"NUESTRA TIERRA SE LLAMA "BAJA CALIFORNIA", NO SE LLAMA "BAJA":
SOMOS "BAJACALIFORNIANOS", NO SOMOS "BAJEÑOS"...

miércoles, 6 de febrero de 2013

LAS COSAS CAMBIAN, CUANDO LAS FACILIDADES LLEGAN.



Por Ing. Alejandro Espinoza Arroyo
El Rosario, Baja California
07 de febrero de 2013.
Artículo 108
Patente 1660383.
“Nuestra tierra se llama Baja California, no se llama Baja; somos Bajcalifornianos, no Bajeños”
Nuestras tradiciones, son cultura y conocimientos, valoremos y conservemos nuestro legado.

Publicado  24.04.2013

en el Periodico Regional "El Vigia" 
http://www.elvigia.net/noticia/cuando-las-facilidades-llegan



       El día 29 de Enero pasado, mi amigo el Doctor ortopedista Daniel Santana Osorio, en Ensenada, mientras auscultaba un problema en mis pies, exclamó:
!Si te hubieran atendido de chico, no tendrías éstos problemas ahora!.
Con esas breves palabras, que no contesté,  me hizo viajar en la mente hasta los años de mi niñéz en El Rosario.
Si me hubieran atendido cuando chico?, me pregunté. Pero quién me habría de atender en aquel olvidado y remoto pueblito de doscientos habitantes, que era mi tierra cuando fui niño, si no tuvimos a la mano a un médico, cuando más llegaba de tiempo en tiempo algún pasante de medicina, que  enviaban para realizar sus prácticas profesionales a los remotos pueblitos, en los que vivíamos como si estuvieramos en los años de los 1700, y cuando bien nos iba, en los de 1800. En la década de los 1960, llegaron Aroldo Diez Angúlo, y Benjamín 'N”, y en la de los 1980, Josefina Vega Montiel, entre algunos otros, aunque en la década de los 1950, estuvo por un tiempo Miguel Valdéz.
   Hasta antes de 1973, en El Rosario, no existían estufas de gas, ni electricidad, agua entubada, televisión, y los pocos radios que existían, cuando les daba la gana agarraban alguna estación de Sonora, y muy raras veces de Ensenada, pero luego se agotaban las baterías, y ni dónde comprar, pues en las escasas tienditas sólo existían, y pocas, latas de leche del clavel y pet, café molido, manteca de lata, azúcar, arroz, piloncillo, dulces para los pilones de los niños, petróleo para las lámparas, y eso era todo. Los barquitos “El Resolute”, y “El Titán” propiedad de la cooperativa pesquera de los rosareños, éran los medios regulares de transportes de mercancías desde Ensenada, todo a cuenta de la producción pesquera de los socios, que éran nuestros padres y abuelos; pero antes de eso, las mercancías llegaban a El Rosario, vía el Chino Don Rafael Chan, desde Ensenada, por barco al puerto de 'Los Chinos', en la bahía de El Rosario, y de ese 'puerto', llegaban los víveres a la rancherada.
      Pero siempre había en los pueblitos, un comisario de policía, al que no pocas veces le pegaban los del pueblo cuando se emborrachaban; también había fayuqueros de paso, que viajaban por los pueblos con sus mercancías a lomo de mula, o de burros, y otros en viejos carros de mula, y muy pocos en carros de gasolina.
    Había en El Rosario dos peluqueros, Juan 'Cachirri' Duarte Peralta, y su primo Genaro Murillo Peralta, quienes nos cortaban el pelo con máquina de mano, y a los pelos quietos y lacios como el mío, nos tenían tírria, raras veces nos querían atender por lo cansado y difícil de cortar que era nuestro pelo, además que les dejábamos sus máquinitas sin filo.
     Las 'estaciones de gasolina', eran unos cuartitos en el que se guardaban cuatro o cinco tambos de 200 litros, y se despachaban en cubetas de 20 litros, siempre se llenaban los tanques de los carros con una manguera a 'chupón de boca', y como la cubeta se colocaba en lo alto del capacete del carro, no faltaban los baños de gasolina directo a la cara, y a veces amargos y quemadores tragos. Aunque existían dos gasolineras con tanque de vidro elevado, una con Doña Ana Grosso Peña, y la otra con Doña Luz  Meza.
    Ninguna casa o establecimiento contaba con candado, las puetras se cerraban con un clavo doblado, o con un  tenedor, pues nadie se robaba nada; no existían, ni se conocían los ociosos 'malandros', que por cierto ahora pululan, como un mal de la sociedad moderna, robando a diestra y siniestra, dándo al traste con  nuestras buenas costumbres y confianza que como sociedad sentíamos. Aunque creo, que la de ellos, es una vida sumamente difícil de sobrellevar.
   Las parturientas, siempre eran atendidas por parteras, y por las mujeres mayores de la familia, para lo cual, corrían a todo hombre, niño, o viejo, que anduviera en las cercanías, por lo regular  mandaban a todo la bola a que fueramos a ver si ya había puesto la cochi, y no debíamos volver hasta que el recién nacido estuviera ya bañado,  la madre peinada, y toda la cosa, para que no las viéramos 'fellas'. No se permitía la prescencia de hombres durante los partos, de igual manera que no se permitían hombres en las cocinas por ninguna causa, salvo niños de brazos y de mano.
   A los recién nacidos,  los pegaban a la madre, pero si no 'tenía lechi', de inmediato le daban lechi de vaca, directa del balde.
   Los huevos 'de granja', ni los conocíamos. En los 'tiempos malos', siempre andábamos detrás de las gallinas, esperando a que pusieran, y cuando nos llegábamos a encontrar un nido en el monte, que era de las gallinas vagas, armábamos fiesta en grande.
    Para tomar agua, en todas las casas se contaba con un pozo excavado a pico y pala, la mayoría de las veces por las madres y sus niños; al lado del pozo a veces se encontraba un destartalado 'tanqui galvanizado', y a veces una 'barrica de las del vino', que a pulso llenábamos diariamente, de esa agua tomábamos, se utilizaba en la cocina, para lavar las escasas ropitas que poseíamos; para bañar a las niñas,  las mujeres en general, y a los mayores, porque los niños nos bañábamos en las pozas del arroyo, también la usábamos para darle de beber a los animales de corral.
    Las curaciones se realizaban con lo que había, y sólo cuando  se veía a alguien realmente enfermo, sino, ni caso le hacían. Cuando alguno tenía problemas del estómago, le preparaban un té de hierbas, como malva, zacate grama, o de estafiate; si el problema era por alguna herida, le aventaban un chorro de petróleo de las lámparas, o lo frotaban sobre alguna dolencia.
    Cuando de fiebre se trataba, se le colocaban unas hojas de árbol de 'San Juan' sobre el pecho y la espalda; pero sí de fuertes reumas era el problema, entonces se le sobaba con manteca de coyote, o con alcohol y romero; para el dolor de oído se utilizaba  aceite tivio de olivo , con ajo y ruda.
   En todas las casas siempre se tenían a la mano, un montón de leña para las estufas, zacate para los animales, el pozo para el agua, gallinero,  árboles frutales, y la huerta familiar, donde se cocechaban pepinos, zanahorias, lechugas, rábanos, cilantro, repollos, melones, y sandías. Se contaba con un terreno de mayor tamaño, siempre al pie, o dentro del arroyo, en el que se sembraba maíz, calabazas, y frijol, y que en repetidas ocasiones las correntadas del arroyo se llebava todo al mar, incluyendo vacas, caballo, burros, y cerdos que pastaban en el cauce.
   Todas las casas, o casi todas contaban con corral de ordeña, al menos una vaca, un zarzo  para las asaderas o panelas, y un escurridero para el requezón, y a la par un área para secar carnes y pescado.
Cuando los tiempos malos, 'diatiro' se prolongaban, nos acercábamos a la playa a recolectar choros, almejas, y sacar peces de las pozas cuando bajaba el agua, aquellos peces los sacábamos con un trozo de choya de pitaya machacada, como la hacían los primeros pobladores milenarios.
    Las liebres y los conejos, así como las codornices y palomas pagaban el 'pato', cuando de plano escaseaban los alimentos, pues todos subíamos las lomas en busca de esos animalitos del desierto que tántas hambres nos quitaron, a costa de su vida, desde luego.
    Siempre se contaba con un 'cochi' a la mano, desde principios de año se le alimentaba con las 'lavaduras', que consistían en pasar por agua los sartenes y platos de cada comida, y  esa agua con restos de alimentos, para los cochis era todo un festín, aunque tambien se alimentaban con hiervas y maíz. De igual manera, los cochis se convertían en festín todas las navidades, y cuando iniciaba un nuevo año, a otro cochi se le ponía en engorda, para que la siguiente navidad estuviera listo.
   De los cochis, se sacaban hasta dos latas de manteca, si era grande, y cientos de tamales, tocino, y 'manitas de cochi' para el pozole, chicharrones, y 'asientos' para los frijoles refritos.
     Los coyotes, tambien pagaban su cuota al pueblo, por su afición a comer gallinas eran muy mal vistos, y cuando se les lograba echar guante, se les aprovechaba la piel, para adornar alguna pared, y a veces para tapete,  su grasa se preparaba para frotaciones en las molestas y dolorosas reumas.
    Los burros se utilizaban para la carga, pero si alguno se volvía armón, matrero o flojo, de inmediato pasaba a ser carne seca para la machaca con ajo.
Las vacas, al ser aprovechadas por lecheras y vientres, eran las que más lograban vivir entre nosotros, pues se sacrificaban sólo cuando ya no daban leche, ni crías, y decían los viejitos:
!Vaca que no da leche, ni crías, que no se zurre en el corral!
   Todos los chamacos andábamos descalzos, salíamos patinando entre los pedregales sin la menor molestia en los pies, traíamos siempre sólo pantalón y camisa, y muy raras veces chamarra, pero ropa interior, jamás. Andábamos con una resortera al cuello, las bolsas del pantalón llenas de piedras, o de canicas,  las rodillas de fuera, un trompo en una bolsa trasera, y un trozo de pan o tortilla, a 'rin pelón', en la otra.
Las niñas siempre fueron muy bien cuidadas, dormían dentro de las casas con los padres o abuelos, mientras que los niños dormíamos afuera de la casa, por lo regular en algún cuartito, entre las monturas, o en las pacas de zacate,  y algas marinas secas llamadas, sargazo; porque nuestros padres eran vaqueros y también eran pescadores, por lo tanto siempre había en las casas,  enseres de pesca y de  vaquerías.
   Todos los hombrecitos, desde los cinco años ya sabíamos montar caballos 'en pelo', éramos jinetes de becerros y vaquillas. Nuestros padres nos mandaban a los cerros a pastorear las vacas y los becerros, y luego en las tardes a encerralos en el corral, o amarrarlos para que no se fueran a hacer daños a las huertas y milpas.
      Nosotros en repetidas ocasiones arreábamos las vacas a pie a fuerza de carrera desde El Rosario hasta el Cardonal, unos veinte kilómetros de distancia, las encerrábamos allá, y nos regresábamos ya noche al pueblo. Muchas veces las mentadas vacas amanecían con una panzota entre las huertas, y con ello con ganábamos unos buenos azotes, por no cerrar bien el corral en El Cardonal, que era un rancho de mi abuelo. Los daños de las vacas se debían pagar al dueño de la huerta, en caso contrario, no entregaba a los comelones animales, pues le destruían su gran esfuerzo realizado en la huerta.
     Y cómo no  iban a tirar a las huertas, si las pobres vacas se la pasaban ramoneando las diminutas y secas plantas, debiendo caminar todo el día a fin de medio comer, pudiendo entrar a las suculentas huertas que olían a hierva fresca. Cuando se metían a comer alfalfa sin ningún control, amanecían empajadas, en ocasiones tiradas en el suelo con las patas abiertas, y una exagerada panza, que los dueños debían picarlas para que expulsaran el gas; aunque en ocasiones para el amanecer ya estaba muertas por comer sin control alguno.
     Y cuando las corrientes del arroyo convertían las milpas en grandes arenales, las vacas pasaban hambre hasta morir, siendo común verlas apoyadas en cuatro palos, como si fueran muletas, para que no tocaran el suelo y se 'tuyeran', ya que con tal entumecimiento morían.
    Nuestros parientes, que vivían en 'los ranchos', éran rancheros según nosotros, como si  los del pueblito viviéramos en una urbe, ellos pasaban mayores necesidades y escacés que los del pueblo, por eso cuando enfermaban llegaban a refugiarse a nuestras casas.
     Las 'encomiendas', era el gran apoyo que nos daban los 'troqueros del sur', o 'Los sureños', como los llamábamos, pues aquéllas encomiendas, éran los encargos que todo mundo les hacían, pues los sureños, tenían la oportunidad de viajar de pueblo en pueblo desde Tijuana, Baja California, hasta los Cabos, Baja California Sur, y llevaban de norte a sur, y de sur a norte, todo tipo de mercancías, cartas, y personas de raite, por esa razón fueron muy respetados y queridos, por sus altos servicios que prestaban, aunque algunos de ellos, o los 'raiteros' que llevaban, abrían las cajas de las encomiendas, y cuando éstas llegaban a su destino, iban ya bastante mermadas, y a veces ni llegaban.
    Cuando nos ibamos con nuestros padres y abuelos ya sea a la sierra o a la playa, dormíamos en el llano, nuestro techo, era el cielo lleno de estrellas, nuestras camas, un montón de ramas, y sobre ellas unas cobijas de cuadros que les llaman 'vaqueras', nuestras estufas, éran tres piedras y algunos desaliñados trastes viejos, allí, en el llano sentados en el suelo, o sobre algún tronco disfrutábamos aquellos 'frijolones' con café de talega, carne seca, y tortillas de harina, y por la tarde café de talega con quesadillas,  con pan de lonche, o con galleta pilota, de las  que nos hacían sacos, nuestras madres, hermanas, y abuelas.
     Antes en la casa, !Vámonos a trabajar!, nos decían nuestros mayores, y nada de enfermarse o empezar de coyones, ni de echar de menos la casa, ni de quejarse por algún dolorcillo,  vamos puros hombres, porque allá no queremos a ningún faldillero llorón. Y eso que teníamos escasos cinco, seis, o siete años de edad, cuando ya andábamos en aquéllos menesteres, por lo regular durábamos un mes fuera.
    Por eso, cuando mi amigo, el Doctor Daniel Santana Osorio, comentó, que si me hubieran atendido cuando fuí niño, no tendría ahora de grande esos problemas en mis pies, recordé muchísimas situaciones que vivimos en mi tierra, de las cuales, sólo les he compartido unas cuantas. Ni tampoco le comenté al doctor Santana, que sus palabras me habían transportado a aquel lejano tiempo, y mucho menos que escribiría al respecto.
   Las cosas en el pueblo han cambiado bastante, aunque seguimos siendo un pequeño pueblito que muy pocos de fuera saben de su existencia, y otros tántos, creen que los rancheros somos, sino tontos, sí uraños, ásperos, e incultos, sobre todo los politícos y muchísimos gobernantes, pues bien que nos damos cuenta que nos miran con desdén, y sólo lo hacen con 'gusto' cuando ocupan de nuestro voto; creo que no deberían hacer juicios tan a la ligera, porque donde quiera sopla el viento,  donde quiera se cuecen habas, y porque  también las mulas de mi compadre, tienen conocimientos.

AUTOR DEL ARTICULO
ING. ALEJANDRO ESPINOZA ARROYO
EL ROSARIO, BAJA CALIFORNIA
07 DE FEBRERO DE 2013.

NOTAS RELEVANTES.
La carretera pavimentada llegó a El Rosario en Septiembre de 1973
La eléctricidad  1978.
   La televisión en 1978, el pueblo se reunía en la vieja estación de gasolina 'Espinoza', pues era el único lugar donde existía un televisor, que recibía la señal de una inmensa antena parabólica que instalaron en el cerro de la entrada del pueblo, y que manejaban Héctor  “Pila' De la Toba Duarte, y Dionisio  “Chichoy' Meza Valladolid. Con el paso de algún tiempo se vendieron aparatos para que llegara la señal a las casas, pudiendo ver sólo el canal que la antena del cerro recibía, y que cuando no le gustaba el programa a Héctor  o   Dionisio, le cambiaban a alguno de su gusto, mientras tanto acá abajo en el pueblo, se les lanzaban infinidad de 'malas razones'.
  El agua entubada llegó a principios de los 1980, gracias a varios comités que en el pueblo se formaron.
   El teléfono se estrenó hacia 1993, aunque en la década de 1930 ya existía una línea con aparato receptor y trasmisor en la delegación municipal.
   La Escuela secundaria llegó a mediados de la década de 1970, siendo su promotor el Profesor Heraclio Manuel Espinoza Grosso, desaparecido en enero de 1980.
     El primer hospital fue un modesto edificio construído con adobe crudo por Don Cecilio Espinoza Peralta entre 1955 y 1958, y estrenado hacía 1961, cuando Don Cecilio ya había fallecido, y en cuyo honor llevó su nombre. El gobierno federal demolió el 'Hospital civil Cecilio Espinoza Peralta' en 1980, y en su lugar construyó una clínica, misma que funciona hasta la fecha.
   El seguro social IMSS, llegó en la década de 1980, alojándose en un pequeño edificio construído por la Cooperativa de pescadores, posteriormente el gobierno construyó las instalaciones actuales.
   La escuela preparatoria llegó hacia finales de la década de los 1990, que en la actualidad no cuenta con instalaciones propias, operando en las de la escuela secundaria “Profesor Heraclio Manuel Espinoza Grosso”.
   El Museo Comunitario 'El Rosario se inauguró el 09 de Octubre de 1994, en un antiguo edificio  de la escuela 'Padre Salvatierra' en 1921, y rescatado de la ruína total entre Junio de 1993 y Octubre de 1994.
  La primer biblioteca 'Alfonso Espinoza Romo” de El Rosario, llegó el año 2000, construyéndose su edificio en terreno donado por Alfonso Espinoza Romo, quien ya había fallecido para cuando se concretó la biblioteca. Alfonso Espinoza Romo, donó además, los terrenos que ocupan la escuela secundaria, el campo de besibol 'Los Jaibos', la Delegación Municipal, y el parque público del centro del poblado.
   Los dos asientos misionales de El Rosario, se encuentran custodiados por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, desde al menos 1999.
   El 24 de Diciembre de 2011, se abrió el cuarto panteón en El Rosario, en la parte llamada 'Ejido Nuevo Uruápan”, siendo su primer sepultado el señor Juan González Durán.
   En El Rosario, jamás ha existido ninguna cantina o  bar, pero sí, infinidad de borrachitos.
Existen varias iglesias que siguen ditíntos credos, como católica, nazarena, y testigos de Jehová.
   Existimos infínidad de rosareños que contamos con estudios profesionales, aunque la mayoría nos encontramos fuera del pueblo, pues las oportunidades laborales son mínimas, ya que las actividades predominantes pertenecen a la industria del sector primario.
   En el poblado de El Rosario, según el censo de 2010, realizado por el INEGI, cuenta con una población de 1705 habitantes, y en toda la Delegación, cuando mucho unos 2,500.

El presente tarbajo es propiedad del autor, quien lo protege bajo patente número 1660383, permitiendo su uso, siempre y cuando se otorgue el crédito correspondiente, y no sea utilizado con fines de lucro, políticos, ni comerciales.
“Somos de Baja California, no de Baja; Bajacalifornianos, no Bajeños”.

2 comentarios:

divannimolotov dijo...

Pensar que mi abuelo (Barbaro Marrón Pellejero) vivio similar niñez que las suya en El Rosario, probablemente hasta mi padre (Manuel Marrón Real), me encantó su historia hecha relato. Uno tiene los motivos de revivir grandes momentos, este es uno de ellos. Asi pasen generaciones.

Le felicito y envío saludos desde San Diego, California, estimado primo de la Baja California.

David V. Marrón

.

PD: Ing. Alejandro, ¿dónde puedo conseguir la colección completa de sus Libros?

Anónimo dijo...

Apreciable pariente David V. Marrón: Indudablemente, tánto su bisabuelo Ignacio Marrón Carrillo (Murillo), su abuelo Bárbaro Marrón Pellejeros 'Verdugo', y su padre Manuel Marrón Real, vivieron de manera casi idéntica a mi niñéz en El Rosario, y en cualquier pueblo rural de la Baja California; para el caso de El Rosario, las cosas apenas iniciaron un lento cambio, a partir de 1973 para acá.
Mis libros, el primero: "Los Rosareños: se encuentra agotado; mientras que el segundo: 'Linaje Espinoza" se lo puedo envíar cuando guste.
Por cierto, alguna vez me hizo la pregunta de la relación familiar entre Juan Marrón (Padre de Ignacio Marrón Carrillo 'Murillo', y Soldado Misional) de la Baja California, y otro Juan Marrón de San Diego. Bueno, hasta donde sé, se trata de la mísma persona. También fue, siendo muy mayor, el mayordomo de José Luciano Espinoza Castro en la Misión de Santo Domingo de la Frontera, en la Baja California
Le envío mis mejores deseos, atte.,
Ing. Alejandro Espinoza Arroyo:Correos: desiertocentralbc@hotmail.com e ingespinoza_57@hotmail.com