las relaciones de Don Manuel Clemente Rojo, se encuentran publicadas en sus “APUNTESHISTORICOS, DE LA FRONTERA DE LA BAJA CALIFORNIA”, publicados en el año 2000, por Carlos Lazcano, y Arnulfo Estrada.

Don Manuel Clemente Rojo Zavala, falleció en Ensenada, Baja California, en 1900; en su casa ubicada en la calle Ruiz, entre tercera y cuarta. Fue gran amigo de nuestro tatita Carlos Espinoza Castro, a quien en varias ocasiones posteriores a 1848, lo visitó en su casa de El Rosario, desde donde envío varios importantes correos, que se convirtieron en históricos. Rojo, fue una persona de gran utilidad para Baja California durante el siglo XIX, y gracias a que tenía la afición y el cuidado de escribir los acontecimientos, es como ahora nos servimos de su valioso intelecto.

Según las relaciones del propio Rojo, acerca de Carlos Espinoza Castro, dice lo siguiente:

“ Desde el mes de octubre de 1848 en que naufragué en El Socorro, con motivo de guardar la carga que pusimos en tierra, mientras mi socio Don Juan Lertura, iba a San Diego, y San Francisco, Alta California, en solicitud de un buque que viniera a levantar nuestra carga, tuve ocasión de conocer a varios ancianos que vinieron a la conquista de este país, desde el año de 1784, en que se fundó la comandancia militar de San Vicente Ferrer, y como eran hijos de los primeros descubridores y conservaban la tradición de todos los acontecimientos de mas importancia,…Como quedé enteramente solo, guardando la carga de día y de noche, atormentado con los ladridos de los coyotes que llegaban hasta muy cerca de mi, me dio horror permanecer en aquella triste playa, sin tener con quien hablar, ni como defenderme de aquellos chacales en el caso que intentaran atacarme. Por eso determiné ir a El Rosario, punto no muy distante de El Socorro, y desde allí volver con frecuencia a vigilar la carga.

En El Rosario me alojé en la casa de Don Carlos Espinoza (Castro) un hombre muy anciano que había sido soldado desde su juventud y vino de Loreto a la frontera con el teniente Don José Manuel Ruiz, cuando se fundó la comandancia militar de San Vicente Ferrer, y que había servido siempre hasta el año de 1836, en que se secularizaron las misiones.

Don Carlos así tan viejo como estaba, era un riflero de primer orden y vivía cazando nutrias por temporadas.

Don Carlos que era muy comunicativo y hospitalario me refirió lo que había pasado en su larga carrera militar, íntimamente ligada con la historia de esta frontera de Baja California. Tenia en la ex misión de El Rosario un corto terrenito de siembra que le concedió el sargento Don Ignacio de Jesús Arce, cuando de orden del jefe superior político del territorio licenciado Don Luis del Castillo Negrete, se realizo en la frontera la ley del soberano congreso nacional de 1836, para que se secularizaran las misiones de ambas californias…”

Tuve el honor de publicar una pequeña parte de los “apuntes” de Don Manuel Clemente Rojo, gracias a que en 1992, días antes de salir mi primer libro llamado “LOS ROSAREÑOS”, aparecieron esos viejos escritos en una caja en casa de la familia Cota en Ensenada, quienes le hablaron al historiador Carlos Lazcano Sahagun, para que los revisara, y les diera el uso merecido. Carlos Lazcano de inmediato me llamó para que analizáramos la documentación, y tan luego que vimos que se trataba de un hallazgo de suma importancia, amablemente me otorgó su permiso para que insertara en parte el material concerniente a El Rosario. Por esa razón tuve el rarísimo placer de poder leer los manuscritos originales, y publicar parte del magnifico trabajo de aquel gran ser humano.

Los sepulcros que se encuentran en los ranchos de la región de El Rosario, como lo son San Juan de Dios, Los Mártires, El Rosarito de los Loya, entre otros, eran construidos como a continuación se indica:

En los suelos rocosos se abrían fosas de unos cuarenta centímetros de profundidad, apenas en cuanto el ras del suelo cubría el cuerpo del difunto, este era colocado sobre el cuero crudo de una res, y bajo el cuero una tanda de gruesos troncos de mesquite, una cobija, después el cuerpo, y se cubría con mas cobijas, y con otro cuero de res. Encima de esta mortaja se colocaba una tanda de gruesos troncos de mesquite, luego encima una capa de piedras planas; enseguida partiendo desde el suelo hasta una altura de un metro y medio aproximadamente, se levantaba un muro perimetral en la fosa. El muro era de roca acomodada, trabada, y asentada con mortero de cal fabricada por los mismos rancheros. Este muro se rellenaba de tierra, y en la parte alta se terminaba la tumba en bóveda o algo similar, que era como se le daba el acabado final.

Este tipo de sepulcros se utilizaron al menos durante todo el siglo diecinueve; y se pueden aun ver en los panteones de los ranchos, y en las viejas tumbas del panteón de El Rosario, tanto arriba de la colina, como en la parte baja.

Muchos años después, ya en pleno siglo veinte, los ataúdes en el pueblo se construían a base de madera, muchas veces con tablas o tablones de los que se varaban en las playas y bahías de la península. En El Rosario, desde aproximadamente 1937, año en que el colimense José Martínez Radillo, casado con la rosareña Matea Duarte Peralta. Martínez de oficio carpintero, se dio a la tarea de construir los ataúdes en los que se sepultaba desde la década de los treinta a los rosareños; utilizaba tablas de madera de pino, y como era la madera tan escasa, en muchas ocasiones los construía con la pedacera de tablas que reciclaba de las pequeñas embarcaciones que él mismo construía en el taller que tenía al fondo del terreno donde vivía.

Los tales ataúdes en ocasiones eran de varios colores, una parte de pino, otro pedazo de ébano, otro de encino; Don José completaba el ataúd a como se podía. Cuando la familia llegaba por el ataúd, don José además les entregaba aparte la tapa, y unos clavos, para que al momento de bajar al ser querido a su última morada, se le clavara la tapa, que consistía en dos largas tablas, las que muchas veces me tocó ver que el mismo las clavaba, en el umbral de la fosa.

Cuando Don José Martínez Radillo, falleció el 28 de diciembre de 1975, fue al sudcaliforniano asentado en El Rosario desde su juventud Severo Gil Rodríguez a quien le tocó elaborar su ataúd. La última persona de que se tiene memoria que se le sepultó de esta manera fue a Genoveva Duarte García, en la década de los mil novecientos ochenta.

En la actualidad la mercadotecnia, el ministerio público, los médicos, y las funerarias se encargan de darle a la familia los pormenores oficiales de la muerte de alguien, y la familia se encarga de pagar los últimos gastos. Lo único que a la fecha se conserva al respecto, es la costumbre de sepultarnos en el viejo panteón misionero de El Rosario, y la original y vieja tradición de la celebración del día de muertos.

Hacia 1967, llegó a El Rosario, en vísperas del día de muertos un andarín, o húngaro, que es como en los pueblos se les llama a los hombres que caminaban solos, antes por el camino real, hoy por la carretera transpeninsular. El tal sujeto de mediana edad, se llamaba “Fortunato”, o al menos así dijo llamarse, este hombre padecía serios trastornos psicológicos, que rayaban en la locura. La noche de aquel día dos de noviembre, cuando el pueblo celebraba a sus muertos en el panteón, hizo su arribo Fortunato, y deslumbrado por la cantidad de luces y por el fuego de las velas, poco antes de amanecer, cuando ya todos se habían retirado a sus casas, se dio a la tarea de quitar todas las cruces de madera, las amontonó, y les predio fuego, quemándolas en una gran fogata, mientras que eufórico gritaba con gran frenesí. Así de esta manera, El Rosario perdió una gran cantidad de antiguas cruces labradas por expertas manos de algunos ya difuntos artesanos. Durante años “Fortunato”, fue recordado como “El loco que quemó el panteón”.

Alma Duarte García, fue hija de Elisandro Duarte Peralta y de Octavia García Vidaurrázaga, Falleció a la edad de doce años, ahogándose junto con Raúl Espinoza Valladolid, también de doce años de edad, en la bocana del arroyo de El Rosario, hacia el año de 1967.

Elodia Duarte García, fue hermana de Genoveva (la última persona en ser sepultada en ataúd hechizo de madera, porque esa fue su ultima voluntad, además quiso que se le sepultara en la tierra, sin ningún tipo de construcción). Elodia y Genoveva fueron hijas de Bárbaro Duarte Peralta, y de Silverie García Marrón; Elodia vive actualmente en El Rosario.

Octavia García Vidaurrázaga fue sobrina de Silverie García Marrón.

Bárbaro y Elisandro Duarte fueron primos hermanos por las dos puntas.

Mi madre durante muchos años obsequiaba todas las flores de su jardín, que para eso las cultivaba, para que fueran colocadas en las tumbas el día de muertos.

Por mi parte continúe vendiendo tamales en el panteón de El Rosario, el dos de noviembre de cada año, hasta 1968. En la primera ocasión, en 1962, también le vendí tamales a los ya avanzados en edad Amadeo “Quitito” Peralta Murillo, Lázaro Peralta Acevedo, Abel Ortiz, Benjamin Reseck Núñez, de mediana edad, y los mayores Anita Valladolid Ortiz, Don José Valladolid Ortiz, y a los entonces jóvenes Jesús, Aurelio, y Juan Acevedo Valtierra. A la fecha ninguna de estas personas vive, todos se encuentran descansando en el panteón misionero, incluso mis abuelos. Solo Elodia y yo existimos, todos ellos algún día nos recibirán donde quiera que se encuentren…

En la actualidad el panteón de El Rosario requiere ser dignificado, forestado, bardeado, brindarle un mantenimiento adecuado, tal vez con un hombre a sueldo, para que en todo momento se encuentre atendido.

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