"NUESTRA TIERRA SE LLAMA "BAJA CALIFORNIA", NO SE LLAMA "BAJA":
SOMOS "BAJACALIFORNIANOS", NO SOMOS "BAJEÑOS"...

domingo, 21 de agosto de 2016

FRANCISCO RODRIGUEZ OBISPO.

El tesón de un hombre de lucha, y los logros de una familia de éxito.

Por Ing. Alejandro Espinoza Arroyo
El Rosario, Baja California
05 de agosto de 2016
 Patente 1660383
Articulo 122.
“Nuestras costumbres y tradiciones, son cultura y conocimientos”: Valoremos nuestro legado…
Francisco Rodriguez Obispo, un Rosareño por adopción, que en la vida,y desde niño, se desenvolvió pasando en los trabajos de “Almorcero”, “tumbador” y “jimador de cocos”, sindicalista, caminero, policía, piscador de algodón,  obrero de fábrica, jubilado, y de apoyo para  desamparados.
Nacido el 30 de agosto de 1943, en Corralitos, Municipio de Aquila, Michoacán, hijo de Felipe Rodríguez –Reyna- Munguía, y de Adelaida Obispo González. Casado a temprana edad con su inseparable compañera María Guadalupe Vázquez  Espíritu.
“Almorcero”, se le nombra en algunas partes de México a quien desde las casas  lleva el almuerzo o desayuno a quienes se encuentran trabajando la tierra.
A los siete años de edad, Francisco, el niño almorcero, en el Estado de Colima, dio inicio a quien vendría a ser un ¨hombre de trabajo¨.  Por ciento cincuenta pesos de sueldo a la semana, lo rentaban por contrato a esa corta edad, sueldo que su padre cobraba por él, y le daba, a veces, algunas monedas para que gastara.
El trabajo de Almorcero, consistía en llevar los alimentos a los que trabajaban arando la tierra, sembrando o limpiando, principalmente maíz y frijol; regularmente los trabajadores, eran los hombres de la comunidad y los niños “añejíos”, que rondaban los diez años de edad. Los de entre cinco y diez eran rentados para actividades más ligeras, pero igual de importantes en la labor. Los alimentos consistían normalmente en tortillas de maíz hechas a mano, frijol, salsa de molcajete, queso y leche, y cuando se podía, carne de aves, cerdo o de res.
Los mayores a los diez años trabajaban en la yunta de bueyes, ya fuera arando, cultivando y preparando la tierra de la  manera requerida, según la plantación que estuviera en puerta.
El obrero de yunta en la labor rompía la tierra con bueyes o con mulas, siempre eran niños “añejíos”, de diez años, trabajo que realizaban bajo las ordenes de los mayores, con sueldo de trescientos pesos mensuales; labor también realizada por Francisco.
A los trece años de edad, se fue a un lugar llamado “Cerro Ortega”, en Colima, pero ahora, su trabajo consistía en “ayudante de albañil”; actividad que dejó para dedicarse a trabajar a “Gancho y machete”, desahijando vástagos en las plantaciones de plátano.
Para 1958 o el ´59, se enroló en una compañía conocida como “Cofasa”, de los ingenieros Apolonio Farías padre, e hijo de igual nombre; el trabajo predominante de esa compañía era la construcción de caminos y puentes. A Francisco le tocó trabajar en esa actividad desde la frontera entre Colima y Michoacán: El puente “Coguayana”, sobre el río del mismo nombre; en el puente que cruza el río Zihuatlán, frontera entre Colima y Jalisco. De ahí pasó al estado de Guerrero, donde apoyó en la construcción del puente que cruza el río “Néspan”, en un lugar conocido como “Las Vigas”.
 A los diecisiete años de edad regresó a Cerro Ortega, Colima, donde se alistó en el sindicato de “tumbadores y jimadores de coco”, perteneciente a la confederación nacional campesina.
Los cocos de las palmeras de hasta veinte metros de altura los tumbaban con un gancho y una vara de otate, parecida al carrizo, solo que ésta es sólida. Con tal vara y gancho cortaban el racimo de veinte o veinticinco cocos, haciendo el corte en el “malachicón”, que es la parte que une al racimo a la palma. El racimo, cae a toda velocidad, directamente sobre el cortador, quien con toda habilidad esquiva la cocotera que se le viene encima. Luego continua “descargando” las palmas del zurco, y cuando esto ha sucedido, regresa el cortador machete en mano, para cortar las barbas que le quedan al malachicón, hasta dejar el montón de coco ya “despencados”, al pie de cada palma.
Hasta los montones de cocos, al pie de cada palma, llegan los “juntadores” y “sacadores”, que a lomo de bestias cargan en “arguenas”, que son redes especiales, mientras que otros usan canastas para sacar la cocotera.
Recuerda Don Francisco: “Cuando abren las “arguenas”, cae la “porriza” de bolas por debajo de la panza de la bestia”.
Hasta un callejón llegan los troques, donde cargan la cosecha de cocos. Francisco tumbaba entre uno a seis mil cocos al día.
Para no desperdiciar el terreno: Arriba están las palmas, y por debajo de éstas los vástagos de platinos.
Pero si la palma es de altura mayor a los veinte metros, otra es la historia: El cortador sube al amanecer a descargar la palma, lo hace con machete que tiene filo por los dos lados, y se hace al amanecer para ganarle al viento y al calor. Con gancho y vara, desde el suelo, todo el día pueden cortar, en palmas con altura menor a veinte metros; pero al subir a la palma, no. Les pagaban a veinticinco pesos el mil de voilas, ya “despencados” al pie de la palma. Cuando subían a descargar, les pagaban veinticinco pesos el mil de bolas, que debían quedar al pie de la palma.
Los cocos mas grandes los apartaban para jimarlo; le quitaban la cascara, le daban tres machetazos para su presentación, le dejaban la estopa, que es la cascara interna. Toda esa labor, es como si fuera un arte, ya que la destreza que ellos adquieren es increíblemente eficaz cuando de limpiar a machetazo limpio un coco, o miles de ellos. El Jimador utiliza un tronco de árbol “pacueco”, que es un trozo de madera blanda, para que no se dañe el machete. También trabajaban los “Copreros”, que son quienes sacan la carne del coco, pero tiran el agua. Cuando les llegaban pedidos grandes de coco, los tumbadores también jimaban. Siempre se decían entre ellos cuando estaban por partir a las labores, en las mañanas: “Vamos al destino”, porque no sabían en qué tareas les tocaría trabajar durante el día.
Francisco, siendo muy joven, dejó su trabajo en las actividades campiranas y se enroló en las de gobierno, en la policía en Cerro Ortega, Municipio de Tecomán, Colima, lugar en el que tuvo que “aguzar” el ingenio para atrapar criminales.
Recuerda Don Francisco Rodríguez Obispo, que en una ocasión lo comisionaron para que intentara atrapar a un muy peligroso rufián. Para tal acción se vistió de civil con un sombrero de los que hacen en Sahuayo. Vestido de esa manera, llego hasta donde se encontraba el sujeto, en la cantina de Antonia, se le emparejo al individuo, quien lo confundió con parroquiano, sin saber que era un policía que le iba a echar guante, y que en un descuido del malandro, lo pesco sin que no pudiera ni siquiera, decir: “pio”.
Recuerda, que cuando era niño, hubo una matazón de trece personas, tragedia que sucedió en el pueblito de Tepames, Colima, hechos ocurridos en la cantina “Paloma”, cuando corría el año de 1948.
Y en un rancho llamado Cuirindales, se celebraba una boda, cuando de repente llegó un coyote, ya que estaban cocinando unas gallinas para los crudos, alguien le disparó al coyote mantequero, con la mala suerte que le pegó a un invitado, y de esa manera empezaron los balazos. En la balacera, que nadie pudo detener, murieron ocho hombres, incluido el novio. Esos hechos ocurrieron en 1946 o tal vez el ´47. Recuerda que en la bola andaba un “Rural de la defensa”, y que cuando quiso actuar, había perdido el cerrojo de su rifle, y que en 1963, cuando andaban todos intentando pasar de mojados al otro lado, le hacían burla al “Rural”, ´por la conveniente “Perdida” del cerrojo ante la matazón, que mas que perder la pieza de su rifle, la había escondido para no tener que ver nada en la balacera, por temor a perder la vida. Aquel rural se llamó: José Barajas.
Por las muchas veredas que Don Francisco ha transitados en la vida, le tocó pizcar algodón en el valle de Mexicali, que en 1964, era un requisito para entrar de alambre, mojado o bracero al lado gringo de la frontera.
La segunda semana de 1969, llegó a Estados Unidos de mojado, al paso del tiempo le tocó trabajar en el sindicato que dirigía Cesar Chávez, nacido en Deleno, California, cuya labor consistía en ser el presidente de quejas, mientras trabajaban en la compañía “Kilbor”, encomienda que atendió Don Francisco con todo esmero.
Dice Don Francisco, que él fue a la escuela un lunes, un martes y un miércoles de una semana de su niñez, y que es toda la escuela que tiene, pero que la escuela de la vida, le ha dado muchos grados de aprendizaje.
Cuando pasaron los años, y llegó la jubilación o poco antes de ésta Don Francisco gustaba de ir a pescar a Punta Canoas, al sur de El Rosario, en el océano pacifico, y que tantas veces fue, que en una ocasión, siendo acompañado por su familia, se detuvieron a descansar en El Rosario. Cuando comenzaban en tal descanso, se acercó hasta donde ellos estaban, el rosareño Santiago Espinoza Murillo, quien muy amablemente le ofreció una casa para que no estuvieran casi al aire libre. Recuerda Don Francisco, que le contestó, que sí aceptaba la casa, porque consideró que era solo una expresión de Santiago. Cuando al rato va llegando con las llaves, y les dijo: “Aquí tiene las llaves, esa es la casa, y entren para que descansen y se asistan bien”.
La sorpresa de ellos fue mayúscula, pues no conocían a nadie en el pueblo, y ahora hasta en casa estaban alojados. Al día siguiente, regresó Santiago, y le dijo a Don Francisco, que la casa era de su padre Herminio Espinoza Romero, y que la tenía en venta. Yo, recuerda Don Francisco, que quería congraciarme con la Doña, mi esposa, porque venía algo enojada en el viaje, le pregunté, si quería que le comprara esa casa, sabiendo que le contestaría un rotundo “no”; pero que le va diciendo que “sí”.
 Y se dijo Don Francisco para sí mismo, riéndose: “Ándele, ahí fue donde le pegaron en el hocico al perro”. Y bueno, compraron la casa, y desde hace unos dieciséis años son propietarios de esa casa, donde actualmente viven, alternadamente en la de El Rosario, y en otra que tienen en California. Una en Baja California y otra en California.
Su esposa es la señora María Guadalupe Vázquez Espíritu, nacida en Cerro Ortega, Municipio de Tecoman, Colima en 1947.
Aquí dejo unas cuantas líneas dedicadas a Don Francisco Rodríguez Obispo, que trabajó en muchas otras actividades a lo largo de su vida; y a su generosa esposa Doña María Guadalupe Vázquez Espíritu, también a sus hijos: María del Rosario, Ana Bertha, María de la Luz, Gabriel, Verónica y María Guadalupe. Gracias por su amistad, y por la labor de generosidad que tienen al obsequiar despensas a personas desfavorecidas o enfermas en una buena parte de la Baja California, desde hace al menos quince años, a raíz de su fe religiosa, y de su buen corazón como seres humanos.

LINEAS FAMILIARES:
Francisco Rodríguez Obispo fue hijo de: Felipe Rodríguez (Reyna) Munguía (1915-2005), y de Adelaida Obispo González (1916 o ´17-1982). Nieto de Felipe Rodríguez) Arnulfo Reyna y Apolinar Munguía.
Sus abuelos maternos fueron: Tirso Obispo (Presidente de los indios de Coire, Michoacán), y de Juliana González (1892-1982).
Todos los familiares antepasados de Don Francisco eran de Coire, La Estanzuela, La Placita, San Juan de Lima, y El Faro, Michoacán, México.
María Guadalupe Vázquez Espíritu, fue hija de: Everardo Vázquez Rivera, originario de Iztlahuácan, Colima, y de María Espíritu Tejeda, de Colima, Colima.
Abuelos paternos: Constantino Vázquez y Paula Rivera.
Abuelos maternos: Santiago Espíritu Polanco y Sixta Tejeda Figueroa
Bisabuelos maternos: Aniceto Espíritu y Cecilia Polanco.

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Entrevistados: Sr. Francisco Rodríguez obispo y María Guadalupe Vázquez Espíritu.

AUTOR: ING. ALEJANDRO ESPINOZA ARROYO

PATENTE: 1660383.

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